Bitácora de la hija de Neptuno (140)

por Flavia de la Fuente

14 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: ENE 14 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 30′.

Baño de mar glorioso.

Tuvimos que atravesar olas que nos hicieron reír.

Hace reír el choque con el agua fría.

Y la violencia del agua.

Cansa luchar con las olas.

Mucho más que nadar.

De pronto, una grande se nos vino encima y nos tiramos abajo.

Y empezamos a nadar.

Habíamos entrado al Norte del muelle.

Con la marea bajando.

Pero en la orilla la corriente tiraba mucho hacia el Norte.

Muchísimo.

Me costaba estar parada.

Pero una vez pasadas las rompientes, todo fue normal.

Agua que baja, corriente hacia el Sur.

Mar verde y movido.

Con las olas en contra.

Aguas tibias todavía.

Mientras braceaba pensaba que hoy quería nadar más tiempo.

Y, al parecer, Quintín pensó lo mismo.

Cuando iban 20 minutos le avisé, por las dudas.

Quizás tenía frío.

O el mar picado lo había cansado.

Pero no.

El estaba tan entusiasmado como yo.

Nadando en ese mar tan hermoso.

Dejándonos levantar y bajar por las olas.

Hoy también pensé que tenía que nadar con un poco más de vigor.

Que si no me voy a volver una viejita prematuramente.

De tanto cuidarme.

Y, entonces, nadé.

Braceé con fuerza.

Y alegría.

Contaba las respiraciones.

No nadé con brazadas cortas, sino largas y más potentes.

Apenas llegaba a las 8 brazadas sin respirar con este nuevo nado.

Pero fue muy grato.

Cuando salimos, barrené con las olas de orilla.

Siempre voy mirando para atrás cuando salgo del agua.

No me gusta que las olas me lastimen.

Con o sin torpedo.

Los revolcones no me resultan divertidos.

Aunque nunca me pasó nada.

Pero mejor dejemos estas aprensiones.

Para pasar otras.

————-

Salimos felices de la vida.

Como solo es posible después de un baño de mar.

Para nosotros, al menos.

Yo tenía ganas de corretear.

Siempre me pasa lo mismo.

Pero me reprimí por temor al cansancio.

Hoy a la noche tenemos visitas.

Unos primos de Quintín a quienes apenas conocemos y Vero.

Vamos a cocinar guiso de lentejas.

Y frutillas maceradas en azúcar con helado de crema americana.

Pero no corrí por temor a hacerme daño.

Estoy harta de poner tantos reparos a todo.

Si apenas hago unos miserables trotecitos.

O saltico de a ratos como una niña en la primaria.

¿Qué me va a pasar?

Nada de nada.

A lo sumo tendré que dormir la siesta.

Prometo que la próxima vuelvo a corretear.

Hoy no iba a escribir nada.

Para no cansarme.

Pero me encanta escribir mis bitácoras.

Y está todo tan delicioso que no pude evitar hacerlo.

El sol me calienta las piernas y la panza.

Tengo la mente serena.

Ojalá este bienestar durara todo el día.

Pero ya pasará el hechizo.

A veces no me dan ganas de almorzar.

Porque después de un plato de comida se me va la felicidad.

La pesadez irrumpe en mi vida.

No me pregunten por qué.

Aunque yo como poco.

Pero almorzar me cansa.

Y me entristece.

Debe haber una razón fisiológica.

En cambio, las tres o cuatro tazas de té oolong con frutas secas y dos o tres trocitos de queso con miel no me hacen nada.

Sigo ligera como una pluma.

Pero en un rato, almorzaremos y chau, me convierto en calabaza.

Quizás debería picotear durante todo el día.

Hasta la cena.

Habría que probar.

Hoy voy a ver cómo me va con los spaghetti con tomate y albahaca que cocinó el Osi.

—————-

Ando preocupada por Santiago García.

El domingo corre la Maratón de Los Angeles.

El dice el Maratón, pero a mí me gusta decirlo a la vieja usanza.

O a la que me resulta más familiar.

Las dos son correctas, según él mismo explica en su libro.

Entrenó tan duro este verano.

Lo seguí día a día por Instagram.

No falté a ninguno de sus esfuerzos.

Fue impresionante.

Hizo fondos de 36 km con la ola de calor de febrero.

Para mí le pidió demasiado a su cuerpo.

Y se lo dije.

Pero él dice que no.

Que está acostumbrado.

Que lo fortalece.

En fin, por suerte pasó el calor.

Y Santiago ya terminó de entrenar.

Quizás esté viajando.

Y yo estoy inquieta por él.

Me gustaría que cumpliera su meta de bajar el tiempo.

Y, por sobre todas las cosas, que no le pase nada.

Que no se lesione.

Que no sufra.

Se merece lo mejor.

Su abnegación al running me conmueve.

—————

A la tarde, cuando termine de cocinar volveré a la playa.

Ojalá encuentre al hombre de la sangha de Chascomús.

Me quedé con las ganas de hacerle preguntas.

Según estuve viendo, hacen prácticas zen.

Yoga, comida consciente, trabajan y trabajan todo el día.

Me da curiosidad.

Quintín tiene miedo de que me vaya a vivir a la sangha.

No hay ningún riesgo.

Jamás abandonaría a mi Osi.

Y, además, a mí todo me da miedo.

El Dr. Kusnir le comunicó hace más de veinte años que su destino estaba sellado.

“A esta no te la sacás más de encima. Tiene miedo de todo.”

Y el viejo tenía razón.

La monje zen es el clavo en el zapato del Osi.

O quizás sea algo mejor que un clavo que causa dolor.

Porque mi misión en la vida es que él sea feliz.

O al menos que no sufra tanto.

Hasta mañana.

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