Bitácora de la hija de Neptuno (135)

por Flavia de la Fuente

 4 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: ESE 19 km. Olas: 0,6 m. So y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 20′.

¿Por qué será el mar tan salvaje?

gabienelmuelle2

A veces me gustaría que fuera más estable.

Que no dependiera de los avatares de la naturaleza.

 

Ayer, por ejemplo, nos cruzamos en la orilla con una cucaracha-cangrejo.

 

Lo de cangrejo lo agregó Quintín.

 

Para darle un toque más benigno.

 

Marítimo.

 

Para mí era una cucaracha gigante acuática.

 

Si es que eso existe.

 

O lisa y llanamente una cucaracha.

 

Anteayer, mientras caminaba con Soli a la mañana sentí pánico.

 

No mi pánico existencial.

 

Pánico porque vi pescados muertos en la orilla.

 

Uno cada diez metros más o menos.

 

Y eran de la misma especie que murieron en masa en el 2015.

 

Que fue una tragedia.

 

Para los peces.

 

Y para los turistas.

 

Y para los nadadores como nosotros.

 

Playas cementerio.

 

Hediondas.

 

Fue algo horripilante.

 

Ahora sé que uno no se debe bañar en esas circunstancias.

 

Nosotros, pensando que no pasaba nada, fuimos al agua todos los días.

 

Venciendo la repulsión.

 

Atravesábamos con repugnancia la sopa de pescado descompuesto que era la orilla.

 

Y nadábamos en un mar que mecía cadáveres de saraca.

 

El año pasado, nuestro médico nos dijo que eso era peligrosísimo.

 

Que las bacterias de los millares de pescados en descomposición son muy peligrosas.

 

Tuvimos suerte.

 

No nos pasó nada.

 

Pero no lo volveré a probar.

 

Ayer no había saracas muertas.

 

Hoy vi alguna que otra.

 

Lo que sí hay es un horrendo olor a pescado.

 

Que viene desde hace varios días.

 

Geri, que se fue el 1 de marzo, sentía que su malla hedía después de nadar.

 

Y la lavaba con mucho cuidado y la dejaba en remojo en una palangana.

 

Yo no me di cuenta hasta que vi la podredumbre en la playa.

 

Me da que pensar ese líquido marrón que vimos cuando nadamos con Gonzalo.

 

Podía ser yodo o un alga.

 

Quizás sea el alga que mata a los peces.

 

Un amigo biólogo me explicó que esa muerte masiva solo puede ser causada porque los peces comieron algo que intoxica a esa especie.

 

Que no es por el agua caliente.

 

Y menos que menos por los famosos pesqueros.

 

Era una cantidad monstruosa de pescados muertos (ya sé, los pescados siempre están muertos, pero no me sale decir “peces”).

 

Que posiblemente fuera un alga.

 

En fin, que las piletas de natación tienen sus virtudes.

 

No hay sorpresas.

 

Aunque también muchas menos alegrías.

 

La nueva cuidadora del muelle, Ana, nos contó que el lunes vienen a estudiar las saracas muertas.

 

Que guardaron 4 en el freezer y 4 en agua salada.

 

Espero que estudien el asunto de una vez por todas.

 

Veremos cómo sigue.

 

Mientras tanto, la hija de Neptuno y su marido continúan nadando.

 

—————–

 

 

Día otoñal.

 

Ni siquiera quise caminar con Soli.

 

La llevé a la playa y me senté a mirar el mar.

 

Las dos juntas desde un médano.

 

Pasaban pájaros.

 

Los basureros.

 

Algunos turistas con sus perros.

 

Solita iba y venía, correteaba de aquí para allá.

 

O se ponía panza arriba para que la mime.

 

Está tremenda mi perrita.

 

Cuando me levanté para volver a casa vi que el cielo estaba negro.

 

Que podía caer un chaparrón.

 

Así que pospusimos por un rato nuestro baño del día.

 

Y tenía frío.

 

Pensé que quizás estaba afiebrada.

 

Me tomé la fiebre y tenía 35,5.

 

Soy un pescado (tal vez vivo).

 

Como parecía que iba a salir al sol, nos fuimos a la playa.

 

Yo, con mi humor otoñal, me puse mi traje largo de triatlón.

 

Me daba aprensión el agua fría.

 

¿Por dónde andará la hija de Neptuno?

 

¿Frío y miedo a congelarse el 4 de marzo?

 

Un papelón.

 

Quintín también andaba medio apachuchado.

 

Así que decidimos ser moderados.

 

La vuelta al muelle, de Sur a Norte.

 

Un buen plan.

 

La marea estaba creciendo.

 

La corriente era fuerte.

 

Pero se podía entrar con facilidad.

 

Recién habían pasado dos horas de la bajamar.

 

Las olas eran fuertes.

 

Las esquivamos y en una grande nos tiramos abajo.

 

Y nos pusimos a bracear.

 

Yo le di fuerte.

 

Porque quiero ser una deportista de la tercera edad.

 

Quintín creo que nadó relajado.

 

Iba tranquilo.

 

El mar salvo por el olor estaba bello.

 

Olas onduladas por todos lados.

 

Aun más adentro, como me gusta a mí.

 

Y el agua no estaba fría.

 

Pero yo llevaba mi traje.

 

Pasamos el muelle y seguimos hasta el Aguila.

 

Ahí el Osi dijo que le parecía prudente salir.

 

Que no estaba en forma.

 

Que le costaba respirar.

 

“Sí, salgamos”, le contesté. “No está bueno forzar la máquina.”

 

Braceamos juntos hacia la orilla.

 

La corriente era tan fuerte que terminamos apareciendo casi en el Solmar.

 

Volvimos caminando.

 

Saludamos a un guardavidas que tuvo un hijo a quien llamó Francisco.

 

Después nos cruzamos con otro y estuvimos departiendo sobre la saraca.

 

Todos tenemos miedo y resignación.

 

Una ligera tristeza.

 

La melancolía del fin del verano y la amenaza de la invasión de cadáveres es demasiado.

 

————–

 

Hoy a las 6 se vuelve Gabi a Buenos Aires.

 

Es un día difícil.

 

Ella no se quiere ir de San Clemente.

 

Nosotros tampoco queremos que se vaya.

 

Las despedidas son siempre complicadas.

 

Pero tiene que viajar para cumplir con su deber.

 

Y hacerlo con alegría.

 

Va a llevarles alegría y cariño a sus seres queridos.

 

Lo que le traerá felicidad y serenidad a todos.

 

Estoy segura.

 

Gabi puede ser un ser luminoso.

 

¡Perdón!

 

Se metió en la bitácora la monje zen.

 

Con sus ideas de paz y sosiego.

 

Hasta mañana.

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