Bitácora de la hija de Neptuno (141)

por Flavia de la Fuente

17 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 17 grados. Viento: SO 23 km. Olas: 0,7 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 20′.

18 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 18 grados. Viento: SE 3 km. Olas: 0,4 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 26′.

Tomo el té mirando la luz que riela en el mar.

Me siento muy bien, demasiado bien.

Tengo miedo de moverme y de interrumpir el bienestar.

No quiero que nada me lo quite.

Y sé que su duración es incierta.

Queso con miel y nueces es mi pequeño súper desayuno.

Y mucho té.

Respiro y pienso en que no me quiero mover.

Disfruto de la nuez con miel.

La saboreo muy lentamente.

Y alterno con un trocito de queso, también con miel.

Respiro sin dificultad.

Para qué moverme.

Quiero quedarme clavada en la silla para siempre.

Tomando un sorbo de té.

Comiendo con frugalidad.

Lentamente.

Pero me apremian mis tareas.

Y eso no está bien.

Hay que quedarse en el presente.

Soy la monje zen.

Y la monje tiene que celebrar el día de hoy.

Pero cómo hacerlo.

Si no me muevo más, no hago nada.

Y Ella y Janis esperan su comida.

Y Solita quiere ir al jardín.

Y se me acumulan los platos.

Y tengo que lavar mi traje de neoprene.

Pero no me quiero mover.

Demasiada serenidad como para interrumpirla.

Se acerca Solita ansiosa y le doy un premio.

A Soli la puedo incorporar a mi ceremonia del té.

Le acaricio la cabeza y le doy una galletita de perro.

Sin dejar de respirar.

Sin dejar de estar erguida en la silla.

Con una leve sonrisa.

Es que nadar produce un pequeño despertar.

La vida se ordena después de un rato de natación marina.

Sí, es un despertar.

Pero habría que lograr extenderlo a todo el día.

Que no se desvaneciera con el ritmo de las endorfinas.

Tenemos que aprender a guardar la sensación de felicidad para siempre.

Porque si es posible después de nadar.

Debería serlo durante el resto del día.

Sobre todo, cuando no pasa nada de nada.

Nada distinto.

Tenemos perras hermosas.

Un jardín donde están madurando dos tomates.

Está todo bien.

Todavía hay mucho que aprender para poder celebrar el día de hoy con plenitud.

Pero por algo se empieza.

————

Ya van unas horas desde que me metí en el agua y sigo flotando (en el aire).

Logré disfrutar de alimentar a las perritas.

Y lavé mi traje y mi bikini.

Y sigo imperturbable.

Solo una mosca me distrajo y me hizo sacudir la cabeza.

Lo único que me importa es seguir todo el día así.

Y por qué no toda la vida.

Quizás se pueda.

Thich Nhat Hanh dice que sí se puede.

Y le creo.

———————-

Quintín mira la Premier League.

Día apacible, más para mí que para él.

Tiene un chupete todo el día.

Aunque después se cansa.

Como el día estaba hermoso, le sugerí que fuéramos a nadar, pese a que hacían 17 grados.

Pero brillaba el sol.

Y no había una gota de viento.

Nos metimos a 200 metros al Sur del muelle, en el Riazor.

Olas hermosas.

Agua transparente que empezaba a subir.

Caminamos luchando un poco con la corriente.

Cuando llegamos hasta donde no hacíamos pie empezamos a bracear.

Yo quiero ser monje pero no dejar de ser una atleta.

Así que me puse a bracear con vigor.

Sentirme fuerte me hace bien.

Nadar con toda la energía que puedo.

Usando mis pulmones.

Sintiendo el aire que sale y que entra sin dificultad.

Aire para regalar.

Una bendición.

Subir y bajar los brazos sin sentir cansancio alguno.

Apurar la marcha y nunca jadear.

Es algo maravilloso.

La idea de poder contar con el propio cuerpo es maravillosa.

Tranquiliza.

Saber que sobra el aire.

Que los brazos y las piernas funcionan.

Cuando llegamos al Aguila le pregunté al Osi si quería salir.

A mí me preocupa que tome frío.

Yo nado con traje, él en malla.

Me prometió que en abril se va a comprar un traje.

Así podemos nadar juntos más tiempo.

Sería un cambio de vida interesante.

Si lo hace, voy a hacer una película sobre la natación.

Otra.

Porque ya hice dos cortos.

Veremos.

Me gusta la idea de filmar al Osi nadando en el mar en invierno.

Volvamos pronto al día de hoy, el día que estoy celebrando.

Le había preguntado a Quintín si quería salir en el Aguila.

Y me dijo que no, que saliérmos 500 metros más allá al Norte.

En el Solmar.

Yo seguí nadando fuerte.

Y Quintín me seguía atrás pero no demasiado.

El también nadaba con buen ritmo.

Estábamos tan contentos en el agua.

Ninguno de los dos quería salir.

