Ballenas, halcones, traductores

Publicada en Perfil el 12/2/17

por Quintín

Empecé la semana leyendo Leviatán, un libro sobre ballenas recomendado por Muñoz Molina, Sebald y Savater. Quinientas páginas frustrantes porque el autor Philip Hoare construye un mamotreto operístico en el estilo de la “no-ficción de calidad”. Así acumula historia, zoología, estudios literarios, corrección política y crónica de viajes al servicio de un relato de superación personal: un chico al que le daba miedo nadar y termina en el medio del océano mirando a los ojos a uno de esos bichos gigantescos. Hoare escribe “Quizás las ballenas me enseñen a vivir, como mi madre me enseñó a morir”, insigne cursilería precedida por una escena en la playa donde el autor le acaricia el pene a una ballena muerta (“flácido y parecido a un gusano”).

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Quedé un poco ahogado, pero como era la semana de la naturaleza, seguí con El peregrino de J. A. Baker. Resultó más corto y mucho mejor, una curiosidad literaria recién publicada por la rebautizada editorial Sigilo. Baker (1926-1987) es casi desconocido y escribió muy poco. The peregrine (1967) es un diario que condensa su observación de los halcones peregrinos que invernaban en el condado de Essex. Si la ballena es el mamífero más grande, el peregrino es el ave más veloz, una perfecta máquina de matar que liquida a sus presas en el aire o en el suelo y cuyo vuelo se compone de un repertorio sinfónico (esta cursilería es mía) de ascensiones vertiginosas, planeos elegantes y descensos asesinos. A diferencia del exhibicionista Hoare, Baker es de una discreción ejemplar y de una precisión maníaca, que llevan al lector a compartir el placer culpable por el sangriento espectáculo del halcón acechando y devorando a sus víctimas. El peregrino describe con maestría y callado lirismo las variaciones de un paisaje y un clima alejados del turismo, en el que la flora y la meteorología interactúan con el halcón y las aves viven aterrorizadas por su presencia.

La traducción de El peregrino es de Marcelo Cohen. Aunque el sello editorial es argentino, el léxico es más bien español: Cohen usa parasoles, binoculares y mecheros, llama “pico” al pájaro carpintero y algunos pasajes ornitológicos nos sumen en el misterio (“al modo de un agateador, un chochín escaló el tejado”). Por otra parte, los giros y la cadencia de la prosa no responden a los usos peninsulares, lo que me produjo una cierta perplejidad que aclaré recurriendo a un libro de Cohen que no había leído y trata el tema: Música prosaica (cuatro piezas sobre la traducción), publicado por Entropía en 2014. Resultó un gran ensayo, que merecería mucha más atención. Cohen habla de música, de literatura, de su vida y del oficio que aprendió en España y continuó practicando en la Argentina. La doble adscripción lingüística lo llevó de un rechazo inicial por todo lo que sonara como español de allá a una simétrica desconfianza por las actuales traducciones de acá, que pretenden independizarse de la metrópoli implantando el voseo. Como antídoto para el chauvinismo dialectal, Cohen propone una ampliación selectiva de la lengua a sus regionalismos, traducciones que mantengan la extrañeza de la lengua original, sirvan como oasis del castellano y le eviten al lector el aplanamiento que los medios y la industria editorial le imponen a la escritura.

Foto: Flavia de la Fuente

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14 comentarios to “Ballenas, halcones, traductores”

