Bitácora de la hija de Neptuno (138)

por Flavia de la Fuente

8 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: NNE 32 km. Olas: 0,9 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 25′.

10 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: SSO 41 km. Olas: 0,1 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 15′.

Cómo cuesta salir a nadar con los primeros fríos.

Soliyunamigo

Hoy había que ser valiente para meterse en el mar sin traje.

Y Quintín lo hizo.

Yo no.

Me puse mi traje largo de triatlón.

Ya las mangas cortas de lycra me daban frío.

No lo hice, pero tenía ganas de ponerme el traje de invierno.

———–

Otro día hermoso.

Aunque otoñal.

Fresco y soleado.

A la mañana, caminé por los médanos con Solita.

Ella corrió sin parar.

Al parecer, la perra estaba esperando la refrescada para comenzar a entrenar.

Cuando vi que tenía la lengua afuera y torcida, la llamé y nos sentamos en un médano a tomar sol y mirar el mar.

Y la muy maldita se puso a hacer un pozo y me llenó de arena.

De esa misma manera, hace unos meses me arruinó una cámara de fotos nueva.

Sin palabras.

La pobre es inocente.

La tonta fui yo, que había olvidado que era una topera.

————–

Regresamos a casa y volvimos a salir.

Esta vez fuimos a saludar a Graciela, la abnegada paseadora de Ella y Janis.

En la calle 1.

A Solita no le gusta ir al centro.

Es como yo.

Somos seres que buscan el sosiego.

A Soli todo le da todo miedo.

Los autos, la gente, los perros.

Ni bien se acerca algo se eriza.

El colmo de Soli es que jamás subió a la planta de arriba en casa.

Ni aunque yo la llame.

No sube ni siquiera un escalón.

Es una perrita muy peculiar.

Tan fóbica como yo.

Si lo pienso bien, yo creo que tampoco subiría a la planta alta.

Ni iría a ningún lado más que a la playa.

La diferencia es que yo lo hago.

En cambio, Solita nunca contraría su naturaleza.

Se empaca y se acabó.

Aunque, muy pocas veces, como hoy, se empaca y fracasa.

Hoy la llevé igual a la calle principal a los tirones.

Porque yo no me animaba a ir sola.

¡Qué papelón!

Por sus aprensiones, nunca me animé a llevarla a Buenos Aires.

Me da miedo que se muera del susto por el ruido de la ciudad.

Y eso es un problema serio.

Porque en San Clemente se queda sola, como su nombre lo indica.

Y se está volviendo viejita, ya es más vieja que yo.

——-

Marzo es el mes de los insectos.

Las insoportables moscas.

Los cascarudos que hoy avanzaron hasta tomar las veredas de la calle 1.

También se sumaron los mosquitos, porque llovió mucho últimamente.

No habían aparecido durante todo el verano.

Y ayer llegaron los aguaciles.

Pero en una cantidad notable.

Amenazadora.

Aunque esos bichos no asustan a nadie.

Pero el volumen de la bandada da un poco de aprensión.

Hoy , como todas las mañanas, abrí los postigos de mi habitación que da al jardín.

A causa del ruido, cientos de aguaciles comenzaron a volar en círculos.

Vero los llama helicópteros.

Y sí, hasta hacen un ruido similar si entran a la casa.

Así que tengo todo cerrado, porque sería muy incordiosa una invasión de aguaciles.

Me pregunto cuánto vivirán los pobres helicópteros.

Iremos viendo qué pasa.

Esto de vivir atrincherada es muy molesto.

Y me olvidaba de las hormigas, que me acechan cerca de la cama.

Pero esas están todo el verano.

Este año empezaron a trabajar en diciembre.

————

Una lesión insólita me mantuvo ayer fuera del agua.

La pobre Janis, que siempre anda buscando amor, me saltó y me arañó un pezón.

¡No saben qué dolor!

Pero me miraba y no veía nada.

Extrañada, volví a casa.

El dolor persistía.

Me volví a mirar la teta y vi que sangraba.

Me dio un poco de impresión.

Me desinfecté con una gasa con alcohol.

Más dolor.

Y me puse una curita con una gasa porque seguía sangrando.

La sola de idea de meter mi herida en la sal del mar me asustaba.

Así que ayer Quintín nado solo, en un mar bello.

Tibio y apacible.

Yo lo seguía desde la costa.

Y me daba inquietud perderlo de vista.

Veía sus bracitos muy lejos.

Un Osi muy chiquito en el mar inmenso.

Y se me perdía entre las olas.

Por suerte, salió a los 20 minutos.

Me daba inquietud verlo nadar solo.

Porque él va sin torpedo.

Su torpedo soy yo.

Pero a él no le da nada de miedo.

Y salió del agua feliz de la vida.

Solita y yo lo esperábamos en la orilla.

————

Hoy decidí ir a nadar, porque ayer casi muero de síndrome de abstinencia.

Aunque sigo lastimada.

Esa herida tonta me va molestar varios días, supongo.

Cuando me vestí para ir a nadar, no sentía ningún dolor.

Me puse la bikini y arriba el traje de triatlón.

Nos metimos al Norte del muelle.

La marea bajaba.

Hacía mucho frío.

20 grados con un viento de 40 km por hora da frío.

Nos costó meternos.

Pero fue glorioso ponernos a nadar.

En la orilla vimos un agua viva completa.

De color rosa oscuro, completa, con su cuerpo de gelatina y sus filamentos.

Flotaba de los más tranquila.

“Si hay una, es que hay muchas más”, auguró Quintín.

Pero yo no toqué ninguna.

Nadé rápido, muy rápido.

Porque sabía que íbamos a nadar poco tiempo.

Y no me quería quedar con las ganas.

Pero a los cinco minutos me empezó a molestar la herida.

No era nada tremendo.

Un ardor con cada brazada.

Tal vez la sal.

O el roce con la bikini.

Qué sé yo.

Seguí nadando con todo igual.

Espero que mañana me duela menos.

Porque volveré a ir a nadar.

————

Al salir hacía un frío tremendo.

Es que el agua está a 4 grados más caliente que el aire.

Llegué temblando al muelle

Y me despedí de Ana, la nueva cuidadora que es un encanto.

Un auténtico sol.

Volvimos a casa, nos duchamos y súper desayuno.

—————–

Quintín quedó cansado.

No sabemos si es por el frío.

Dice que le costaba nadar.

Que se tuvo que esforzar mucho.

Por suerte, mañana anuncian menos viento y unos grados más.

El Osi si no se me va a resfriar.

—————

Anoche recibimos a cenar a Vero, la hermana de Gabi.

Mi osito de peluche.

Quintín cocinó Penne alla arrabiata.

Y le salieron geniales.

Vero y yo cosechamos la albahaca del jardín.

Que estaba increíble.

Primero hubo una picada que trajo Vero, de queso y fuet.

Y tomaron un vino que los puso muy contentos.

Fue una noche apacible.

Vero estaba muy serena y contenta.

Cuando terminamos de comer, la acompañamos a su casa.

Que queda a 5 cuadras.

En una noche fresca, sin viento y estrellada.

Caminamos tranquilos.

Contentos por el buen momento que habíamos pasado.

“Es lindo agasajar”, comentaba Quintín.

“Claro”, le dije yo.

“Me da felicidad”, agregó.

“Obvio”, le contesté.

¿Se estará volviendo monje zen mi querido Osi también?

Creo que sí.

No saben lo limpio que está en la cocina.

Antes cocinaba rico pero dejaba todo sucio.

Ahora no.

Me parece que le está tomando el gusto a eso de celebrar el día de hoy.

Hasta mañana

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