Bitácora de la hija de Neptuno (147)

por Flavia de la Fuente

3 de abril

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: ONO 14 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 22′.

Un pajarito come pasto seco en el jardín.

Solita.2.paseo

Pensé que estaría enfermo.

Y que pronto se lo comerían Ella o Janis.

La que llegara primero.

Le golpeé el vidrio para asustarlo.

Por suerte salió volando.

Es que Ella y Janis no son como Solita.

Soli no tolera tener visitas en su jardín.

Lo habría perseguido a muerte.

Ladrando y corriendo sin parar.

Hasta echarlo.

O morir de cansancio.

En cambio, las otras nenas son muy perezosas.

Nos salieron dos oblomovas.

Viven echadas en su cama.

Adentro.

Por eso, muchas veces las dejamos encerradas afuera.

Para que se muevan un poco.

Porque nunca se vio tanta vagancia junta.

Aunque es delicioso ver cómo duermen.

Cada vez que voy a verlas se desperezan.

No tienen problemas de insomnio.

Son un ejemplo a seguir.

Tanta relajación me admira.

Hay mucho que aprender de los perros.

Ya lo dijo todo Diógenes.

Otro de mis maestros.

——————-

A la mañana, como todas las mañanas, fui con Soli a la playa.

Pero la playa no es como todas las mañanas.

Cada día es distinta.

Hoy era de una belleza rara.

No había nada, pero nada de viento.

Cero.

La arena estaba empapada.

Había llovido a cántaros toda la noche.

El aire parecía más limpio.

Si es que es posible.

Quizás fuera un efecto de la quietud.

Una serenidad apabullante.

No había ni ruido de mar.

Porque el mar se había convertido en un lago.

Sin olas.

Apenas una olita pequeña en la orilla.

Me sentía rara.

Tanta calma me estresó un poco.

Debo confesar.

Aunque me dé vergüenza.

Caminé conscientemente.

Pero algo me inquietaba.

No pasaba nada.

Había unos pocos paseantes.

Casi no había perros.

Brillaba el sol.

Mejor imposible.

Pero yo estaba inquieta.

Respiraba y respiraba.

Trataba de gozar del movimiento.

De mis pasos.

Del balanceo de los brazos.

Pero me sentía muy cansada.

Finalmente, volví a casa.

Y me puse a trabajar.

Contesté mails, lavé la ropa, barrí.

En fin, cumplí con la práctica de la monje zen.

Hasta edité unas lindas fotos de la ruta.

——————-

Yo le rogaba al Osi que fuéramos a nadar.

Pero no sé en qué andaba.

Así que recién fuimos al mediodía.

————

Todo seguía igual.

Apenas una brisa.

Un poco nublado.

Pero el mar seguía planchado.

Y de varios colores.

Era extraño.

Tenía distintas franjas.

Verdes, marrones, grises, celestes.

Como la marea estaba creciendo, nadamos hacia el Norte.

Nos metimos al Sur del muelle.

Y nadamos hasta el Solmar.

Quintín arrancó rápido.

Siempre es igual.

El va adelante y yo atrás.

Cuando nos metemos hacia adentro.

Pero yo siempre voy adelante después.

Una vez que elegimos el rumbo.

Sea hacia el Sur o hacia el Norte.

Yo voy más rápido.

O voy a la par, haciendo esfuerzo por no adelantarme.

Pero hoy no era así.

Yo nadaba normal.

A un ritmo sensato.

Y, cuando lo buscaba atrás al Osi no lo encontraba.

Es que hoy iba adelante.

Así que me apuraba y lo alcanzaba sin problemas.

Volvía al ritmo de crucero.

Y lo mismo.

El Osi adelante, a todo vapor.

Así que hoy me pasé persiguiendo en el mar a mi marido.

Era divertido.

Y a veces hasta nos chocamos.

Es que hoy era como una pileta.

Salada.

Muy salada.

Y con unas leves olitas en contra.

Pero todo chato.

Nada de moverse con las olas.

