Bitácora de la hija de Neptuno (134)

por Flavia de la Fuente

3 de marzo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: SSE 28 km. Olas: 0,8 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 25′.

Ayer tormenta.

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Truenos y centellas.

“¡Gracias Adolph!” para toda la sangha sanclementina.

Tanto Quintín y yo como las hermanitas Ventureira, no salimos de casa.

Un día de descanso cada tanto viene bien.

En mi caso, por suerte, pude pasear a Solita a la mañana bien temprano.

Pero el resto hizo fiaca mal.

Quintín estaba inquieto, Gabi aburrida, Vero no sé, pero supongo que estaba contenta.

Ella no es adicta al mar como nosotros todavía.

—————–

Por suerte hoy amaneció con sol y con un viento suave del Sur.

Paseé con Soli y cuando volví a casa Quintín ya estaba despierto.

La playa se sigue vaciando.

Mientras paseaba con la perra vi cómo desmantelaban parcialmente los balnearios.

Van a dejar unas pocas carpas en cada uno.

También sacaron los cajeros automáticos que estaban en la plaza de enfrente.

Y en el muelle vi a un par de senegaleses.

Los otros deben estar por ahí, haciendo fiaca, reservándose para el fútbol del atardecer.

A mí me dijeron que se quedaban hasta el 10 de marzo.

Deben ser sus vacaciones.

——————

Cuando fuimos con el Osi ,el mar estaba muy crecido.

Fuerte corriente.

Mar subiendo.

Y olas respetables.

Decidimos meternos al Norte del muelle.

Creo que hoy, para poder nadar nos habríamos tenido que meter cerca del Edén.

A un kilómetro al Sur, o a 500 metros por lo menos.

El agua tiraba fuerte en la canaleta.

Así que para no sufrir, hicimos la más simple.

Que tiene su contrapartida.

La cancha es mucho más corta.

Pero igual, hoy no tenía ganas de nadar mucho.

Sentía frío pese al traje de neoprene.

Pero ni bien empecé a bracear, me sentí un pez.

Y nadé fuerte.

Iba y venía con Quintín que parecía nadando en un sueño.

Era conmovedor verlo tan sereno.

Yo corría y mi marido flotaba en sus pensamientos.

Estaba realmente en otro mundo.

Pese a que el mar hoy era ligeramente inquietante.

Oleaje movido.

Esa montaña rusa que tanto me divierte.

Pero que me dificulta a veces encontrar a Quintín.

Así que no me alejaba mucho.

Iba y venía.

Endorfinas para regalar.

En el Solmar decidimos seguir 500 metros más.

Cuando nos acercábamos al Balneario Norte, nuestra meta, intenté hablar con mi marido.

Le grité con todas mis fuerzas varias veces y él seguía en su ensoñación acuática.

Le quería avisar que había que salir.

Y que además debía tener cuidado con los trasmallos y con las olas.

Que tenía que prestar atención.

Tenía que estar atento, volver al presente para no lastimarse con nada.

Pero fue inútil.

En un momento dado, él me buscó y decidimos salir.

El agua estaba tibia y transparente.

Parece que se fueron las aguas heladas.

Suele ser así cuando sopla el viento Sur.

Por suerte, no volvieron todavía las tapiocas.

Las invitadas indeseables de este año.

—————

Llegamos sin problemas a la orilla y hacía un frío tremendo.

Se ve que el agua está más caliente que el aire.

Y el viento era fuerte.

Y las arenas movedizas.

El ejercicio de vuelta a casa fue tremendo.

Caminamos hundiéndonos en la arena.

Y atravesando las canaletas de desagüe del pueblo.

Que estaban muy profundas.

Nos llegaban hasta la rodilla.

Yo tenía tanto frío que troté más de la cuenta.

Y por la arena seca, para calentarme.

Iba y venia, como por el agua.

Cuando corría hacia Quintín el sol me calentaba el cuerpo.

Era muy placentero.

Doblemente.

Sentir el sol y ver al Osi radiante mientras caminaba con una actitud muy deportiva de regreso a casa.

