Bitácora de la hija de Neptuno (122)

por Flavia de la Fuente

16 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: O 14 km. Olas: 0,4 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 43′.

Miro el reloj y son las 6.30 de la mañana.

solitaserasca

Hora de levantarse para la monje zen.

Respiro un ratito en la cama, me levanto, me lavo los dientes, la cara y las orejas.

Desayuno de manera consciente el té con galletitas.

Sin ansiedad por salir.

Disfruto del desayuno sin apuro, gozando del alimento.

Termino el desayuno.

Voy a la casita de al lado a soltar a Ella y Janis.

Para que puedan ir al jardín.

Hay pocas cosas tan tiernas como los perros durmiendo.

Haciendo fiaca.

Es a la única hora que puedo entrar a su casa sin que me salten.

Reina la modorra en el aire.

Las acaricio, les doy un besito a cada una, les abro la puerta y me voy.

Janis sale meneando la cola y Ella se queda un rato más en la cama.

Vuelvo a casa caminando de manera consciente.

Me espera Solita para ir a meditar.

La ensillo y salimos.

—————-

La playa estaba casi vacía.

Sin viento.

Sol radiante.

Cielo azul.

No me animé a caminar por los médanos.

Hacía mucho calor.

Solita corría y jugaba con otros perros callejeros.

Era divertido verla tan animada.

Yo, mientras tanto, intentaba controlar mi respiración.

Pero no dejaba de mirar a Soli.

En un momento dado pensé que así no podía ser.

Que Solita no me dejaba hacer mi práctica de atención plena.

La situación me fastidiaba, me ponía tensa.

No podía cumplir con mi práctica.

Pero, ni bien pensé eso, se me hizo la luz.

La atención plena en ese momento, era simplemente cuidar a Soli.

Estar con ella atenta y disfrutar del paseo que hacemos juntas.

El pequeño descubrimiento me dio un alivio tremendo.

Felicidad súbita.

Y finalmente pude a disfrutar relajada de la caminata matutina.

Hace como un mes que practico la caminata con Soli y recién hoy me doy cuenta de algo tan simple.

El presente es estar con la perra.

Contenta, volví a casa a eso de las 8 de la mañana.

El Osi estaba despierto y listo para hacer el desayuno.

No se lo dije, pero yo hoy no tenía ganas de ir a nadar.

Ayer no hicimos nada de deporte y la pasé bien

Leí mucho, trabajé en las tareas de la casa, me sentí muy serena.

Sentía que me violentaría en eso de meterme en el agua fría.

Y, para colmo, hacer deporte.

¿A quién se le ocurre?

Desayunamos apaciblemente y quedamos en ir a nadar una hora más tarde.

Antes de ir a la natación de hoy, les voy a contar sobre una extraña lesión que padeció Quintín.

Una tarde me dice muy preocupado:

“No puedo más. Tengo un dolor tremendo en el brazo derecho. Me parece que es de nadar contra olas tan grandes”, me dijo asustado.

“No puede ser. Nadie se lesiona por nadar”, le dije yo.

“O al menos es muy poco frecuente”, acoté.

Pero le dolía mucho de verdad.

Se tomó un Tafirol y le sugerí que fuéramos a la playa a caminar, que quizás eso lo aliviaba, o al menos, lo distraía mientras el remedio le hacía efecto.

Salimos de casa sombríos, pensando en que nunca más íbamos a poder nadar juntos.

Caminamos con Soli y Quintín por la playa a las 6 de la tarde rumbo al Sur.

Entre miles de personas jugando a la paleta, al fútbol y al tejo.

Y chicos gritando felices en el agua.

Quintín era la primera vez que veía la tarde en la playa.

El paisaje humano le pareció encantador.

Y la luz también.

El colorido.

“¡Qué distinto que es a la mañana!”, exclamó asombrado.

Tanta alegría y vitalidad.

A mí la playa atestada me aturde y me fastidia, pero yo voy casi todos los días.

Ibamos caminando, evitando que algún paletazo perdido nos rompa la cabeza cuando una idea vino a mi cabeza.

