Bitácora de la hija de Neptuno (127)

por Flavia de la Fuente

22 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 27 grados. Viento: SO 4 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 30′.

El día de calor de ayer dejó minada la hueste de nadadores.

sc-solita-y-ruinas

Pero igual me levanté temprano, a las 6.30 para meditar con Solita.

Ibamos por la playa y vi una dentadura postiza deslizándose por la orilla.

Sentí un poco de aprensión y miré para otro lado.

Me resultó algo macabro.

Poco mindfulness lo mío.

En cambio, unas señoras que paseaban detrás mío dijeron:

“¡Pobre hombre! Perder los dientes en el mar. Qué feo.”

Las dos mujeres sintieron compasión.

Se imaginaron una escena humana triste.

Yo solo me asusté.

Esa irrupción de la decrepitud me asustó.

Y me emocionaron las dos turistas compasivas.

Sentí que me faltaba mucho para lograr estar en el presente sin miedo.

Para poder ser compasiva.

Habrá que seguir practicando.

—————–

Sabíamos que no íbamos a nadar más de media hora.

Aunque hoy hay una agradable brisa del Sur.

Pero todos los informes meteorológicos que leí dicen otra cosa.

No saben el desamparo que siento cuando miro el Windguru y anuncia que hay vientos del NO y, en la realidad, sopla un claro viento del S, o del SE.

Y lo mismo pasa con todas los sitios: Meteofa, Accuweather, The Weather Channel.

Me siento muy desamparada.

Muchas veces informan que llueve y hay un sol radiante.

Así que hoy las condiciones del tiempo las puse a ojo.

Casi no había viento y lo poco que había era del S o SE.

Pequeños inconvenientes de vivir en un aldea.

—————

El mar nunca estuvo tan azul.

Le saqué una foto para Gabi.

Para darle alegría y se decidiera a ir pronto a la playa.

—————-

Con Quintín nadamos lentamente.

Con un braceo firme, rítmico, siempre igual

Nos metimos al Norte del muelle, a unos 100 metros.

Nadamos hacia el Sur, en un mar aceitoso.

Me hacía acordar al Mediterráneo en Cannes.

Esa textura oleosa, el color azul.

El cielo con una ligera niebla estival.

No sé por qué hoy no me quería esforzar.

Me sentía blandita.

Nadé todo el tiempo al lado de Quintín.

Y si me descuidaba, me quedaba atrás.

No tenía frío ni me pasaba nada.

Habíamos decidido salir en el Edén.

Y así lo hicimos.

Tardamos en llegar a la costa unos 10 minutos.

Y esos sí que los nadé rápido.

Para demostrarme que estaba viva.

Que tenía aire.

Que no me pasaba nada.

Hasta Quintín se había preocupado por mi lentitud.

Aunque ahora me dijo que él había nadado rápido.

Pero lo cierto es que yo nadé tranquila.

¿Será que los monjes zen nadan lento?

Espero que no.

Seguro que no.

Porque hay deportistas que practican la atención plena.

Pero quizás no sean monjes como yo.

Veremos qué pasa mañana.

Por lo pronto, amainó el calor.

Y yo tengo ganas de bracear fuerte otra vez.

Antes que monje, soy una nadadora.

Foto: Gabriela Ventureira

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