Bitácora de la hija de Neptuno (148)

por Flavia de la Fuente

4 de abril

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: NNE 13 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 25′.

El búho bajó de su poste de vigía.

Ahora controla todo desde la playa.

Con mirada fiera, gira la cabeza con autoridad.

Solita y yo le tenemos miedo.

Cuando lo vimos hoy, nos apartamos de su territorio.

No sea cosa que se enfureciera el rey de Punta Ignacio.

Siguiendo con las aves.

En la playa se establecieron las palomas y los pajaritos.

No sé qué pajaritos serán.

Parecen gorriones.

Más que la playa, parece la Plaza de Mayo.

Es raro ver una gaviota por la arena.

Acaso una perdida comiendo pescado a la orilla del mar.

Y cientos que pasan volando.

Pero la tierra es de las palomas y los pájaros.

Es una pena.

No era así.

La playa también era de las gaviotas.

Y había muchas variedades distintas.

—————–

Otra mañana increíble de silencio.

Porque no hay viento.

Fui a caminar con Soli a las 9.

Otra vez nos encontramos en un paraíso.

Los médanos todavía húmedos y firmes.

Porque como no hay viento no se secó la arena.

El mar palmado.

Otra vez un lago.

Ni ruido a mar.

Ni ruido a viento.

Solo el trino de los pájaros.

Y los gritos del maldito búho que nos acecha.

Poca gente.

Todos felices.

Por el espectáculo inusual.

——————

Caminamos conscientemente con mi perra.

Primero por los médanos.

Para que Soli haga ejercicio.

Corrió, y bajó y subió muchas veces.

Queda con la lengua afuera la pobre.

Después se dio un buen baño de mar lacustre.

Necesitaba refrescarse mi Soli.

Y siguió correteando.

De pronto, pasó una camioneta y le saltó el indio.

Pese a que está educada.

Que sabe que no debe hacerlo.

Salió como una flecha a correr el auto.

Y yo dejé todo el zen.

Y me puse a gritar aterrorizada.

Me da pánico que la pisen.

Que no la vean.

O que sean malos.

Porque hay gente mala con los perros.

Volvió agotada de su aventura.

Y la reté mucho.

No le pegué, pero le dije que era una mala perra.

Que se había portado muy mal.

Que yo estaba enojada.

No sé si entendió algo.

Creo que sí.

De ahora en más, la ato cada vez que veo un auto.

Es lo más seguro.

Para colmo, Soli va a cumplir 9 años.

Ya no tiene los reflejos de antes.

Ni práctica en el deporte de correr autos.

Porque yo la entrené para que no lo haga.

Así que lo mejor es atarla.

——————

Por lo demás, el paseo fue encantador.

Caminé feliz de la vida.

Me sentía contenta con cada paso.

Con el balanceo de los brazos.

Con la respiración.

Hoy lo disfruté desde el comienzo al fin.

Salvo en el momento del auto y Soli.

———-

Llegué a casa y entré a mi escritorio.

Mi ventana se convirtió en una postal.

En primer plano tengo rosas chinas rojas.

Un poco más atrás, lantanas amarillas y anaranjadas.

Tipo bandera español.

Y al fondo, domina un arbusto enorme, cargado de bignonias.

Se ven mariposas blancas y anaranjadas.

Es un pequeño edén.

Y ya que estamos en el jardín.

Nos comimos la primera tanda de tomatitos cherry.

Eran muy dulces.

Aunque, para mí tenían un piel muy gruesa y muchas semillas.

Quintín los disfrutó sin encontrarles defecto alguno.

Anoche cosechamos tres más.

Y Ella acaba de cosechar uno para ella.

Pero no lo come la muy maldita.

Lo chupa y lo deja tirado en el patio.

——–

Sigo con mis lecturas zen.

Pero a mí me gustan los libros no académicos.

Estuve mirando dos que compró Quintín.

Y están llenos de citas y relacionan el zen con Heidegger, Hegel, Schopenhauer, Lacan.

En fin, que no me interesa ver cuán eruditos son los autores.

Me gustan las lecturas más directas.

Estaba tratando de conseguir los libros de Eihei Dōgen.

Un monje japonés que nació en Kioto en 1253.

Uno de los libros del Osi, el de Silva, Zen 1. Ruta hacia occidente se ocupa de él.

Pero cruzándolo con toda la filosofía occidental.

Y yo solo quiero leer el texto del monje japonés.

Estuve buscando en la web.

Y no hay nada en e-books.

Cuando vaya a Buenos Aires voy a ver si consigo algo.

———————–

La vida en los pueblos es complicada.

Hoy fuimos dos veces a intentar cambiar el aceite del auto.

Y no lo logramos.

Tenemos que volver mañana a las 9.

Hace tres semanas que espero al veterinario para que vacune a las nenas.

También hace tres semanas que estoy buscando un plomero.

Se vuelve agobiante la imposibilidad de casi todo.

Por suerte, siempre está el mar.

——————-

Y allí fuimos.

Después de fracasar en casi todos los mandados.

Todo quedó para otro día.

Nunca vi tanta procrastinación concentrada.

No sé si será un mal sanclementino.

O si serán todos los pueblos así.

Quizás sea el anticlímax de la temporada veraniega.

Que deja a todo el mundo agotado.

Invernando hasta el próximo verano.

—————-

El mar siempre cumple.

Al menos está casi en el mismo lugar.

Todos los días.

Aunque hoy estaba mucho más atrás.

Bajísimo.

Y con otro aspecto.

Con su traje lacustre.

El que a mí me gusta ver.

Pero no me gusta para nadar.

Hicimos lo mismo que ayer.

Pero nadamos más lento.