Resulta que nuestra amiga Cristina plantó en enero unos tomates cherry en un cantero muy alto al que yo no llego.

Le pedí, por favor, que no lo hiciera, por razones de altura.

Mido apenas más de un metro y medio.

Más ella insistió.

Es obstinada, Cristina.

Quintín, ilusionado con su jardín de tomates, aceptó la propuesta de la amiga jardinera.

“Yo los voy a regar”, dijo mi marido el glotón.

“Pero te voy a tener que hacer acordar todos los días”, repliqué fastidiada.

“Yo lo voy a llamar todos los días desde Buenos Aires”, respondió Cristina.

Bueno, la cuestión es que todos los días regábamos juntos el jardín.

A la noche.

Antes de ir a dormir.

Yo regaba todas las plantas y Quintín el cantero con tomates.

Que está muy alto.

Y hay que levantar más alto aún la regadera de 5 litros.

¡Eureka!

De ahí provenía la maldita lesión.

Quintín nunca en su vida había hecho un movimiento semejante y, para colmo, con peso.

Le comenté a Quintín mi hipótesis y me dijo que era un genio.

Nos reímos felices.

Nuestra natación ya no corría peligro.

Volvimos los tres contentos a casa.

Otro caso resuelto.

Nunca más se quejó de la lesión.

Nunca más regó los tomates cherry.

Igual no crecían.

Me parece que fracasó nuestra pequeña huerta.

————–

Volviendo al día de hoy, fuimos a la playa.

Bajo un sol ardiente.

Un día sin viento.

Un mar bajo y sereno.

Con una sola rompiente.

Hoy fui en bikini.

Y me costó meterme.

El agua estaba fría.

También me costó nadar.

Me acostumbré a nadar con sobretodo.

No es que me costara nadar, sino que tenía frío.

Y nadé muy fuerte para entrar en calor.

Nos metimos al Sur del muelle, en nuestro balneario.

Entramos como nada, pasamos la rompiente y nadamos hacia el Norte.

No era un nado agradable.

Era como una pileta fría, con olitas en contra.

Era como manejar en una calle empedrada.

Yo le suelo encontrar el encanto, jugando a volar por sobre las olitas.

Jugar a olvidar la molestia sintiéndome una atleta.

Pero hoy me falló.

No tenía fuerzas.

Hacía demasiado calor.

Nadaba con toda mi energía y no podía evitar pensar en el cansancio posterior.

¡Me iba del presente!

Mal.

Quizás eso me quitaba la alegría.

Pensar en el después.

Sin embargo, no dejé que mis pensamientos me acobardaran.

Le di duro igual.

Era eso, o el frío.

Otra cosa que me preocupaba era el Osi.

Estábamos por llegar al Balneario Norte y yo tenía ganas de seguir hasta las playas doradas.

Hoy se veía el paisaje con claridad.

Las arenas brillantes, donde se acaba la vegetación en los médanos.

O mejor dicho, se van acabando también los médanos.

Es bellísimo.

Le sugerí que saliéramos más allá.

Que nadáramos en diagonal a la costa.

Quintín tenía miedo de acalorarse mucho a la vuelta.

Y tenía razón.

Y ya habíamos nadado 40 minutos.

“Mejor salgamos”, le dije.

“Otro día vamos más allá”, agregué.

“Dale, como vos quieras. Yo puedo seguir nadando”, me dijo voluntarioso Quintín.

Pero yo decidí salir.

Es que yo vivo para cuidar al Osi.

El es mi segundo cuerpo en esta sangha de dos personas.

Y no sea cosa que se insole por un capricho.

Por no estar atenta.

El paisaje era increíble.

Aunque apenas habríamos pasado unos 300 metros el Balneario Norte.

Y empezamos el regreso a casa.

Caminamos un poco y ninguno de los dos estaba eufórico.

Los dos comentamos que estábamos cansados.

Nos empujaba hacia casa un viento Norte.

Y a mí el frío no se me pasaba.

Y sigo cansada.

No saben lo que me cuesta escribir.

Mejor me voy a descansar un rato.

Los monjes también deben reposar.

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