  1. Yupi Says:

    Poner orden en un idioma es como querer organizar el mar. Aporto mi grano de arena a la confusión general. Toda la vida hablé en argentino a los españoles, incluso en radio y tv, y siempre me entendieron perfectamente. Lo mismo por escrito salvo palabras concretas, como mechero; si escribimos “encendedor” un español se imaginará un señor cuyo oficio es encender algo. Pero no es una problema entre continentes, ocurre dentro de la misma península. Ayer le dije a una madrileña que venía caminando “chino chano” y me miró perpleja, no tenía la menor noticia de esa expresión aragonesa o catalana que se usaba años atrás. Para rematarla, los adolescentes madrileños dejaron de usar chaval o chavala y ahora dicen “pibe” y sobre todo “piba”, y para despedirse: “chau”, en vez del eterno “ta logo”. En resumidas cuentas (¿cuáles son esas cuentas resumidas?, preguntaba Borges), el idioma cambia todo el tiempo y se ajusta sobre la marcha. Hay un tono argentino, ¿pero cuál? Para mí es el de la provincia de Buenos Aires, de ningún modo el porteño arrabalero ni el emponchado del norte. Hay un tono español. ¿Será el campechano aragonés, el tremebundo de los catalanes o el mestizo de los madrileños? No lo sabe ni Cohen, que dedicó bastante tiempo a estas cuestiones. Copio aparte un recuerdo suyo sobre el tema.

  2. Yupi Says:

    “Un día, en el bar de la esquina de mi casa, iba a ponerme a conversar con un argentino que resultó ser el Osvaldo Lamborghini. Quiero hacer un homenaje a este escritor tremebundo. Por entonces leí La causa justa, donde, como se sabe, un japonés que vive en Argentina termina haciéndose el harakiri porque no puede sufrir que en vez de palabra de honor los argentinos tengan una chistografía, y me di cuenta de que la literatura aberrante de Lamborghini –como sólo quizá la de Puig— era la iluminación del carácter pornográfico de la política argentina, que a su vez era la manifestación de la mente argentina. Él era un hombre irascible y muy incorrecto. Una mañana de 1983 subió a mi casa, tocó el timbre, entró y sin pedir permiso pispeó mi máquina de escribir, donde mediaba una traducción del Fausto de Christopher Marlowe. “No lo vas a traducir al gallego, ¿no?”, me dijo, y discutió cómo podíamos colarle a la floreciente y jactanciosa industria editorial española las esquirlas subversivas de una literatura periférica. Me exigió que leyera Kafka, por una literatura menor, el libro de Deleuze, y que releyera con más cuidado algunos ensayos de Borges, sobre todo “Los traductores de las 1001 noches”. De esa manera psicopática pero efectiva, situó las tensiones de nuestro exilio en su meollo, la lengua, de donde para mí ya no iba a moverse, con lo que otras cuestiones se resolvieron casi de un plumazo. Incluso me beneficiaría a la larga de otro modo, creo que contra su voluntad. Porque ya entonces, aunque el temor reverencial me impidiera razonarlo a fondo, me pareció que entre la condena de Borges al prestigio de la identidad, a lo que él llama “la nadería de la personalidad”, y su afirmación férrea de las variantes locales, de las traducciones irreverentes ante los mandatos verbales del Occidente central, había una contradicción. Las políticas localistas del verbo quizá contribuyan a la independencia de las naciones periféricas; pero, como se vería a la larga, el hincapié en la singularidad nacional, religiosa o lingüística es catastrófico. Sólo que Borges, era de tontos no advertirlo, no patrocinaba una emisión anticolonial sino la recreación continua de la literatura, para sortear la trampa de este mundo ilusorio, mediante la transformación local de los giros heredados.”

  3. Maria C.Reiriz Says:

    Nunca una traducción nos dejará conforme del todo. Reconozco que hay algunas horribles. Pero todas tienen sus luces y sombras. En cuanto a Marcelo Cohen, más allá de sus teorías, valoro algunos resultados. Creo que es un traductor eficaz y confiable. Creo también que es un lector lucido y un excelente escritor, aunque, a veces me resulta un poco frio y no llega a conmover. Pero esto es una apreciación muy subjetiva,. Un saludo a todos.

  4. Hugo Abbati. Says:

    Ese mediocampo… Muñoz Molina, Sebald, Savater. No sé… Ocurre que Sebald murió en el 2001, y el libro de las ballenas salió en el 2009. Quizá el error provenga de que hay un tipo que tiene un blog dedicado al alemán, y en un artículo habla de este libro y su relación con la obra de Sebald. Es que me dio escalofrío ver a Winfried emparedado entre esos dos, y traté de confirmar el dato.

