Bitácora de la hija de Neptuno (123)

por Flavia de la Fuente

17 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 25 grados. Viento: O 24 km. Olas: 0,6 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 1h 5′.

Otro record de este verano.

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Y un record personal de Quintín.

Quien no recuerda haber nadado jamás una hora.

Y hoy nadó 1 h 5 minutos.

Hice la cuenta y es el 30,4% más que el record anterior, de 46 minutos.

A uno le queda resto para eso.

Recién se me dio por hacer otra cuenta.

Resulta que Santiago García corre fondos de hasta 32 km, según entendí.

Me parece que nunca entrena los 42 km del Maratón.

Se lo pregunté pero no me contestó,

Debe estar cansado de correr con este calor.

Se me dio por hacer la cuenta, y dio casi lo mismo.

Santiago, el día que corra en Los Angeles va a tener que correr el 31,25% más.

Y al parecer se puede.

Uno tiene resto para eso si está entrenado.

Les cuento cómo sucedió.

Salimos al Sur del muelle.

El mar estaba planchado.

Solo una rompiente prolija.

Con una olita que no asustaba a nadie

Y a nadar.

El agua tibia.

Como todos los días de este verano.

Casi demasiado tibia.

Durante media hora o más no sentí nada de frío.

Se suponía que debíamos nadar hacia el Norte.

El mar había empezado a crecer hace dos horas.

Pero, cuando nadamos hacia adentro, perpendicular a la playa, notamos que el mar nos había arrastrado hacia el Sur.

“Vayamos hacia allá”, sugerí.

Estaba bueno, porque además íbamos con las olas a favor.

Agua serena.

Transparente.

Sin tapioca ni peces.

Hoy sí que parecía una pileta.

Salada.

Pero tampoco demasiado.

Como íbamos contra la marea, tardamos como 40 minutos en llegar al Edén.

Quintín, como lo podrán adivinar, se puso a buscar la boya.

Nada por aquí.

Nada por allá.

La maldita boya parece que desapareció.

Este año, tenemos crisis de boyas.

Las tormentas parece que se cargaron las tres que teníamos.

Una pena.

Nos quedamos sin juego.

Pero creo que Quintín las seguirá buscando hasta el fin de los tiempos.

Y yo lo acompañaré.

Porque me despierta mucha simpatía ese gesto infantil.

Me gusta tener un marido niño.

Eso de buscar la boya me enfrió un poco el cuerpo.

“¿Y si volvemos a casa nadando?”, sugerí.

Yo pensaba hacerlo de cualquier modo.

Pero siempre me da más alegría hacerlo con el Osi.

Para mi sorpresa dijo que sí, que estaba para nadar más.

Y allá fuimos.

Avanzábamos mucho más rápido hacia el Norte.

Pero era más sufrido.

Sobre todo para Quintín, que siempre traga agua con las olas en contra.

Yo no tanto.

Una sola vez, hoy.

Debe ser porque casi no respiro.

Y Quintín lo hace cada dos brazadas, como debe ser.

Cuando volvíamos no sé, quizás yo respiraba cada 10 brazadas, o 12.

Eso sí que es meditar.

Una hora de natación es un control total de la respiración.

Y así quedamos.

Tranquilos y alegres.

Hoy no hubo caminata, pero chocamos las palmas cuando salimos.

Yo, muerta de frío y Quintín no.

Les di de comer a las nenas y las encerré.

Abrí el jardín y tomé sol en una silla con Solita.

Cuando mi piel no aguantó más me duché.

Y acá estamos.

Listos para iniciar otra jornada zen.

Bien relajados.

Yo me siento muy bien.

Espero que el Osi también.

Lo que creo es que este debe ser un límite.

Porque uno se tienta con el agua.

Y es probable que uno quiera nadar más.

El deporte es adictivo.

Un vecino y deportista, Humberto, llegó a nadar dos horas por día.

Es un ex deportista, un tipo duro y más grande que nosotros.

Pero se cansó.

Y ahora nada de vez en cuando, día por medio o menos.

Lo mismo le pasa cuando va a la pileta en invierno.

Va un día, se nada todo y al día siguiente no puede volver.

Necesita descansar.

Y empezó a hacer teorías sobre la energía limitada del hombre.

Que no hay que gastarla, que nacemos con una cantidad y que hay que dosificarla.

Porque cuando se acaba nos morimos.

Volviendo a nuestro caso, creo que 45 minutos de máximo está bien.

A no ser que un día haya peces de colores.

O que nos inspiremos y se nos dé por hacer una excursión.

O un ida y vuelta como hoy.

Pero tiene que ser espontáneo.

Y, definitivamente, nadar más que 1 h 5′ todos los días en el agua fría me parece demasiado.

Cada mañana, la idea de ir al agua me da ansiedad.

Todos los días sentimos la misma inquietud antes de ir a nadar.

Para mí es por el frío.

No es por el esfuerzo físico, en mi caso.

No sé cuál es el trauma de Quintín.

Tener que nadar todos los días 1 h 5′ sería una condena mental.

Si pasa, pasa.

Pero con 45 minutos estamos muy bien.

Y, de vez en cuando, una aventura.

Pero la verdad, es que hoy me siento genial con la hora y cinco minutos.

Voy a disfrutar de cada minuto del día.

Como también disfruté de nadar.

Acaba de aparecer el Osi y me dijo:

“¿Qué hacemos? ¿Suspendemos todo y nos vamos a dormir hasta mañana?”

Espero que no le haya hecho mal el esfuerzo.

Yo estoy feliz.

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (123)”

  1. GabrielaV Says:

    Bravo!!!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi. Por suerte, hoy llueve y hay mucho viento. ¡Gracias, Adolph!

    Besos

    F

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