Bitácora de la hija de Neptuno (137)

por Flavia de la Fuente

7 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 19 grados. Viento: E 12 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 16′.

Casi suspendemos la natación por frío.

Tejo

A la mañana temprano, caminé con Soli.

Estaba fresco.

Fui con zapatillas, campera y pantalón largo.

La perrita resucitó.

Corrió pajaritos, perros y hasta gaviotas.

Y se bañó en el mar.

No hay nada como una mañana fresca para los perros.

El mar volvió a ser cristalino.

Muy cristalino.

Tipo caribeño.

Olas suaves.

Una belleza.

Pero la sensación del otoño intimidaba a los nadadores.

———-

Hice trámites toda la mañana.

Aproveché el día de frío para ponerme al día.

Pagué la cuenta en la veterinaria.

Compré un tacho de basura rojo.

No saben lo difícil que es esto último en San Clemente.

De hecho, no conseguí lo que quería.

Pero me rendí.

Y me conformé con uno más chico.

Pero resolví el problema.

Hace unos días que se había roto la tapa.

Y moscas y mosquitas volaban alrededor del tacho.

Un asco.

Por suerte, ya está todo en orden.

—————-

Me sentía mal.

Pese a haber cumplido con todas mis obligaciones.

En general, siento alegría después de una mañana así.

El placer del deber cumplido.

Hasta le traje facturas al Osi de la panadería.

Y pan para los sandwiches de carne de la noche.

Pero nada.

Ningún bienestar a la vista.

Me dolía ligeramente la cabeza y sentía náuseas.

————

Visité a Ella y a Janis.

Tomé sol con ellas en el jardín.

Saqué fotos del las bignonias en el jardín.

Eso me mejoró un poco.

Pero, de pronto, pensé en los celos que debía estar sintiendo Solita y volví a casa.

Se pone mal cuando la gente va al jardín con las otras perras.

Así que decidí abandonar el jardín y volver a la playa.

Con la perra, ya que no hacía calor.

Pero Soli se portó pésimo.

Lo primero que hizo fue atacar a una perrita.

Enojada, la até y volvimos a casa.

Pero volví a ver el mar.

Tan verde.

Tan apacible.

Unas señoras me preguntaron si yo era la buceadora.

Me reí y les dije que era nadadora.

Me dijeron que tenía que arrastrar a mi marido al agua.

Les dije que hoy hacía mucho frío.

Que él no tenía traje de neoprene.

—————

En casa, Quintín estaba escribiendo su columna a todo vapor.

El tampoco se sentía bien.

Muy cansado.

Escribía el artículo con su último aliento.

Le comenté que me sentía mal.

“¿Te puedo ayudar en algo?”, me preguntó.

“No, gracias”, le contesté. “No se me ocurre.”

Miró por la ventana y vio el mar verde.

Y el sol.

Sintió ganas de tener un poco de calor.

De pronto me dijo: “¿Y si vamos a darnos un bañito?”

“Sin dudarlo, acepté”.

Y se me pasó todo.

Ni yo lo puedo creer.

No necesité ir al mar para sentirme mejor.

La idea de ir al mar me curó.

Y a Quintín también.

Los dos revivimos.

——————

Nos metimos al Sur del muelle.

Nadamos en el mar lleno de escarabajos muertos.

También hay millones de cascarudos en la arena.

Esto pasa desde hace unos días.

Es un fenómeno que se da todos los años.

Según Espada, el amigo ex guardavidas, llegan con el viento y solo unos pocos sobreviven y logran llegar a los médanos, su lugar en el mundo.

Quintín nadaba molesto entre los cadáveres de escarabajos.

“¿Todos los días tiene que haber alguna porquería en el mar?”, me preguntó.

Y acto seguido, me comentó con cierta aprensión que creía que se había tragado un bicho.

“Es solo proteína”, le contesté canchera.

Pero me cuidé muy bien de nadar con la boca sellada mientras atravesábamos la franja de escarabajos.

———

Pasamos la rompiente y no había nada de nada.

Chau escarabajos.

Solo agua tibia, transparente.

Era un placer increíble.

Nadamos los dos juntos.

Respiramos y braceamos.

De nuevo pensé en mi monje zen.

Y sonreí en el agua.

De pronto, me vinieron ganas de nadar más rápido.

Y así lo hice.

Es que íbamos a nadar poco.

Porque al salir, el Osi iba a tener frío.

Cuando pasamos el muelle decidimos salir en el Aguila.

Nadé rápido todo el tiempo.

¡Qué alegría!

Me volví a sentir sana.

La hija de Neptuno.

Salimos del agua y el aire parecía helado.

Caminamos por la orilla hasta el muelle.

El agua parecía hirviendo.

Y Quintín no tenía tanto frío.

——————-

Pasamos por debajo del muelle.

Yo iba pensando en Vero, la hermana de Gabi, que se quedó unos días más.

Quería avisarle que no se podía perder el mar de hoy.

Me preocupaba que estuviera metida debajo de una frazada en la casa.

Como estábamos hasta hace un rato Quintín y yo.

Atribulada, caminaba perdida en esos pensamientos.

Y, de pronto, veo a una mujer rubia en bikini negra.

Sonriente, con ojos celestes muy brillantes.

Era Vero, que venía a celebrar el día de hoy.

Estaba radiante.

Eufórica por el espectáculo que se abría ante sus ojos.

Le rogué que se bañara y me contestó que lo iba a hacer.

Pero que primero iba a caminar hacia el Norte.

————

Uno de los efectos extraños de la práctica zen es que me volví más sensible a ciertas cosas.

Una rara es que me encanta abrazar a Vero.

Es toda blandita, cariñosa.

A veces le pido que me deje abrazarla dos veces.

Es una sensación muy grata.

Es como un peluche humano.

——————-

Ya no tengo náuseas ni leve dolor de cabeza.

Solo escribo y tomo té.

Quintín terminó de trabajar.

Mira un partido mientras toma el súper desayuno.

Recién comentábamos qué extraño que era todo esto.

El Osi me dijo que uno acá se acostumbra a bañarse en el mar.

Y si no lo hace, se siente mal.

Es un hábito demasiado estimulante.

Es difícil de abandonar.

Por suerte, vivimos en la Costanera.

Nos ponemos la malla y vamos de una corrida a las aguas benditas.

¡Hasta mañana!

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (137)”

  1. GabrielaV Says:

    Hermosa la bitácora. Saludos a mi hermanita de peluche.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Cuando la vea la abrazaré mucho y le daré tus saludos, Gabi. Te extrañamos!

    Besos

    F

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