Quintín volvió a su ritmo.

Y yo iba al mío.

Unos metros adelante.

Pero nos costó mucho meternos.

Aunque un día así difícil es que se repita.

Nada de viento.

Calor.

Ya estamos en otoño.

Es casi un milagro que haya días así.

Había que nadar o nadar.

————-

Braceamos hasta el Solmar.

Fue duro.

Un plomo nadar en el mar este mediodía.

No había olas.

Ni sal.

Había que bracear.

Y me sentía pesada.

Como con sueño.

No llegábamos nunca al Solmar.

Al final, aburrida y con un poco de frío, apuré el ritmo.

Cantaba Masters of War.

 

Sin elegirlo.

Es mi himno para cuando las cosas se me complican.

Para las nataciones duras.

Mi canción de soldado.

——————

Cuando llegamos al Solmar el Osi me preguntó:

“¿Cuánto tiempo va? ¿Salimos?”

“Van 20. Salgamos que me cansé”, respondí derrotada.

Y un poco avergonzada.

Y todavía había que llegar a la costa.

Tardamos 5 minutos en salir.

Y nadé lo más rápido que pude.

Pero hoy estaba cansada.

Lo hice igual pero sentí el esfuerzo.

Como nunca.

Hasta que casi me faltaba el aire.

Pero me esforcé.

Casi no respiraba.

Y braceaba con mucha frecuencia.

Quería ver qué pasaba.

Y no pasó nada.

No estoy cansada.

Me siento bien.

El cuerpo no responde siempre de la misma manera.

Es imprevisible.

¿Qué me pasaba?

Nada.

Cuando llego a la costa, suelo volver corriendo a buscar a Quintín.

Hoy lo hice.

Pero lentamente.

Como chapoteando en la orilla.

Porque el agua era muy baja y calentita.

Un momento delicioso.

La pileta de los bebés.

Me hubiese quedado un rato ahí jugueteando tranquila.

———-

Volvimos contentos caminando.

Felices del deber cumplido.

Contamos 5 trasmallos en nuestro camino al muelle.

Y un pescador.

Y una pareja que tomaba sol.

En la playa enorme.

Y con barro en el medio.

Un fenómeno rarísimo.

Porque el mar no estaba marrón.

Hoy era claro.

Cada tanto, almejas muertas amontonadas.

Y algún agua viva tirada en la arena.

Un paseo encantador.

——————

¿Vendrá el veterinario?

Yo no me voy a quedar esperando.

Hace tres o cuatro semanas que me prometió que venía.

No voy a dejar a Soli sin su segundo paseo.

Si viene, Quintín me avisará.

No andaré lejos, por las dudas.

Porque yo aplico el método Jünger.

Que dice que dos horas de paseo está bien.

Pero tres horas, mejor.

Y él lo hacía a los 90 años largos.

Lo leí en sus diarios.

Me canso de repetírselo al Osi.

A ver si lo motivo a salir.

Pero no lo logro.

El apenas sale para ir a nadar.

O para ir a la panadería.

Y comprar medialunas con dulce de leche.

Tortas fritas, bizcochos de grasa.

Mal.

El amigo Jünger y también mi monje Thich se enojarían.

“Nunca hay que ahorrar en frutas”, dice en su diario Jünger.

No habla de las tortas fritas.

———————-

De todas las prácticas, la que más me gusta es la caminata.

Pero lo que es curioso es que la más gozosa es la caminata dentro de casa.

De la mesa del comedor a la cocina.

Ida y vuelta.

Esa, como se imaginarán, se repite decenas de veces.

Desayuno.

Almuerzo.

Meriendas varias.

Cena.

Y cada vez que apoyo mis pies en ese trayecto soy feliz.

Es una caminata protectora.

No me pasa lo mismo en la caminata por la playa.

No sé por qué.

Quizás sea porque tengo miedo de que le pase algo a Soli.

Estoy muy pendiente de los perros alrededor.

Camino con un palo en la mano.

Quizás sea porque yo tengo fobia a caminar lejos de casa.

Es algo que lo controlo.

Pero siempre me tensiona.

Quizás eso tenga que ver.

Porque también disfruto de caminar por el pequeño jardín del fondo.

O en la plaza de enfrente.

O de ir a lo de Ella y Janis.

Y de subir las escaleras, de a dos escalones, cuando vuelvo.

Esas son mis caminatas conscientes preferidas.

Ahí logro la serenidad.

Todavía no lo logro lejos de casa.

El afuera sigue siendo un tema para mí.

———–

También me resulta muy bueno respirar de manera consciente mientras leo o miro la tele.

O antes de dormir.

Cuando ya dejé el Kindle.

Porque se me cierran los ojos.

Me quedo respirando hasta que pierdo la conciencia.

Desde que hago eso duermo mucho más relajada.

Más tiempo.

Y profundamente.

También respiro unos minutos antes de salir de la cama.

A la mañana.

Y sonrío.

Lavarme los dientes y la cara con conciencia, me ayuda también.

Recuerdo unas frases que inventé y me río.

Es un buen despertar.

Sumado al desayuno catalán del Osi que me espera en la mesa.

Todo parece encantador.

Por un rato.

————-

Me resulta muy curioso.

Recién hoy me doy cuenta de por qué no me funcionaba la caminata en la playa.

No es culpa de la caminata zen.

Es por mis miedos.

Mi miedo de siempre.

El maldito miedo que alguna vez lograré vencer.

Espero.

Supongo.

Mientras, sigo caminando.

De hecho, hoy disfruté de la caminata en la playa con Soli.

Ya lo conté al principio de esta bitácora.

Ahora vamos a salir a dar el segundo paseo.

Paso a paso.

Mañana les cuento.

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