A mí me aburre nadar así.

A Quintín parece que le encanta.

Dice que es más fácil.

Que las olas lo fatigan.

A mí al revés.

La navegación marítima me resulta más agradable.

Subir y bajar por las ondulaciones.

De agua.

Olas que van y vienen.

Nada más estimulante.

Y no me cansa.

Me ayuda.

En cambio, el mar pileta me cuesta.

Es como nadar largos.

En un club.

No hay sorpresas.

Aunque en el mar, aunque sea un lago siempre las hay.

Hoy a la mañana vi muchas aguas vivas.

Enormes.

Tiradas en la playa.

Estuvieron ausentes todo el verano.

Pero decidieron venir en otoño.

Al menos llevo el traje que me protege.

Aunque igual me daban un poco de aprensión.

Pero en todo el tiempo que estuve en el agua, no toqué una sola.

Ni tampoco las vi en la orilla.

Misterios marinos.

—————–

Ya le había advertido al Osi.

Que hoy saldría del agua con él.

Porque tenía miedo de las aguas vivas.

Me miró con cara rara.

Y no dijo nada.

Pero, aunque nadamos apenas 22 minutos.

El entrenamiento fue fuerte.

Quintín le puso energía.

Y, al salir, yo nadé también con todo.

Cómo me gusta ese momento.

El pique final.

Que no tengo idea cuánto durará.

Porque la perspectiva engaña.

Y porque las corrientes o el viento pueden dar sorpresas.

Hoy salimos rápido.

Con la marea creciente es así.

Y sin viento.

Es más, creía que faltaba para llegar y encallé en la arena.

A Quintín le pasó lo mismo.

El único indicador de que estábamos con poca agua era la temperatura.

De pronto, sentí el agua caliente.

——–

Nos pusimos de pie.

Nos reímos.

Y volvimos contentos a casa.

Durante el kilómetro de caminata, el Osi dijo lo de siempre.

“Qué privilegio. ¿Por qué no vendrá nadie a la playa?”

Y es cierto.

Del lado Norte del muelle estábamos casi solos.

Cruzamos a dos hombres con trasmallos.

A dos pescadores.

Y a una familia de tres personas.

En un paraíso.

Que nadie del pueblo parece disfrutar.

En cambio, del lado Sur había más gente.

Un poco.

Quintín prefiere ese lado.

El de la civilización.

Ahí están los balnearios.

El centro.

Siempre hay más gente.

Salvo en invierno, que no hay nadie ni al Sur ni al Norte.

Solo nosotros con Solita.

Yo soy del lado de la barbarie.

De las playas desoladas.

Aunque cuando camino con Solita, elijo el lado Norte.

Por si me pasa algo.

De puro fóbica.

Es más protectora la civilización.

Pero es más fea.

De eso no hay duda.

————–

Janis aúlla en el jardín una vez más.

Graciela se llevó a su hermana Ella a pasear.

Y la pobre Janis la llora como si fuera siempre la primera vez.

Solita duerme la siesta a mis pies.

Y espera que la lleve al paseo de la tarde.

Que será cuando vuelva Ella.

Me da miedo que se crucen en la playa.

Donde Graciela la suelta para que pueda nadar.

Ella es la gran nadadora de la familia.

Tiene un estilo sin igual.

Nada a favor y en contra de la corriente.

Parece un lobito marino.

Janis, en cambio, es surfer.

Le encanta romper olas.

Solo nada en compañía de su hermana.

Y Solita solo se remoja.

Es una perra maratonista.

————

Me voy a preparar el almuerzo.

Con plena conciencia.

Disfrutando de alimentar a mi querido marido.

Y a mí.

Con productos nutritivos.

Para ser sanos y fuertes.

Y comeremos con moderación.

No hace falta comer mucho.

Con un cuenco basta.

Así comía el Buda.

Como dice el monje Thich.

Será hasta la próxima.

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (147)”

  1. GabrielaV Says:

    Me encantó!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi, mi lectora y amiga fiel! Besos

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