Bitácora de la hija de Neptuno (145)

por Flavia de la Fuente

 24 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: N 11 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 33′.

Llegó la hora más grata del día.

marynubesrosas

La de sentarme a escribir mi bitácora.

Y respirar.

Serena.

Sin saber qué voy a contar.

Escribir por escribir.

Solo sé que narraré la natación de hoy.

Pero siempre me voy por las ramas.

—————

Noche encantadora la de ayer.

Fui a filmar al muelle el atardecer.

Y volví encantada con planos nocturnos de la playa.

Quizás un nuevo proyecto.

Euforia.

Salí de casa con luz y se fue poniendo el sol.

Quintín se preocupó.

Y me llamó alarmado.

“¿Estás bien?”, me preguntó.

“Sí, fenómeno. Estoy filmando”, le contesté.

“Ah, qué suerte. Porque hoy juega Argentina.”

“Sí, me acabo de enterar”, contesté.

En el muelle solo había mujeres pescando y Gloria había comentado que era por el partido.

“Bueno, ya preparé la cena. Comemos en el entretiempo”, me anunció amoroso Quintín.

“Qué buena noticia. En un ratito voy.”

Me quedé muy contenta filmando.

En casa me esperaba una rica pasta con tomate, ajo y anchoas. Y un marido sereno y afable.

Qué privilegio.

A veces la vida sonríe.

Cuando dejé el muelle, me puse a filmar en la Av. Costanera.

Mi vecino Alejandro, el dueño de Moby Dick, la casa de pesca, se rió de mí y me pregunto qué filmaba.

El no veía nada filmable donde yo puse la cámara.

Y quizás tenga razón.

Yo registraba las luces de la calle, que forman una linda curva, porque están en un médano.

Y los autos que pasaban.

Solo luces.

Nada más que eso.

Alejandro escuchó mi explicación, me sonrió y se fue en su Lada rojo.

Llegué a casa y lo primero que miré fue ese plano.

Y estaba bueno.

Parecía de un policial negro.

Hasta le gustó a Quintín también.

Voy a seguir estudiando la noche en la playa.

Si sale una película bien.

Y si no, miro el atardecer, la noche, las estrellas y la luna.

Es un buen plan, pase lo que pase.

Un par de horas más al aire libre.

Y sobre todo, en noches como estas.

Noches tibias de otoño.

Aunque a mí no me asusta el frío.

Recuerdo unas noches de agosto en que fui a filmar la luna llena que salía del mar.

Obviamente, con mi lente me salió la nada misma.

Un miserable redondelito anaranjado.

Pero la pasé muy bien jugando con las cámaras.

Porque voy con dos cámaras.

O tres, si contamos el iPhone.

Pero yo uso mis dos cámaras de fotos.

Con una filmo y con la otra saco fotos.

O filmo con las dos.

De hecho, la salida de la luna la filmé con las dos cámaras.

Y los dos resultados fueron nulos.

Y fui varios días.

Cada noche, una hora más tarde.

Y el frío era serio.

Pero yo no lo sentía.

Tanta era la felicidad de estar ahí.

Recién me daba cuenta al entrar a casa.

Las manos me quemaban y estaban rojas.

Té caliente, un ratito junto al fuego y listo.

El frío queda en el olvido.

Peor, mucho peor es el frío que da el agua.

Ese sí que tarda en irse.

Pero también tiene su encanto.

Temblar y temblar.

El lema del mar.

Y de la felicidad.

—————

Nos metimos en el mar en el mismo lugar que ayer.

Al Sur del muelle y nadamos hacia ese mismo punto cardinal.

El mar estaba planchado.

Con olitas muy pequeñas.

Parecía un río.

Aunque no estaba marrón.

De nuevo, nos costó meternos.

Qué frío que da zambullirse en cualquier época del año.

Nos tiramos debajo de una ola.

Y empezamos a nadar.

Yo iba lento.

No deliberadamente.

Sino que me cuesta arrancar.

Cuando salimos, Quintín siempre va adelante.

A él le cuesta menos ponerse en marcha.

Y eso que yo ya había caminado 2 kilómetros con Soli.

Por los médanos.

Y había limpiado la casa.

Y la casa de Ella y Janis.

Y había respirado.

No tenía el cuerpo frío.

Pero es así.

Siempre es igual.

Empiezo lento y a los 10 minutos reacciono.

No es que me ponga a correr.

Pero braceo con más vigor.

Respiro con más regularidad.

Más tranquila.

Cada vez más espaciado.

En realidad, siempre respiro espaciado.

Pero, en un momento dado, todo me parece natural.

Bracear, respirar, flotar.

No existe otro estado que la natación.

Yo soy eso.

Un pescado.

La hija de Neptuno.

Y no quiero salir nunca jamás.

Pero llegar a eso a veces me cuesta hasta 20 minutos.

Hoy, cuando empecé a nadar me costaba horrores.

Tuve que recurrir a pensar en Santiago García.

Mi súper héroe.

El hombre que nunca deja de entrenar.

Su estoicismo es inspirador.

A mí me ayuda.

Como también me ayudaba en invierno Al Alvarez, el nadador del frío en Londres.

“A nadar y basta de pavadas”, me dije.

Y así empecé a mejorar.

Hasta que nadé como una sirena.

Y el Osi se fue quedando atrás.

Pero yo volvía a buscarlo, como siempre.

Cuando llegamos al Edén, le pregunté si quería salir.

“¿Cuánto nadamos?”, me preguntó como siempre.

“20 minutos”, le contesté.

“Nademos 10 más”, me replicó con seguridad.

Yo pensé que la estaba pasando bomba.

Y me dediqué a seguir mi nado.

Le sonreí al agua.

Al sol.

Al día de hoy.

Y así se fueron pasando los minutos.

No duraron nada.

Al menos para mí.

Salimos a la playa a la altura del Santos Vega.

Casi llegamos al vivero.

Para mi sorpresa, Quintín estaba muy cansado.

Me dijo que yo había nadado muy fuerte.

Y que él se había esforzado por seguirme.

“No tenés que hacer eso. Yo voy y vengo. Nunca te apures por mí”, le rogué.

“Además, el mar hoy estaba más frío y más feo”, agregó.

Es cierto que estaba más feo.

Y creo que también estaba un poco más frío.

Pero al salir se borraron todas las malas impresiones.

No hacía frío.

La playa ancha.

Caminata de vuelta con sol de frente.

Y una leve brisa del Norte.

“Qué privilegio”, comentaba el Osi.

Y mirá la gente que está hoy en la playa.

“Qué suerte que tienen. No hay días así. Esto es muy raro”, comentó Quintín.

Es cierto.

Un día de verano en otoño.

O sea, con calor pero sin un sol agobiante.

El sol suave de fin de marzo.

Mejor imposible.

Pasamos junto a jugadores de tejo.

Un grupo de mujeres pelirrojas.

Una señora con un pincher, un chihuahua y un caniche.

Así cualquiera pasea tres perros con una sola mano.

Le manifesté mi envidia.

————

Me cansé.

Se ve que nadé demasiado rápido.

Tenía razón el Osi.

Pero fue sin darme cuenta.

Y para colmo ya empezó el sol a darme en las piernas.

Tengo sueño y calor.

Una combinación imposible para escribir.

Además, el monje Thich dice que cuando uno está cansado tiene que descansar y respirar.

No hay que hacer nada más.

Solo descansar.

Suena reparador.

Le haré caso ya mismo.

Será hasta la próxima.

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