Yo solo siento un poco de temor por la salud de mi marido y el agua fría.

Y también por el aire frío al salir.

————-

Salimos en el Solmar y no hacía nada de frío.

El sol calentaba.

Había una ínfima brisa del sudeste.

“Qué privilegio”, me decía Quintín.

Yo correteaba o caminaba muy rápido.

Más rápido que el Osi.

Que en la vida normal es un caminante veloz.

Pero yo quería usar mis piernas.

Y mis pulmones.

Me encanta caminar a altísima velocidad y ver que nada me cansa.

Que el aire entra y sale como si nada.

Que ni me doy cuenta de que respiro.

Que no hago ningún esfuerzo.

El Osi me pidió que me quedara con él.

Para conversar.

Le expliqué qué estaba haciendo.

Yo iba y venía, como en el mar.

Y cuando iba hacia Quintín el sol me pegaba en la cara.

Qué caricia encantadora.

Delicioso caminar hacia el Norte.

Al final, caminé a la par con Quintín.

Ya sabía que tenía piernas fuertes.

Y pulmones llenos de oxígeno.

No necesitaba corretear más.

—————–

En el muelle tampoco tuvimos frío.

La playa en marzo es lo más lindo que hay.

Poca gente.

Todavía hay guardavidas, bares.

Un poco de vida alrededor.

Todavía no estamos solos con los perros y las gaviotas.

Desde hace casi un mes que ocurrió un pequeño milagro.

Una mujer que es un sol empezó a trabajar en el muelle.

Ella nos guarda las cosas y nos recibe siempre con una sonrisa.

Y un beso.

Es alguien muy especial.

Parece una monje zen.

Está siempre contenta.

Con frío o con viento.

Nunca pierde una serena amabilidad.

—————-

Baño caliente.

Un poco de frío al salir de la ducha.

Ahora me puse pantalones largos, medias tres cuartos y botas con piel adentro.

Y estoy bien.

No tengo ni frío ni calor.

Es un día maravilloso.

Tecleo con serenidad.

Escucho el sonido del fútbol inglés y sonrío.

Respiro.

Qué agradable es que la respiración sea larga, pausada.

————-

Ayer tuvimos muchas visitas.

A la tarde tomamos el té con Tomi Lebrero y su encantadora mujer Laura.

La pasamos muy bien.

Hablamos de todo un poco.

Son gente muy especial.

Después cenamos con Vero.

Era su última noche en San Clemente.

Quintín hizo Spaghetti alle olive nere

Pero estábamos tan cansados que yo me quedaba dormida en la cena.

Un papelón.

Entonces, me refugié en mi templo, la cocina.

Y me puse a lavar.

Es que me caía de sueño.

Es dura la vida de la monje zen.

A las 10 de la noche necesita irse a dormir.

¿Será que cansa tanto respirar?

Y tanto trabajar.

Aunque sea todo grato.

Es una tarea detrás de la otra.

—————

Veo que brilla el sol.

Muero de ganas de llevar a Solita al bar.

Nos gusta sentarnos en Punta Ignacio a ver la vida pasar.

Quizás tenga suerte y se sume Vero.

Y festejemos juntas el día de hoy.

A Vero le encanta la playa.

Es una pena que se tenga que ir.

Da placer su compañía.

Quiere disfrutar del sol y de caminar.

Como pocas personas.

Irradia felicidad.

Ayer nos trajo de regalo unos alfajores nuevos de Havanna.

De chocolate amargo al 70%.

Están muy buenos.

Los vamos a incorporar, mientras duren, al súper desayuno.

——————-

Parece que Solita también decidió celebrar el día de hoy.

Después de meses de negarse a salir al jardín recién salió a tomar sol.

Se ve que el verano no es lo suyo.

Volvió a juguetear como antes con las flores y los colibríes.

Solita es la belleza.

————

Hablando de pájaros, descubrí algo horrible.

Resulta que siempre hay unos búhos apostados en Punta Ignacio.

No siempre, pero muchas mañanas.

Yo pensaba que los búhos eran animales nocturnos.

Pero estos están de día.

Quizás se en días de poco sol.

Hoy no estaban, por ejemplo.

Lo que descubrí es que lo muy malditos son agresivos.

Con nosotros.

De pronto, vi que uno se tiraba en picada hacia mí.

Miré alrededor mío, suponiendo que había algún pájaro.

Alguna posible presa.

Pero no había nada.

El búho se mandó de nuevo.

Y lo repitió dos veces más.

Yo me defendí con un palo que llevo para defender a Soli.

Al parecer las presas éramos Solita y yo.

———-

Llegué a casa insolitada.

Busqué en Internet y leí sobre ataques de búhos.

Ya no se puede creer en nada.

En fin, habrá que pasar más lejos, para no perturbar a esos bicharracos.

Les saqué una foto.

Son feos los búhos.

Tienen cara de malhumorados.

Hasta mañana.

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