Bitácora de la hija de Neptuno (144)

por Flavia de la Fuente

21 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: NE 21 km. Olas: 0,6 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 15′.

 23 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: NE 16 km. Olas: 0,6 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 30′.

Silencio interior.

Esa calma tan particular que solo siento a veces.

Solo después de nadar.

Permanecer siempre así es el desafío.

Casi imposible.

Supongo.

La respiración es un placer.

El aire va y viene sin ningún esfuerzo.

Me nutre.

Me serena cada vez más.

La bitácora también me ayuda a permanecer tranquila.

Es un lugar seguro.

Al menos hasta ahora.

Teclear me hace bien.

Es un momento íntimo.

Secreto.

Estoy sola conmigo misma.

Sin amenazas del mundo exterior.

Sin miedo.

Nada me puede pasar mientras escribo.

El tiempo se detiene.

Me aferro a estos momentos sagrados.

Es una continuación perfecta del placer de nadar.

—————-

Salí de la ducha sin nada de frío.

Es que hoy fue como nadar en un día de verano.

Nos metimos al Sur del muelle y nadamos hacia el Sur también.

Porque la marea estaba bajando.

Sin embargo, cómo nos costó meternos.

Estuvimos mojándonos los pies un rato.

Muertos de frío.

Aprensivos.

Temiendo el frío que tendríamos en unos minutos.

Saltamos varias olas.

Y nos reímos cuando nos mojaban.

Finalmente, nos zambullimos.

El agua estaba tibia.

Y con un oleaje suave.

Ibamos en la dirección de las olas.

Nada más grato.

Nos dejábamos balancear.

Yo pensé en nadar fuerte.

Pero enseguida me arrepentí.

Me pareció que estaba bueno no cansarme.

Ayer había pasado un día agotador.

Así que festejé el día de hoy en el mar.

Le sonreí al sol que brillaba hacia mi izquierda.

Cada vez que respiraba.

Y a las olas tan amables.

Y al agua fresca.

Encantadora.

Nadé a buen ritmo, sin apurarme.

Quintín venía un poco atrás.

Pero no mucho.

El también nadaba.

Y parecía disfrutar.

Quizás también festejaba el día de hoy.

Canté Qué será, será y también Oklahoma!

Y pensaba en que no quería salir.

Quería bracear y bracear.

Sin mirar el reloj.

Hasta que me cansara.

Quizás fuera el último baño tan agradable.

Tan suave y templado.

Pero, como siempre, me preocupaba el Osi.

Cuando llegamos al Edén, le pregunté cómo iba.

Me contestó con otra pregunta.

“¿Cuánto tiempo va?”

“20 minutos”, le respondí.

“¿Seguimos cinco más? Si no tenés frío”, agregué.

“Dale. El agua está maravillosa”, me contestó mi marido.

Nadamos unos minutos más.

Y cuando vi que se acercaba la media hora, me pareció prudente salir.

Yo hubiera seguido.

Porque hoy estaba para ir hasta el vivero.

Y nadar 45 minutos o una hora.

Pero no hacía falta

Además, yo tengo traje.

Y Quintín no.

————–

Salimos en una playa desierta.

Solo había un puesto de guardavidas con dos o tres bañeros.

Soplaba una brisa del NE.

Brillaba el sol.

Que nos daba en la cara.

Empezamos a caminar.

Quintín estaba feliz de la vida.

“No hay como estos días de marzo”, me dijo reflexivo.

“Es casi un secreto. La gente no sabe lo que es bueno.”

Y tiene razón.

El sol es suave, la playa está casi vacía.

Recordamos a Vero, que se fue hace unos días.

Y nos dio lástima su partida.

La imaginamos festejando el día de hoy.

Con sus caminatas y aventuras al aire libre.

————–

Caminábamos por la arena firme.

El mar está siempre bajo en estos días.

Ahora nos acercábamos a la bajamar.

Pero en estos días no hay crecientes significativas.

Las curvas de las mareas son muy chatas.

Y el muelle está casi todo el día sobre la playa.

Seco.

———

Yo tenía ganas de caminar rápido.

Me gusta sentirme una atleta.

Poner a prueba mis pulmones.

Usar todo mi oxígeno.

Sentir que soy incansable.

Una mujer fuerte.

Y todavía joven.

Aunque esté toda arrugada.

Pero el Osi me llamó a sosiego.

“Caminemos tranquilos”, me pidió.

Y me pareció bien ir caminando a su lado.

Contemplando la playa del otoño temprano

No había casi nadie.

Sí había algunas personas jugando en el mar.

Y unas mujeres jugando al tejo.

Muy concentradas.

No sé por qué nos llamaron la atención.

El tejo parece un deporte unisex.

También vimos a seis o siete mujeres yendo a almorzar a Punta Ignacio.

Y en el muelle nos recibieron también dos mujeres.

Gloria y Ana.

Ana siempre me alcanza mi mochila con una sonrisa.

Y me pregunta cómo estuvo el mar.

———

No sé qué más escribir.

Pero no quiero irme de acá.

Me gusta este refugio.

Aunque en unos minutos me va a dar el sol en las piernas.

Y hoy no está bueno.

Eso es genial en invierno.

Pero si no, me da un calor infernal.

Además, se hace la hora de comer.

————

Como estoy contenta, me puse un collar turquesa.

Que combina con la musculosa del mismo color.

Y con mis ojos.

Gabi me dice que es como un maquillaje.

Que el collar me embellece.

Y me pareció que era un gesto apropiado para festejar el día de hoy.

Y darle una pequeña alegría al Osi.

Tener una mujer que se puso un collar para agradarle.

Aunque también me agrada a mí.

Son gestos amorosos.

———

Saqué a Soli al jardín.

Y me encontré con cuatro tomates rojos.

Algún día comeremos la mini ensalada.

Pero creo que la gracia es verlos crecer.

Y madurar.

No sabemos cuándo cosecharlos.

Los tocamos y todavía están duros.

Por ahora, los dejamos en la planta.

Hoy les voy a sacar fotos.

Son muy lindos nuestros cherrys.

Nunca había mirado con detenimiento una planta de tomates.

Son muy bellas.

De cada flor, sale un tomate.

Y las hojas y las ramas tienen un encanto especial.

Hay algo milagroso en eso de los tomates colgando.

Tiene algo de arbolito de Navidad.

———–

Recién bajó el Osi para preguntarme cuándo comíamos.

Fue muy delicado.

Me dijo que no había apuro.

Que escribiera todo lo que me diera la gana.

Le pedí 15 minutos.

“Como quieras”, me contestó de buen humor.

“Me voy a buscar un libro a lo de las nenas”, me avisó.

Volvió asombrado de la paz en que encontró a Ella y a Janis.

Dice que ni se movieron cuando él entró.

Que hacían fiaca en la cama.

“Ella parece una leoncita”, dijo.

Y se declaró perdidamente enamorado de esa perra.

Que luce orgullosa un collar rojo.

Hasta la próxima.

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (144)”

  1. GabrielaV Says:

    Hermosa!!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi! Me gusta saber que me leés.

    Besos

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