Bitácora de la hija de Neptuno (119)

por Flavia de la Fuente

10 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: ESE 19 km. Olas: 0,6 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 21′.

11 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: SE 22 km. Olas: 0,6 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 41′.

Qué bien sientan 41 minutos de natación en un mar turbulento.

surfer

Pensar que hoy a la mañana tenía miedo de las olas.

Y Quintín me gritaba:

“¿Cómo puede ser que tengas miedo del mar? ¡Lo único que faltaba!”

“Qué sé yo. Tengo miedo de las olas tan grandes. De irme contra el muelle”, respondía más asustada por los gritos.

Se ve que los dos estábamos nerviosos.

Porque una vez que pasamos la rompiente todo quedó en el olvido.

La amnesia marina.

Y nos convertimos en dos chicos nadando en el mar.

Solo nos importaba pensar hacia dónde nadar.

Braceamos unos minutos hacia adentro y creímos que el agua nos llevaba claramente hacia el Sur.

Nos habíamos metido a nadar al Sur del muelle.

Así que hacia allá fuimos.

Era una montaña rusa espectacular.

En pocos minutos fui presa de una euforia encantadora.

Cabalgué por olas maravillosas.

Y nadé rápido.

No aumenté la frecuencia de las brazadas.

Aumenté la fuerza.

Pero las brazadas eran largas.

Era un placer inmenso cada movimiento.

Levantaba la cabeza y me sentía en alta mar.

En el cielo casi todo el tiempo brillaba el sol.

El agua estaba tibia y transparente.

Cada tanto miraba a Quintín, que nadaba muy sereno.

Era la imagen de un naufragio.

Parecía una película catástrofe.

Un hombre luchando cara a cara con las olas.

Me hacía gracia mi pensamiento.

Aunque no me hacía gracia pensar que íbamos a tener que salir.

Y pasar la rompiente de nuevo.

Con el maldito torpedo.

Pero una y otra vez, cuando me venía ese pensamiento me llamaba al presente.

Y seguía disfrutando feliz de la vida.

Porque hay baños y baños.

Y este fue algo especial.

En un momento Quintín me preguntó: “¿Cuánto tiempo va? No avanzamos nada.”

“Sí, avanzamos, pero poco. Van 17 minutos, ¿querés salir?”, le pregunté.

Yo siempre tengo miedo de que mi marido se canse demasiado.

O de que chupe frío.

“No, sigamos”, me contestó.

Era un momento marítimo interesante.

La estoa, cuando el mar no sube ni baja.

Y se puede nadar en las dos direcciones.

El mar había empezado a bajar hacía una media hora.

Pero el oleaje y el viento iban en sentido contrario.

La lógica era nadar hacia el Sur, contra las olas.

Esto hacíamos.

Nadamos un rato más sin avanzar demasiado.

Yo no sé qué me pasaba.

Una felicidad inmensa me invadía.

Me gustaba todo.

Tragar agua.

Las olas.

Hasta las tapiocas.

De pronto, levanté la cabeza y me di cuenta de que íbamos a tardar mucho en llegar al Edén.

Y, además, que nos íbamos a morir de frío al salir.

“Qué te parece si volvemos a casa nadando, Osi?, le pregunté.

“Dale, vemos. Me parece difícil”, me contestó.

Así que dimos la vuelta y empezamos a nadar hacia el Norte.

Qué grato que era nadar con las olas a favor.

Dos nataciones distintas en el mismo día.

La gloria absoluta.

Pero fue demasiado corto.

En menos de lo que pensábamos llegamos al Fontainbleau.

Ahí había que empezar a salir o pasar detrás del muelle y salir antes del Aguila.

A mí me tentaba la gran aventura.

Pero podía ser larga.

El mar ya se estaba asentando en la bajada.

En algún momento la corriente se nos podía volver en contra.

Pero estaba tan eufórica que me animaba a todo.

“Y si damos la vuelta al muelle, Osi?”, insinué con timidez.

Por suerte, Quintín fue más sensato.

“No, salgamos acá”, me respondió sin dudarlo.

Así que empezamos la retirada.

Para mí, el momento más difícil.

Porque tengo miedo de las olas.

Así que me la paso mirando hacia atrás.

Y en un momento dado, me dedico a barrenar con el torpedo.

No pasó nada.

Las olas en la orilla fueron muy benignas.

Buenas olas.

Amigas.

Barrené y barrené y salí casi en el Riazor.

El Osi ya me esperaba parado en la orilla.

Mientras caminábamos, nos reímos de nuestra pequeña aventura.

Es encantadora la complicidad de los nadadores que logran salir del mar.

Hacía un frío tremendo.

Y me agarró una buena temblequera.

Temblé todo el tiempo hasta llegar a casa.

Y eso que tenía mi traje corto de verano.

Y en casa seguí temblando.

Decidí tomar un poco de sol para calentarme.

Y así lo hice.

Noté que ya hay mucho menos sol en el patio que en enero.

Que ya cambió la curva solar.

Que apenas pasa por encima de la obra de al lado.

La mitad del patio estaba en sombra.

Se acaba el verano.

Estamos justo en la mitad.

La luz ya es otra.

Ni bien dejé de temblar, me fui a la ducha.

También me encantó bañarme.

Y lo mejor fue frotarme el cuero cabelludo con la toalla.

No quería dejar de hacerlo.

Nunca me había pasado eso.

Y eso que lo hago todos los días para secarme el pelo.

Una sensación nueva.

Es un momento similar al de lavarse los dientes o lavarse la cara a la mañana.

Un estimulante despertar.

¿Será la meditación zen?

Lo cierto es que cuando uno está en el mar el presente se impone.

Y después, si uno tiembla, también.

Uno no piensa más que en temblar.

En tener calor, a lo sumo.

Los nervios y las angustias quedan en el olvido.

Yo me entrego al temblequeo.

Le sonrío al frío.

Sé que va a pasar.

Y después de todo eso, quedan las endorfinas, que duran unas horitas.

Hace unos días que a Quintín lo mimo con un super segundo desayuno.

Le preparo un plato con lo siguiente:

Una feta de jamón crudo, trocitos de gruyère, frutas secas, uvas rosadas frescas, 3 criollitas y un trozo de bizcochuelo.

A veces lo come conmigo, pero cuando está mirando la Premier League lo come en la cama.

Creo que es lo que más le gusta en la vida.

El segundo desayuno, después de nadar y mirando el fútbol.

Y a mí me encanta preparárselo.

Lo hago con calma, amor y alegría.

Y le sirvo el té cuantas veces quiera.

Me siento una geisha feliz.

Quizás esto ya lo conté.

No lo recuerdo.

Pero, sea como sea, no pienso mirar atrás.

No releo mis bitácoras.

Dejarían de ser parte de la práctica zen.

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (119)”

  1. GabrielaV Says:

    Hermosa!!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi! Te esperamos para seguir nadando.

    Besos

    F

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