    Aquí el artículo.
    https://sebald.wordpress.com/2010/04/13/subfusc/

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Creo que Sebald elogió otro libro de Hoare. También leí que Hoare se consideraba discípulo de Sebald. Qué sé yo.

    Q

  6. editorialvilnius Says:

    Entiendo que, en las traducciones hechas por traductores argentinos (y que apenas circulan, escasamente, por unos pocos lugares; traducimos para ejercitarnos, para compartir algo, porque nos da gusto, y nada más), recurrir al voseo y a algunos sustantivos y adjetivos de uso corriente en Argentina es un acto bastante natural, y no necesariamente implica querer hacer fuerza por implantar algo o independizarse de otra cosa (un supuesto lenguaje central del que ni siquiera “dependemos” en ningún sentido).
    Saludos,
    Sebastián

  7. lalectoraprovisoria Says:

    No tengo nada contra el voseo. Solo quería exponer la curiosa teoría de Cohen, que me gustaría ver debatida con amplitud. Tal vez se haya hablado del tema, pero los documentos no están (creo) a mi alcance.

    Q

  8. Yupi Says:

    La busca de Cohen de su identidad me aburre por lo menos tres cuartos del tiempo, tiene esa mezcla inconfundible de hebreo perseguido por sí mismo y partido comunista que me hace gritar de impaciencia, pero suscribo con entusiasmo su teoría ampliada de la traducción. De momento propongo tres grandes expresiones españolas que deberían adoptarse sin más:
    -Que te folle un pez.
    -Que te la pique un pollo.
    -Al loro. (Estar al loro: estar atento)

  9. Siri Says:

    Ya que estamos, un Ulises con estas del NOA podrían ser un golazo:
    – Que se haga áca todo ya.
    – Ite.
    – Olor a gaya.

  10. Yupi Says:

    Olor a gaya es buena. Aceptada. Las veces que anduve por el norte invariablemente me pregunté, como una amiga porteña en el recital de Cosquín: “¿Qué hago acá? ¿Qué tengo que ver yo con estos emponchados?”. Sin embargo, de vez en cuando digo “a cococho”, que viene a significar a babuchas. Más razón para la teoría ampliada de Cohen.

  11. FedericoR Says:

    “A cococho” es precioso. Está, sin embargo, el riesgo de los uruguayismos, terminar escribiendo “Un refuerzo en La Pasiva”, el cuento que propuso Borges.

  12. Siri Says:

    “A cochocho” es genial, efectivamente. Recuerdo haber leído a babuchas en Rayuela, y comentándola con otros cumpas me di cuenta que es tan porteña que un provinciano la lee desde la fantasía de un lenguaje lejano (dirán mala traducción algunos). Los galgos de Sara Gallardo venía increíble hasta la mitad, cuando van para París: un bodrio “porteño” tremendo. Por suerte con Eisejuaz todo volvió a la normalidad. Vivo en el Abasto ahora, aclaro.

  13. Yupi Says:

    No creo. El estilo de Cortázar cuando escribe en porteño es el de alguien disfrazado de porteño para el carnaval. Es digamos un porteño de pandereta. Arlt era porteño; Fogwill era porteño. Borges era tan porteño que dio toda la vuelta y sólo se nota en el tono.

    Agrego sancochar. En la provincia de Buenos Aires, dejar la carne medio cruda o bien hervirla. Se usa más el participio, siempre con sentido negativo: “¡Pero mi amigo! Si no echa más brasas la carne le va salir sancochada”. Lo que me recuerda otra expresión ibérica para El Diccionario Cohen de traducción ampliada: “Le falta un hervor”, que es parecida, pero no igual, a la nuestra “le faltan cinco para el peso” (como por ejemplo a Gago, o a Erik Lamela).

  14. FedericoR Says:

    Mi abuela (oriunda de las tierras de Calfucurá) decía “le falta un golpe de horno”.

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