—————

El mar estaba tan crecido que tuvimos que pasar casi gateando por debajo del muelle.

Y eso que faltaban 2 horas para la pleamar.

Son muy estimulantes las travesías en el mar turbulento.

Creo que son mis favoritas.

Ya me estaba aburriendo eso de nadar en un lago.

———–

Ducha maravillosa y súper desayuno.

El mejor momento del día.

Está todo bien.

Quintín y yo nos sentimos felices.

El Osi dice que ese el momento de plenitud de las endorfinas.

Que enseguida, empiezan a decaer de a poco.

Es verdad.

Después viene el cansancio.

Poco a poco, dejamos de ser Superman y Superniña.

Y somos lo que somos.

Dos deportistas gerontes cansados.

Pero serenos.

Y alegres.

—————–

Ante la queja de mi querido Gonzalo, voy a tratar de hacer un relato más minucioso de su travesía marina.

Vamos de nuevo, entonces.

Gonzalo iba a llegar a San Clemente a las 11 de la mañana.

Por un embotellamiento en Mar de Ajó, llegó mucho más tarde.

Tipo 12.30, creo.

Los nadadores ya caminábamos por las paredes.

Necesitábamos ir al mar.

Nuestra dosis de endorfinas.

Cuando llegó nuestra visita casi lo llevamos directamente al agua, sin siquiera decirle buenos días.

Pero Gon se defendió: “Estoy muerto de hambre. No desayuné. Yo solo como frutas y en casa no había más que un ananá verde.”

Como somos una sangha compasiva, dejamos que nuestro amigo comiese una medialuna o algo así.

Luego nos aprestamos para ir al mar.

Cuando estábamos todos listos empezó la galante conversación sobre el torpedo.

Yo escribí que Gonzalo necesitaba sí o sí un torpedo.

Lo cierto es que más allá de su opinión, jamás lo hubiese dejado entrar al mar sin un salvavidas.

Me parece una imprudencia.

El nunca exigió nada.

Solo preguntó si había uno de más.

Y yo le iba a ofrecer el mío.

Aunque no me encanta nadar sin torpedo.

Pero puedo hacerlo.

Sobre todo, en una travesía corta y cerca de la orilla.

Como la que planeábamos hacer con Gon.

Pero la aventurera Geri quiso probar cómo era eso de nadar sin cinturón de seguridad.

Y gentilmente le cedió su torpedo.

Fuimos finalmente todos al agua.

Gonzalo recalcó varias veces que estaba fuera de estado para la natación.

Pero es joven y fuerte, pensé.

Y deportista.

Juega muy bien al tenis.

Y anda en bicicleta.

Lo menos que puede hacer es dar la vuelta al muelle.

Para sentir un poco de emoción.

No puede pasar nada.

Hay mucha corriente.

Un mar calmo.

Seguro que le va a dar impresión, pensé.

Pero esa es la idea.

Creo que para eso vino.

Para disfrutar de una pequeña aventura marina.

Y la tuvo.

Sintió sensación de alta mar.

Miedo de no poder volver.

Pánico ante la imagen del muelle.

Lo que sentimos todos.

Con más o menos angustia.

Es así.

Da vértigo la inmensidad.

Uno no sabe si va a poder salir a la costa.

Si va a tener fuerzas para resistir el trayecto inconmensurable.

Si el frío no jugará una mala pasada.

Todo lo que sintió Gonzalo lo pensamos todos.

Pero se la aguantó como un príncipe valiente.

Y se quedó con ganas de más.

Ahora ya sabe que Neptuno es amable.

Y que la sangha siempre lo va a cuidar.

Que si sale a nadar con nosotros puede ir tranquilo.

Que nada malo le va a pasar.

—————

Por suerte, también me escribió un comentario mi querida Geri.

Y me dijo que no le había causado ningún daño con las carreras marinas.

Me dio una enorme alegría.

————–

Mañana se va Gabi.

Nos vamos quedando con el nido vacío.

Recién vengo de la playa.

Los guardavidas jugaban al tejo.

Verano tardío.

Foto: Gabriela Ventureira

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