Bitácora de la hija de Neptuno (128)

por Flavia de la Fuente

23 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 27 grados. Viento: N 7 km. Olas: 0 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 20′ + 30′.

Hoy amanecí deportista.

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Aunque hice la meditación caminando con Soli al amanecer.

Y también saqué fotos.

Porque también soy fotógrafa.

Y quería capturar el despertar de la playa.

La luz divina.

Las texturas del amanecer en el mar.

Y, cuando llegó el momento de ir al mar, fui una nadadora.

Pero a la monje zen no la olvidé.

La monje sigue su práctica.

Se lava los dientes, la cara, las orejas, limpia, lava, camina respirando.

No deja de cumplir con sus rutinas del monasterio.

Está todo, aparentemente, organizado.

————-

La playa hoy a las 11 de la mañana no parecía San Clemente.

Algunos declaraban sentirse en Buzios.

Otros en el Caribe.

Mar azul, caliente y transparente.

Temperatura del aire agobiante.

Un horno tropical.

———–

Como el Osi estaba cansado dimos una hermosa vuelta al muelle.

Nos metimos al Norte del espigón, nadamos hacia adentro y después hacia el Sur.

De nuevo nos cruzamos con Leo, el amigo nadador.

Pero Quintín no estaba hoy para grandes aventuras.

Y yo me quedé con él.

Para acompañarlo.

Nadé fuerte esta vez y Quintín muy tranquilo.

Yo iba y venía contenta de la vida.

Es que era un día glorioso.

Calor en el agua, calor afuera.

Y no había olas.

Ni tapioca.

Nos despedimos de Leo y salimos en el Fontainbleau.

Habíamos nadado 20 minutos.

Ni bien empezamos a volver a casa pensé que quería seguir nadando.

Que quizás no se repitiera un día así.

Que era la hija de Neptuno.

Que tenía que volver al mar.

Y así lo hice.

Me despedí del Osi en el muelle.

Y me fui caminando hasta el Aguila.

Pensaba dar otra vuelta al muelle.

Había unos nadadores braceando contra la corriente más adentro.

Me acerqué pero no les dije nada.

Y me puse a nadar hacia el Sur.

Con la corriente a favor.

A buen ritmo, sin correr.

Disfruté del paisaje acuático.

Del cielo.

De la respiración.

Pasé de largo en el Fontainbleau.

Me parecía un pecado abandonar las aguas maravillosas.

Cuando llegué al Edén me llamé a sosiego.

Es un día de mucho calor, pensé.

Basta ya, hija de Neptuno, no eres una niña.

Así que habiendo hecho dos pasadas, una de veinte y otra de treinta minutos volví radiante caminando, bah, casi corriendo al muelle.

Hasta corrí sobre las arenas ardientes.

Ese pique me divierte mucho.

Me sentía fuerte como una atleta.

Y alegre.

A la noche, cuando llegó Geri, me quedaba dormida en la cena.

Pero ella me entiende, porque viene a casa, entre otras cosas, a nadar.

Hasta la próxima.

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