Bitácora de la hija de Neptuno (120)

por Flavia de la Fuente

12 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: ESE 27 km. Olas: 0,8 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 46′.

Estoy tan cansada que no sé si podré escribir mi bitácora.

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Es que hoy batimos otro record de natación marina, 46′.

Y en un mar muy turbulento.

Más que ayer.

Nos metimos al Sur del muelle, a la altura del Riazor.

Las olas se veían muy grandes desde la costa.

Y había varias rompientes.

Hablé con el guardavidas de nuestro balneario en busca de consejo y me dijo:

“No se metan acá. Vayan pasando el Riazor, que el agua en la canaleta los va a arrastrar rápido hasta el muelle.”

Más o menos le hicimos caso.

Hoy yo seguía pusilánime.

Tenía frío y un poco de aprensión a las olas.

Y Quintín seguía gritón.

No me gusta entrar así al mar.

Aunque, por suerte, es una mezcla de gritón y hombre galante.

Porque, cuando yo no hacía pie, me ofrecía su mano para ayudarme.

Lo de la mano me encanta.

Nada más agradable que un marido con modales de caballero.

Y fuerte como un roble.

Porque había que aguantar la caminata hasta la rompiente.

A mí me flaqueaban las piernas.

Quintín, en cambio, estaba firme frente a la marejada.

Ni bien nos empezamos a mojar mal, cambió el humor del equipo acuático.

Y empezamos a darnos gritos de advertencia.

Como dos chicos.

Eso era divertido.

“¡Cuidado! ¡Abajo!”, gritábamos cuando veíamos una ola gigante que estaba por romper en nuestras espaldas.

Fue duro pero alegre.

Pasar la última rompiente es un placer.

Aunque hoy, alguna ola me lo dejó a Quintín rezagado y lo tenía que esperar.

Lo que no era fácil.

Porque no quería volver para atrás, ni irme más adentro sola.

Tras todo el esfuerzo que me había costado pasar la barrera.

Pero al fin Quintín me alcanzó y seguimos nadando hacia adentro.

Mi idea era nadar todo para adentro y que la corriente nos llevara sola a pasar el muelle.

Pero Quintín no era partidario de mi ruta del día.

Como vi que estábamos lo suficientemente adentro para no chocarnos con el muelle, le di el gusto.

Metros más metros menos, es lo mismo.

Y me puse a nadar paralelo a la costa, como quería el Osi.

Las olas de hoy eran del Titanic.

Yo nadaba con fuerza pero no me podía alejar mucho de Quintín porque lo perdía de vista.

Las ondulaciones tan pronunciadas me escondían a mi marido.

Eso me perturbaba bastante, porque si algo no quiero es perderlo en el mar.

Así que la verdad es que hoy no nadé tranquila.

Cuando vamos hacia el Norte, yo nado a la izquierda de Quintín.

Para que él me vea cuando respira.

En un momento dado, paré para buscarlo y no lo veía por ningún lado.

Me asusté.

Y, de pronto, me avivé que quizás se había pasado del eje imaginario.

Qué alivio cuando lo vi.

No saben qué alegría reencontrarlo.

Habrá sido un minuto, o menos, pero qué susto que me pegué.

Mi marido nadaba como un deportista a mi izquierda, más cerca de la costa.

Corrí para alcanzarlo y seguimos nuestra marcha por las estribaciones del Atlántico Sur.

“¿Vamos hasta el Solmar?”, le pregunté.

“Sí, está buenísimo”, me contestó.

Esa respuesta tan categórica me dejó claro que no saldríamos hasta el Balneario Norte.

A un 1,5 km de casa.

O más.

Dependiendo de la suerte con la marea.

Y nos esperaba volver con viento en contra.

Y arena blanda.

La marea había llegado a la pleamar.

En fin, solo se trata de nadar, ahora.

Hay que disfrutar del presente.

Estar en el presente.

Después veremos.

Cualquier cosa vuelvo por los médanos, pensé para tranquilizarme.

Lo que me alegró la travesía fue el sol.

Fue como un milagro.

Tantas nubes y casi siempre brilló el sol.

