Bitácora de la hija de Neptuno (126)

por Flavia de la Fuente

21 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 27 grados. Viento: O 4 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 45′.

Ola de calor en la costa.

solmar-y-yuyos

La temperatura no baja ni siquiera a la noche.

Hoy a las 10 nos fuimos arrastrando a la playa.

Sol ardiente, ni una gota de viento, 31 grados de térmica.

Pero es el precio que hay que pagar por ir al mar.

Pregunté por las tapiocas y nadie sabía qué pasaba hoy.

La mar estaba serena.

Una rompiente prolija en la orilla y nada más.

Hacía tanto calor que el agua a 24 grados parecía fría.

Empezamos a nadar hacia adentro.

Yo tenía miedo de reencontrarme con los bichos.

Pero no había.

Milagro.

¿A dónde se habrán ido las tapiocas?

El guardavidas de nuestro balneario ayer las estuvo observando.

Dice que son como medusas diminutas.

Con una cabecita como una gota y los filamentos.

Yo le dije qué pasaría si, de pronto, todas crecieran.

Nadaríamos en un mar de aguas vivas, en la gelatina pura.

Volviendo a la natación, Quintín nadaba muy entusiasmado hacia adentro.

Como no parecía tener intención alguna de parar, lo llamé.

“Osi, nademos hacia el Sur. Ya estamos a una buena distancia de la costa.”

Miré el reloj y me sorprendió que apenas habíamos nadado 4 minutos.

En general nadamos hacia adentro 5 o un poco más.

Pero hoy estaba bien así.

Braceamos apaciblemente hacia el Sur.

Ibamos lentamente, relajados, disfrutando del contacto con el agua.

Que nos refrescaba.

Había unos centímetros de agua caliente y debajo un abismo helado.

Qué placer.

Nadamos a la par.

Hoy me costaba alcanzar a Quintín.

Si me dejaba llevar por mi ritmo cansino, me quedaba atrás.

Es que ayer nos acostamos tarde.

Y dormí poco.

Porque recomenzó la temporada de visitas.

Ayer llegaron las hermanas Ventureira, Gabi y Vero.

Quintín les cocinó una pasta deliciosa: spaghetti con salsa de cebolla.

Cenamos en el patio, y disfrutamos juntos de una auténtica noche de verano.

Miramos las plantas del jardín.

Solita corría como loca no sé por qué.

A Janis y a Ella las encerramos en su casita, pero son tan buenas que no les molesta.

O al menos no se quejan.

Podrían aullar de dolor, por ejemplo.

O ladrar.

Pero no hacen nada.

Aprovechan para dormir en su cama.

Cada día están más tiernas esas perritas.

Aunque parecen no perder la esperanza de volver a casa.

A vivir todos juntos.

Como antes.

Se portan tan bien que parecen querer hacer méritos.

Pero no tiene arreglo.

Las perras no se pueden volver a juntar nunca más.

Pero estamos bien así.

Es una vida complicada, pero creo que tanto ellas como nosotros nos acostumbramos.

Bueno, volvamos al agua que hace calor.

Estaba en que había dormido poco y eso lo notaba en mi cuerpo.

En un momento dado, el frío me empezó a pegar y apuré el ritmo para entrar en calor.

Quintín siguió su marcha imperturbable.

Me gusta como nada el Osi, totalmente absorto en lo suyo.

Lo que no sé si está en el agua o está pensando en cualquier otra cosa.

Porque a veces nada en direcciones raras.

Aunque hoy me animaría a afirmar que estaba realmente en el agua.

No se desviaba ni hacía cosas raras.

Cuando llegamos al Edén me preguntó cuánto habíamos nadado.

“20 minutos”, le contesté.

“Sigamos que está buenísimo”, me sugirió.

Como siempre, buscamos la boya.

Pero no la encontramos pese al mar planchado.

O sea que no está.

Se acabó el juego por este año.

Creo que sin querer, jugando a buscar la boya, nos fuimos más para adentro.

Nadamos 10 minutos más hacia el Sur y Q me volvió a preguntar la hora.

No nos queríamos cansar demasiado.

Además, ya estábamos como a dos kilómetros de casa.

A la altura del edificio Santos Vega.

Y había que volver con el sol de frente.

En un día tremendo.

Así que decimos salir.

Aunque era un día para batir otro record con facilidad.

Nadar más de 1 h 5 minutos.

Mañana o pasado lo haremos, pensé.

Braceamos tranquilos hasta la orilla.

Y tardamos 15 minutos en salir.

No sé si estábamos muy adentro.

O teníamos la corriente en contra.

Aunque ya era la estoa.

No se supone que haya ninguna corriente fuerte en ningún sentido.

Y soplaba un viento nulo del Oeste.

Que no daba para impedirnos avanzar.

Misterios del mar.

Por eso, yo prefiero no alejarme mucho

Porque puede pasar que la salida lleve mucho tiempo.

Prefiero saber que estoy cerca.

Sentirme libre de volver a la playa cuando quiero y sin sorpresas.

Aunque la pequeña aventura de hoy me divirtió.

Porque íbamos a llegar.

Estábamos ahí nomás.

Solo había que tener paciencia.

No angustiarse.

Porque estaba todo bien.

No teníamos frío.

Afuera hacía calor.

Nada nos podía pasar.

Más que nadar más de lo previsto.

Y cansarnos en consecuencia.

Mientras escribo, el sol de la tarde me está calcinando.

Será hasta mañana.

Foto: Gabriela Ventureira

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