Bitácora de la hija de Neptuno (118)

por Flavia de la Fuente

9 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: NNE 29 km. Olas: 0,9 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 35′.

Un hocico frío y húmedo me despertó a las 6 de la mañana.

castillo

Parece que la monje zen Solita deseaba con ansia ver la salida del sol.

Aunque ella es muy delicada.

No viene y me lame toda la cara.

Apenas me toca con su nariz en la mejilla.

No sé de dónde sacó esos modales tan exquisitos.

Nosotros nunca logramos enseñarle nada.

Vino así al mundo.

Una perrita refinada.

Con mucha pereza, me levanté y la abrí la puerta del jardín.

Y enseguida volví a la cama.

Aunque antes de acostarme de nuevo, alcancé a ver la primera luz del día.

Y sentí también el fresco de la mañana cuando me asomé al jardín.

Era hermoso.

Pero había un viento endemoniado.

Si hubiese sido una mañana calma, habría ido con Soli a ver la salida del sol.

Les cuento que la perra hizo casi lo mismo que yo.

Salió, dio un para de vueltas, supongo, y volvió a ovillarse sobre el almohadón que está al lado de mi cama.

Pero a las siete y media me desperté.

Y vi la carita de Soli que me miraba demandante, de pie, al lado mío.

Ella quiere que me levante para que la lleve a pasear.

Sonreí.

Me desperecé, elongué los brazos, respiré e inspiré unas cuantas veces y me levanté.

Lavado zen de los dientes y de la cara, las orejas y detrás de las orejas.

Un té Assam, dos vasos de agua y una tres galletitas de lino fue mi primer desayuno.

Tranquila, la mañana es muy serena en San Clemente, fui a abrirles la puerta del jardín a Ella y a Janis.

Las saludé con cariño, les canté el buenos días, pero ellas ni me miraron.

Lo único que querían era salir a potrear.

Volví a casa, ensillé a Soli y partimos a hacer la meditación caminando.

Aunque ya eran las 8.20 de la mañana, el aire de la playa todavía era suave.

Y había poca gente.

Todavía se disfrutaba de la calma matutina.

Antes de que la playa se convierta en un balneario.

Caminamos por los médanos hacia el Sur.

Yo le sonreí a todo lo que pude.

Al sol, al mar, y sobre todo, a la tremenda Solita.

Hoy corrió, subió y bajó médanos y se peleó con un perro hasta que ambos quedaron exhaustos.

Cuando vi que, cansada de correr, su interés era solo buscar basura, la até y continuamos nuestra marcha juntas hasta el Edén.

Volvimos con el viento en contra.

Qué agresivo que es a la mañana.

Aunque hacían 21 grados, me daba frío.

En un momento, Soli me miró implorante y me di cuenta de que quería ir al mar.

La solté y se dio un buen chapuzón.

Necesitaba refrescarse después de tanto ejercicio.

Cuando salió, se sacudió y siguió buscando basura.

La perseguí durante 5 minutos hasta que logré atarla de nuevo.

En el camino vimos el castillo de arena más sofisticado de todos los que vi en estos 12 años de deambular por la playa.

Me hizo acordar a The Sand Castle de Jerome Hill.

Una hermosa película del cine americano independiente de los 70.

Dejamos el castillo y seguimos nuestro paseo lentamente.

Inhalando y exhalando.

Y sin darnos cuenta llegamos de vuelta a casa.

Quintín dormía.

No lo quise despertar.

Para mí el sueño es algo sagrado.

Especialmente el de mi marido, que siempre está cansado.

A eso de las 9.30 apareció en pijama y con cara de dormido.

Casi sin hablar ni mirarme, preparó el segundo desayuno.

Que es la mejor comida del día.

El pan con tomate con aceites de oliva españoles o nacionales buenos y sal Maldon es una maravilla.

El primer mordisco me despierta.

No sé. Tiene algo muy energizante.