Y mientras volvimos también.

Nadamos subiendo y bajando por el tobogán gigante.

Yo al final sentía cansancio en los brazos.

Se ve que nadé fuerte.

Pero me gusta así.

Quintín iba más relajado.

Seguro, tranquilo, disfrutando de la talasoterapia.

Llegó el momento de salir y estábamos bastante cerca de la costa.

Las olas eran algo serio.

Me dediqué a barrenar y a sonreírles a las muy malditas.

En el Balneario Norte hay una canaleta muy profunda justo en la orilla.

Yo no hago pie hasta que estoy casi en la playa.

Es cierto que apenas paso el metro y medio.

Una vez más, mi gentil caballero me dio la mano y me remolcó hasta la costa.

Un dulce este Quintín.

Mientras nadaba, toqué mucha tapioca.

El agua tibia, transparente, movida y con tapioca.

Un clásico de este verano.

La verdad es que no recuerdo el mar tan tibio todos los días.

Antes se alternaban días de aguas calientes y más frías.

Este año no.

Todos los días el mar está caliente.

“Tant mieux!”, les digo en francés.

Porque ahora en la playa todos los días hablo francés.

Resulta que el muelle está lleno de vendedores de Senegal.

Los veníamos viendo durante todo el verano.

A eso de las 18 o 19 hs, juegan todos juntos un partido de fútbol.

Son altos y muy negros.

Y simpáticos.

Con Quintín no nos dábamos cuenta de cuál era el idioma en el que hablaban.

No sonaba a una variante del francés.

Quizás algún dialecto africano.

Así que anteayer, vencí la timidez y les pregunté de qué país eran.

Muy simpáticos, nos dijeron que de Africa.

Tuve que insistir y me dijeron que de Senegal.

Respecto del idioma nos dijeron que hablaban wolof, un dialecto.

Leo en la Wikipedia que el francés es la lengua oficial de Senegal y el wolof la segunda.

Que corresponde a una etnia que constituye el 40% del Senegal.

Pero que el wolof no lo hablan solo los wolof, sino mucha gente más.

Bueno, la cuestión es que suena muy raro el wolof.

Les hablé en francés y se divirtieron.

Así que ahora, cada vez que paso por ahí les dedico una frase de saludo gala.

Pero volvamos al mar.

Habíamos salido del agua en el Balneario Norte.

Quintín me había dado una mano.

No saben lo cansada que estaba.

No tuve tiempo de empezar a quejarme cuando el Osi me comunicó que una tapioca le había picado el ojo.

Le miré y tenía el ojo todo rojo.

“No te frotes”, le pedí. “Es lo que dicen que hay que hacer”.

Pero al pobre le dolía y teníamos que caminar hasta casa casi dos kilómetros.

Me dio una pena tremenda.

¿Por qué nadará sin antiparras?

Es la única persona que no se protege los ojos para nadar.

Le dije que debía ponerse antiparras para la próxima.

Como se imaginarán, la respuesta fue un no rotundo.

Mi marido va al mar sin nada. Solo la malla y una llave con silbato en el bolsillo con cierre.

Sin antiparras, sin tapones para los oídos, sin gorra y sin torpedo.

Y, para colmo, va descalzo a la playa.

Este año se quemó un pie con un carbón ardiendo de los choripaneros.

Pero él insiste.

En cambio, yo uso todo.

Me faltaría usar patas de rana y manoplas.

Pero no me gusta.

Los guantes son para el invierno.

Quintín elige la ligereza.

Muy zen lo suyo.

Sin más trámites, él puede ir de casa al mar y volver.

Yo, en cambio, llevo una mochilita toda llena de cosas.

Tengo que dejarla en el muelle junto con mis ojotas.

Pero es un minuto más.

No crean que es mucho trámite hacer eso.

Por otra parte, es horrible nadar sin antiparras.

Varias veces lo hice porque me las olvidé.

Una vez fue en Mar del Plata, en 2015.

El agua estaba fría, era a principio de noviembre.

Sentía que se me salían los ojos.

Me dolían con el agua a 13 grados.

Pero nadé igual, aunque fue feo.

