Bitácora de la hija de Neptuno (136)

por Flavia de la Fuente

5 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: SSE 12 km. Olas: 0,4m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 25′.

6 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: NNO 32 km. Olas: 0,8 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 40′.

Ya no queda nadie en el pueblo.

Creo que ayer domingo se fueron todos.

Ando medio mal del estómago y muy cansada.

Pero prefiero descansar nadando suave.

No quiero dejar de nadar.

En algún lugar leí que los deportistas se curan siguiendo con su práctica.

Y así lo hago.

————-

El domingo fue un día de playa como hay pocos.

Mar cristalino.

Aire tibio, sin demasiado calor.

Sol pleno.

Nada de viento.

Casi un paraíso tropical.

Como me sentía débil, nadamos apenas 25 minutos.

Y muy lentamente.

Quintín y yo juntos.

Respirando y braceando al unísono.

Esta imagen le gustaría al monje Thich.

—————–

Nos metimos al Sur del muelle.

Y salimos en el Solmar.

No queríamos cansarnos.

Pese a todos los cuidados.

Me morí de frío.

Y eso que tenía mi traje de verano.

Cuando volví a casa, tomé sol en el jardín.

Me da melancolía ese momento.

Ahora, para tomar sol al mediodía, me tengo que colocar en un rinconcito.

Justo donde pega el sol.

Que ya está muy inclinado.

Y se está yendo de mi jardín.

Hasta la próxima primavera.

Es inevitable la melancolía de marzo.

Es un mes tremendo.

En 30 días, viajaremos a Buenos Aires.

Me quedan apenas 30 bitácoras más de aguas tibias.

Y cuando vuelva, casi en mayo, el agua estará muy fresca.

Traje de invierno sin guantes ni capucha.

Pero se viene el frío.

Avanza lentamente, pero llega con puntualidad.

En junio el agua ya está helada y no cambia hasta octubre.

———–

¿Cómo es posible sentir alegría en marzo, entonces?

No pensando en el futuro.

Disfrutando el día de hoy.

Con su temperatura del aire y del agua agradables.

El futuro ya vendrá.

O quizás no.

Mejor que venga, ¿no?

Y si viene, volverán los días de natación helada.

Y yo voy a releer a Al Alvarez.

Mi amigo del frío que vive en Londres.

Que me resulta muy inspirador.

Aunque no sé si se seguirá metiendo en la Hampstead Pond.

Tiene 87 años.

Pero aunque no lo haga más.

Siempre guardaré el recuerdo de sus zambullidas.

En aguas con hielo.

Casi todos los días del invierno londinense.

Durante 10 años.

Al se zambulle en agua helada para poder seguir viviendo.

Apenas 3 minutos, ida y vuelta, sin traje ni nada.

La dosis de adrenalina diaria.

Y se ve que le funcionó.

Veremos si yo me animo de nuevo este invierno.

Supongo que lo haré.

Aunque hoy la idea me parezca disparatada.

Tuve frío con 24 grados en el agua.

Pero en invierno nado menos y más abrigada.

————-

Ayer leí toda la tarde Mente Zen, Mente de Principiante de Shunryu Suzuki.

Creo que con tanto zen se me está quemando el cerebro.

O lavando.

Esto último no vendría mal.

Porque creo que el mío necesita una buena limpieza.

Una limpieza zen.

Pero hoy voy a leer otra cosa.

Quiero leer una novela hermosa.

Y no se me ocurre qué.

Le pregunté a mi marido si me recomendaba una novela hermosa.

Y me dijo que no sabía.

Quizás relea Brigitta de Stifter o siga con Oblomov.

 

Veremos.

Pero necesito un día de descanso del estudio zen.

Al menos en los libros.

La práctica no la abandono.

Aunque no debería hablar de eso.

Suzuki aconseja no contarle a nadie.

Porque es difícil de comprender.

¡Y yo lo escribo en mis bitácoras!

Pero creo que tengo lectores zen.

¿Cómo podría alguien aguantar estas lecturas si no lo fuera?

———————–

Ayer seguí con dolor de estómago.

Y hoy volví a nadar.

Era un día feo.

Feísimo.

Mar marrón, frío, con un viento del Norte tremendo.

A mí me gustan esos días.

Una vez que logré meterme en el agua.

De olitas molestas en contra.

Como las turbulencias de un avión.

O una calle empedrada en auto.

Pero cuando me siento bien me enfrento a la pequeña adversidad.

Les doy batalla.

Nado sin prestarles atención a las olas y a toda velocidad.

Pero hoy no era el caso.

Me había prohibido correr.

Solo braceé lentamente y me fui congelando poco a poco.

Quintín tampoco la pasó bien.

Dice que tragó mucha agua.

No sé por qué le pasa eso.

Yo hoy no tragué ni una gota.

Dice que sufrió mucho nadando.

Que fue un esfuerzo enorme.

Igual quiso llegar hasta el Solmar.

Su meta imaginaria.

Pero costaba.

Era la estoa.

Y entre las olitas y la falta de corriente se hizo largo.

Nadamos 40 minutos.

Yo salí tiritando.

Es que también hacía frío afuera.

Porque el viento era muy fuerte.

Volvimos caminando de buen humor.

Porque habíamos logrado salir del mar inhóspito de hoy.

Eso también está bueno.

La alegría del deber cumplido.

Más sufrimiento, mayor satisfacción.

Es así.

Quintín me decía que no entendía mi teoría de nadar más rápido para entrar en calor.

A mí me parece obvia.

Si uno hace más esfuerzo, el corazón bombea más y mantiene el cuerpo más caliente.

Al menos esa es mi metáfora.

Y de hecho, me funciona.

“Es como cuando corrés. Si trotás suave transpirás menos que si corrés más rápido”, le dije. “O sea que el cuerpo genera más calor al apurarse”, dije.

Pero creo que no lo convencí.

“Pensá qué pasa si te quedás 40 minutos sumergido en el mar sin moverte”, agregué.

De hecho, yo empecé a nadar por ese motivo.

Porque me gustaba mucho estar en el mar pero a los cinco minutos me moría de frío.

Y tenía que salir.

Hasta que un día me puse a nadar.

Y no paré más.

Me convertí en la hija de Neptuno.

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