El sabor es una delicia

Eso debe dar endorfinas.

Trato de comer en silencio.

Pero si Quintín me habla le hablo.

Y, a veces, hablo yo.

Trato de concentrarme en la comida.

Mastico lentamente, saboreo el manjar catalán.

Siento el aroma del té.

Eso del silencio está bueno.

Hay que hablar menos.

Una anécdota ridícula.

El maestro Thicht dice que cuando uno medita caminando o sentado, goza más de los sentidos.

Por ejemplo, que se empieza a percibir más claramente el canto de los pájaros.

Hallábame en la cocina, que da a una plaza con muchos pájaros y, efectivamente, empecé a oír un trinar espectacular.

Me sentí eufórica por mi logro.

Pero, aunque me dé vergüenza decirlo, los pajaritos no eran aves, sino que se trataba de la alarma de un coche.

“Ya llegarán los trinos auténticos”, pensé cuando me di cuenta de la situación.

Igualmente, debo decir que disfruté de la alarma del coche cantor.

Hoy el plan era ir a nadar una hora después del desayuno.

Pero Quintín no se aguantaba a sí mismo.

Estaba nervioso.

No quería bajar de su torre.

No quería ir al mar.

No, no, no.

Todo era no.

“Esperame 15”, decía.

Pasaban los 15 y nada.

“Esperame 5”, insistía.

No había caso.

No arrancaba.

Le pregunté si hoy quería descansar.

Le recordé que no era obligatorio ir a nadar.

Que no es un trabajo.

Pero me contestó que sí quería, porque sabe que le hace bien.

Lo de siempre.

Finalmente, arrancamos e hicimos lo mismo que ayer.

Aunque el mar estaba hoy más picado.

Yo sigo nadando con traje, me da frío el viento.

Seguimos sin encontrar la boya.

Hoy pasamos tres minutos buscándola sin tener éxito.

Pero como habíamos llegado muy rápido al Edén, Quintín me dijo que siguiéramos.

Por él habríamos nadado 10 minutos más.

Y por mí parte, al menos media hora más, seguro.

Pero yo me sentía responsable de la salud de mi Osi.

Hoy tenía que escribir una nota.

Y nadar en el mar turbulento cansa.

Y volver caminando rápido dos kilómetros por la arena también.

Así que salimos a 500 metros al Sur del Edén.

Ahí hay unas olas tremendas.

Los surfers siempre eligen ese lugar para entrenar.

Logramos que no nos rompiera la espalda ninguna y salimos sanos y salvos a la playa.

Mientras caminábamos, contentos como siempre, el Osi me dijo:

“Hoy no corriste. Nadaste tranquila”.

“Sí, no tenía ganas. Con las sacudidas del mar tenía suficiente.”, le respondí.

No sé por qué hoy no quería correr.

Tal vez estuviera cansada.

No había dormido bien.

Me daba placer bracear al ritmo de Masters of War.

 

Cada día es distinto.

Pueden ser diferencias mínimas, pero son todos diferentes.

Uno no es el mismo.

El viento tampoco.

El mar cambia de color, de temperatura, de oleaje.

En fin, un océano de diferencias.

Lo único que me molestaba hoy mientras nadaba era que se nublara.

Me bajaba la energía.

Todo se veía gris.

Triste.

En cambio, cada vez que salía el sol, el mar volvía a ser transparente y verdoso.

Y el cielo azul.

Alegría.

Hoy le voy a dar un descanso a las lecturas zen, si es que puedo.

Porque estoy adicta.

Quiero seguir con Stifter y Verano tardío, y terminarlo antes de que se termine el verano, que está avanzando a toda velocidad.

Pero sigo firme con la práctica zen.

Respiren, amigos.

Inhalen y exhalen de manera consciente.

Hace bien.

No se lo pierdan.

Cariños de la monje zen.

Espero haberles sacado al menos una leve sonrisa.

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