Y otras veces aunque fue menos dramático tampoco me gustó.

Me gusta tener los ojos abiertos abajo del agua.

Miro la nada o, en los días como hoy, veo mis brazos, mis manos.

Es lindo ver el sol a través del agua.

Los distintos colores del mar.

En fin, jamás lo voy a convencer de ponerse antiparras.

Y tampoco creo que se le meta una tapioca todos los días en los ojos.

Pero el maldito bicho nos arruinó la marcha triunfal a casa.

Que es uno de los momentos deliciosos del día.

Un poco por el cansancio y otro poco por la preocupación, se me hizo muy largo el regreso.

Quintín iba por el mar, hundiéndose en la arena.

Como me daba un poco de frío, yo preferí hundirme en la arena seca.

De a ratos tenía que trotar para alcanzar al Osi, que iba rápido.

Se lo notaba preocupado.

Cuando llegamos al muelle y vimos las olas que rompían con furia en los pilotes me dijo:

“Creo que nunca nos metimos en un mar tan bravo.”

“Puede ser”, le contesté.

“Cuando está así, yo me metía sola, sin torpedo y nadaba detrás de la primera rompiente, en la canaleta”, le contesté.

“Aunque ahora que lo pienso, sí lo hice con Geri el año pasado. Nos metimos las dos en una linda sudestada. Nos había dado coraje Diego, el guardavidas”, agregué

“Sí, me acuerdo”, respondió.

“Diego me dijo que pasara las rompientes, que después había solo agua”, recordé.

Y es así.

Pero hoy después de la rompiente había un lavarropas.

Mientras volvíamos a casa, todos los bañeros nos felicitaban levantando el pulgar.

Algunos nos preguntaron si estuvo bueno.

Quintín volvió a hablar y me dijo:

“Fue todo una aventura”.

Y sí, fue natación aventura.

Como el Osi hablaba y no de la tapioca supuse que estaba mejor.

“¿Estás mejor o me parece a mí?”, le pregunté.

“Sí, me molesta mucho menos”, me contestó.

Qué alegría.

Les juro que esto del ojo herido de Quintín me bajó toda las endorfinas.

Llegué a casa cansada.

Acalorada por la caminata pesada.

No tenía ni fuerzas para bañarme.

Les fui a dar de comer a Ella y a Janis con el traje de neoprene corto.

Y las encerré y me puse a tomar sol en el patio con Solita.

Más que tomar sol, necesitaba descansar.

Me habría quedado media hora tirada reposando.

Una hora.

No sé, un tiempo indefinido respirando en la silla.

Pero me dio miedo de insolarme.

Así que me fui a bañar.

Esperaba con expectativas el momento de secarme la cabeza con la toalla.

Frotarme el cuero cabelludo.

Eso que ayer me había hecho tanto bien.

Pero hoy no pasó nada.

Además, no tenía fuerzas para secarme con ahínco.

Quizás eso solo funcione cuando uno tiene mucho frío.

Misterios de los sensores.

Ayer frotarme el cuero cabelludo fue un viaje más.

Hoy la nada misma.

Y escribí tan en el presente que me olvidé del zen.

Hoy a la mañana me la pasé respirando.

Respiré con Solita a la mañana temprano.

Respiré en el agua para sonreírle a mi ira y al miedo.

A veces funciona.

A veces no.

Pero siempre ayuda.

Hoy después de la meditación caminando con Soli, nos sentamos las dos en un médano.

Necesitaba sentarme a respirar un poco más.

Todo bien.

Pasamos así unos 10 minutos, inspirando y exhalando y mirando el mar.

Yo estaba abstraída, en mi mundo.

De pronto, el mundo se transformó en la cara de Soli.

La muy traviesa se había aburrido y me acercó el hocico a la nariz.

No me tocó.

Solo que llenó todo el plano con su cara tan linda.

Me hizo reír.

Con mi carcajada, declaré terminada la meditación matutina.

Y ahora declaro terminada la bitácora.

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (120)”

  1. GabrielaV Says:

    Maravillosa!!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, lectora amiga!

    Besos de la hija de Neptuno

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