Bitácora de la hija de Neptuno (117)

por Flavia de la Fuente

8 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: NNE 29 km. Olas: 0,8 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 35′.

Como dice Santiago García: “Todos los días, con o sin lluvia, hay que ir a correr.”

soliylasdurantas

En nuestro caso, sería ir a nadar.

Hoy no se trataba de la lluvia, sino del viento.

Fui a hacer la caminata/meditación con Solita a eso de las 9.30 de la mañana.

Era un día horripilante.

Un viento agresivo del NE imbancable.

De a ratos, las nubes tapaban el sol.

Tenía frío.

Hacían unos 18 grados.

Y eso que iba vestida con shorts y una camperita, ambos Nike, para seguir con el estilo Gurrumín.

Caminé sintiendo la arena en los pies.

Llené y vacié cientos o miles de veces mis pulmones.

Traté de disfrutar de respirar.

Miré los perros, el mar.

Respiré mucho.

También le sonreí a mi sufrimiento.

Y a mi malestar.

Le sonreí también al mar, a la gente amable que juega con Soli.

Pero la incomodidad persistía.

Me sentía mal.

Había leído algo en Facebook que me cayó mal.

Sentía náuseas.

No sabía si era solo lo que había leído.

O si estaba enferma.

En todo caso, el día no ayudaba.

En fin, que comencé el día con mi práctica zen.

Pero llegué a casa hecha un pollito mojado.

Pensaba en el Osi volviendo con el torso desnudo con ese viento frío y me daba pena.

Ni bien abrí la puerta, Quintín me dijo desde arriba:

“¿Y? ¿Vamos a nadar?”

“Dame un ratito”, le dije. “Está horripilante y no me siento bien.”

Les di de comer a Ella y a Janis, les limpié la casita y, cuando volví, decidí tomarme la fiebre para ver qué me pasaba.

La náusea seguía, pero tenía hambre.

Y no tenía fiebre.

Tenía 35,7.

Soy un pescado.

Como el termómetro es mi límite, dije:

“Vamos a nadar. Pero poco. Hoy no estoy bien y el mar está muy picado. Me va a hacer mal al estómago.”

“OK”, me dijo el Osi. “Yo tengo mucho trabajo. Damos la vuelta al muelle y nada más.”

Y allí fuimos.

El viento seguía horrible.

El mar revuelto.

Yo me puse mi traje de triatlón, así que no tenía frío.

Pero Quintín sí.

Así que se tiró casi de una al agua.

Y yo lo seguí.

El mar estaba bajísimo.

Y había muchas olas.

Nadamos un poco y, de pronto, vimos olas grandes que rompían frente a nosotros.

Pero hacíamos pie.

Era un banco de arena.

Divertidos, pasamos la rompiente caminando y nadando.

Una vez en el mar más calmo, es una manera de decir, porque hoy era una batidora, dirigimos nuestra travesía hacia el Sur.

Nos habíamos metido al Norte del muelle.

Y la idea era salir en el Riazor.

Nadar 10, 15 minutos.

Pero el agua nos sedujo otra vez.

Estaba tan hermosa.

Las olas nos acariciaban el alma.

Me hacían reír.

Nadé rápido, nadé lento.

Hice muchas variaciones de ritmo.

Quintín nadaba sereno.

En un momento, me preguntó cuánto habíamos nadado.

Le contesté que 17 minutos.

“Sigamos”, me dijo. “Está muy lindo.”

Y así, subiendo y bajando llegamos al Edén.

Al lugar de la boya.

Pero hoy no la encontrábamos.

O se la llevó la tormenta o no la veíamos por el mar picado.

Quintín es tremendo.

Es capaz de morir de hipotermia con tal de avistar la boya.

A él le encanta buscar cosas.

No sé si le encanta, pero no puede evitar la obsesión de buscar.

Y yo soy impaciente.

Derrotista.

Me da angustia tanto ahínco en la búsqueda.

Me agobia saber que Quintín puede buscar algo todo el día sin parar.

El Osi quería que viéramos la boya, pero no había forma.

Esa búsqueda en particular me divierte.

Me hace sonreír.

Porque es algo infantil y juguetón.

Nos quedamos un rato buscando.

Yo me saqué las antiparras empañadas y me apoyé en el torpedo para ver mejor.

Pero no había caso.

Nada por ningún lado.

Cuando me convencí de que no la encontraríamos, le dije que nos íbamos a morir de frío.

Que esta vez nos quedamos sin la sortija.

En realidad, yo tenía miedo por mi marido que nada en shorts.

Yo estaba bien abrigada con mi traje.

Pero conozco al obstinado Quintín.

No quería volver a casa sin haber tocado la boya celeste.

Por suerte, aflojó y decidimos volver a la costa.

Salimos eufóricos.

El viento frío ya no lo era tanto.

Brillaba el sol.

Y caminamos rapidísimo el kilómetro de vuelta a casa.

Fue maravilloso.

Y pensar que casi no voy.

Que casi me quedo todo el día en casa sintiéndome enferma.

Cuando, en realidad, no tenía nada.

Más bien era un titán asustado.

Una vez mi amiga Gabi me dijo que yo tenía los músculos de Schwarzenegger y el cerebro de Woody Allen.

Estábamos en un gimnasio haciendo pesas.

Hace como 15 años

Y algo de eso hay.

Lo que me sigue asombrando es la amnesia.

¿Por qué uno se olvida todos los días de qué bien que hace ir a nadar?

¿Por qué nos resistimos?

Porque a todos nos pasa lo mismo.

Sentimos un ligero nerviosismo.

O pereza.

Es como si el cuerpo no memorizara la felicidad.

Hay que recordársela cada día.

Yo sé que me hace bien ir a nadar.

Pero mi cuerpo se resiste.

Todos los días es la misma pelea.

Es un poco tedioso.

Las peleas me cansan.

Me gustaría que mi cuerpo se callara.

Que me dejara ir a nadar en paz.

Perdonen, queridos amigos, pero acá vino Soli a pedirme su comida.

Hasta la próxima.

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