Bitácora de la hija de Neptuno (125)

por Flavia de la Fuente

19 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 25 grados. Viento: NO 24 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 30′.

20 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: NO 26 km. Olas: 0,7 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 41′.

Días de tapioca.

El mar sigue lleno de esos filamentos que pican (¿bebés de aguas vivas?).

solienlapuerta

No hacen daño, creo, pero molestan.

El mar, mi refugio querido, se volvió inhóspito.

Hoy pensaba cómo estar en el aquí y ahora mientras me atacaban las tapiocas.

Qué tenía que hacer.

Respirar y no pensar en nada más que en inhalar y exhalar.

Mas era imposible.

Lo único que venía a mi cabeza era: “Me pican las tapiocas. Ya pasará cuando salga del agua. “

Pero eso estuvo muy mal, porque mis pensamientos se me iban al futuro.

Y hay que estar siempre en el presente.

Era un presente molesto.

Molesto hasta para meditar.

¿Es posible meditar sentada en el medio de una jauría de perros?

¿O con cientos de mosquitos atacándote?

Quizás el Buda o mi maestro puedan.

Yo todavía no.

Como no encontré la forma de concentrarme en el presente y harta ya de la picazón, decidí apurar la velocidad de nado.

No para llegar a ningún lado, sino para alegrarme.

Y funcionó.

Las endorfinas enseguida me aplacaron el fastidio.

Son una magnífica anestesia.

Nos metimos al Sur del muelle y nadamos en 20 minutos hasta el Edén.

Yo quería salir, por lo que ya conté, pero Q quiso seguir.

El hombre es un estoico.

Así que seguimos adelante, un rato más de tapioca no le hace mal a nadie, pensé.

Finalmente, decidimos salir.

Qué felicidad estar fuera del agua.

Lejos del alcance de esos malditos animalitos.

Hoy no había casi nadie en la playa.

Veníamos maldiciendo a los bichos cuando escuchamos un ruido.

Era un altoparlante.

El sonido venía de El Edén.

Era la famosa carrera de 3000 metros.

La del 14 de febrero.

Y no sé por qué se corrió hoy, que es 20.

Miré con detenimiento a los nadadores.

No eran muchos.

Y no conocía a ninguno.

Le pregunté a uno de los nadadores dónde era la largada.

Me dijo que 3000 metros hacia el Sur, en la calle 80.

Y que los llevaban en combi.

¡De haberlo sabido!

Uno de mis traumas era tener que caminar mucho antes o después de la carrera.

Todo por no preguntar.

Había uno que corría con traje y anunciaron que no podía clasificar.

Hubiese sido mi caso.

Pero el hombre del traje hoy será el único feliz, porque sufrirá menos la tapioca.

Les comenté a los pobres nadadores que el mar estaba infestado.

Me contestaron con tristeza que ya lo sabían.

También me dijeron que el nadador más rápido tarda media hora en completar la carrera y el más lento una.

Lo podría haber hecho tranquilamente.

O nerviosamente.

Pero este año estoy en otra cosa.

Soy la monje zen.

Estudio y practico mindfulness todo el día.

Ahora estoy leyendo Vivir con plenitud las crisis de Jon Kabat-Zinn.

 

Este hombre es un seguidor de mi maestro vietnamita, el monje Thich.

De hecho, el prólogo del libro está firmado por él.

Kabat-Zinn dice que El milagro del mindufness de Thich Nhat Hanh le cambió la vida.

Y tras realizar su propia práctica, pensó en cómo difundir el mindfulnes de manera laica, científica.

Como un apoyo para la medicina.

Kabat-Zin es phd del MIT, doctorado en medicina molecular.

Pero a mí me gusta más mi monje zen.

El Dr. Kabat-Zinn me asusta un poco.

Y es un poco latoso.

Aunque debería tranquilizarme.

Se la pasa mostrando evidencias de la efectividad del método descubierto hace 2500 años por el Buda.

A quien le da el status de un revolucionario, como, por ejemplo, Copérnico.

Dice que el Buda no era un religioso, sino un sanador, un investigador.

Además de libros, también hay miles de videos de mindfulnes.

Y sitios web.

Pero todo eso me asusta.

No me gusta verles las caras ni escuchar las voces a la gente.

Prefiero leerlos y así poder imaginarlos como más me guste.

Mientras tanto, sigo practicando con mucha aplicación.

A mí manera.

Que es la única posible para mí.

A veces me siento genial.

A veces me desanimo.

Pero no pienso abandonar.

Creo que es algo que seguiré mientras viva.

Trabajo muy en serio.

Creo que es lo único que me interesa en este momento.

Ser paz.

Traer alegría y sosiego a mi vida y a la de los demás.

Ser la monje zen.

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