Bitácora de la hija de Neptuno (116)

por Flavia de la Fuente

7 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 18 grados. Viento: SO 12 km. Olas: 0,6 m. Nublado. Marea bajando. Tiempo de natación: 33′.

Ando con el alma convulsionada.

rosachina-hoy

Subí el link a la nota de Quintín sobre el cierre de El Amante a LLP.

Me puse triste.

Es fuerte publicar la necrológica de nuestra propia revista.

Es enterrar una de la épocas más intensa de nuestra vida.

Eramos muy jóvenes y tenaces.

Aunque, si me pongo a pensar, el Bafici fue igual.

Porque con Quintín somos dos locos obsesivos.

Y La lectora también fue una pasión.

Vivíamos on line.

Era tremendo.

En fin, que cada etapa tuvo lo suyo.

Pero la de El Amante fue la aventura más larga.

La más novedosa.

Y, sobre todo, la primera que emprendimos Quintín y yo juntos.

A mí me da tanta impresión que haya cerrado El Amante que no me animé a comentárselo a mi vieja.

Porque tanto mis viejos como Luisa, la mamá de Quintín, fueron sostenes fundamentales de la revista.

Sin ellos no habría existido.

O habría salido 5 números.

Así de simple.

Ellos pusieron la plata que nosotros nunca supimos ganar.

Solo sabíamos sacar cada mes la revista que nosotros queríamos leer.

Ese era el desafío.

Ese era el slogan.

Y nos peleábamos a muerte por cada sumario.

Y comentábamos cada nota.

Eran tiempos violentos de discusiones cinematográficas.

Y trabajábamos como bestias.

Recuerdo un cierre épico, el número especial que hicimos para el primer Bafici.

Fueron 10 días continuados.

De escaso sueño y trabajo intenso.

Una locura total.

Hugo Salas hacía unos collages fotográficos para la portada de cada sección.

Quintín escribió media revista.

Brodersen y D’Espósito corregían, porque Gabi estaba en Europa.

El Gurrumín, como siempre, hacía chistes.

Noriega no estaba tampoco, no recuerdo por qué.

Castagna y el viejo García se quedaron, también como siempre, hasta el final, para verificar que no faltara nada.

Fue maravilloso.

Y el resultado fue un número ejemplar.

Pero dejemos a la extinta revista, no hay que habitar en el pasado.

Volvamos pronto al presente.

La melancolía acecha tenebrosa.

Ya vertí unas cuantas lágrimas cuando subí la nota a Facebook.

Me pegó la palabra que yo misma escribí: “Necrológica”.

——

Breve pausa para hacer un paseo por el jardín que está hermoso después de la tormenta.

Un paseo de meditación.

Respiro concentrada, mientras algunos pensamientos vienen a mi cabeza.

Me asombro por la belleza de las flores.

Me hacen sonreír.

Sonreír es parte de la práctica zen.

Inspirar, exhalar y sonreír.

Dicen que relaja todos los músculos de la cara.

Y que hace bien.

Que hay que pensar en las flores, en el cielo azul y en los ojos de los niños.

A mí me hace sonreír Solita.

Y también el resto de los perros en la playa.

Son muy graciosos.

Pasan tres caniches.

Sonrío.

Pasa un salchicha.

Otra sonrisa.

Un bulldog todo arrugado.

Es un desfile hilarante.

A los nenes los veo a todos parecidos.

Debe ser porque los veo de lejos, jugando con la arena o en el mar.

No pude mirarle los ojos a ninguno.

Recién le saqué varias fotos a Solita entre las durantas.

Que están en flor.

Y pronto desaparecerán.

También estuve observando la lantana.

Es un arbusto grande, que pasa de estar cargado de flores a tener unos frutos en forma de pelotitas verdes o moradas.

Me di cuenta de que nunca me fijé de dónde salen las flores.

Y hace años que tengo esa planta.

Hoy me preguntaba si las pelotitas moradas serán los pimpollos que están por florecer.

Mañana continuaré con la observación.

Como verán sigo con el zen a todo vapor.

Confieso que es lo único que me interesa.

Ayer leí otro libro del maestro Thich.

Son todos iguales, pero me hacen bien.

Aunque no lo crean, me bajó el ritmo cardíaco de tanto meditar.

Tuve que bajar la dosis de mi remedio para la taquicardia.

Porque tenía menos de 60 pulsaciones.

Es una experiencia seria esto de la meditación.

Como quiero entender más, lo único que quiero es leer y estar con el maestro zen.

Anoche, me puse a leer unas charlas de Krishnamurti.

Pero me parecieron muy oscuras, al menos los fragmentos que había seleccionado el compilador.

Me quedo toda la vida con la simpleza de mi maestro vietnamita.

La idea de la rutina zen, de simplemente caminar y respirar de manera consciente y de no irse del presente, es fácil y poderosa.

La idea de sembrar la paz a partir de uno mismo.

De no obligar a nadie.

Solamente ser paz.

Estoy tan concentrada en mis estudios de meditación que hoy no quería ir a nadar.

Me resultaba violento.

Quería respirar, pero fuera del agua.

No me quería cansar.

Quería tener tiempo para estudiar.

Tengo un problema.

No encuentro un rincón en casa para meditar.

El jardín está buenísimo.

Pero si llueve o hace mucho frío, no sirve.

Tengo que seguir buscando.

Quizás convierta la casita de Ella y Janis en mi sala de meditación.

Aunque es un poco sucia y hedionda.

Y se supone que debe ser un sitio agradable y limpio.

Ya lo encontraré.

Mientras tanto, medito caminando.

Siento la arena en mis pies, miro el cielo azul, a Solita que corre, respiro y sonrío.

Pero esto es una bitácora de natación.

Aunque ahora viró a una bitácora de natación zen.

Hoy fuimos con Quintín a nadar a eso de las 10.30 de la mañana.

Estaba fresco.

Yo me puse mi traje de triatlón, por suerte.

El agua también estaba más fría que los últimos días, aunque las tablas digan que está igual.

El frío me gustó.

Me dio energía.

Pese a que la marea estaba bajando, nadamos hacia el Norte, contra la corriente.

Era una corriente suave.

Inexistente.

Nadamos desde el Riazor, el segundo balneario al Norte del muelle, hasta el Solmar.

Quintín se lo tomó con calma y yo le di duro.

Pero me gustó que Quintín no se esforzara por alcanzarme.

No le hace bien cambiar el ritmo.

La gracia de la natación está en no cansarse.

A mí, no sé por qué, me gusta jugar a correr de a ratos.

Me da sensación de vigor.

De juventud.

Alegría.

Pero si lo obligo a Quintín a seguirme, me hace sentir mal.

Yo voy y vengo.

Nunca me olvido de mi marido.

En el Solmar decidimos salir.

Hacía un frío tremendo.

Pero con la caminata y el sol entramos en calor.

Los dos quedamos cansados.

Ducha breve, tibia y segundo desayuno.

Ahora Quintín me pide una comida especial.

Le preparo un plato con jamón crudo, queso gruyère, 3 Criollitas, pasas de uvas, nueces, almendras y hoy le agregué un racimo de uvas.

Y tomamos varias tazas de Oolong cada uno.

Dicen que lo más importante para recuperar el calor es frotarse bien el cuerpo, abrigarse y tomar bebidas calientes.

Es todo amigos.

Es hora de que siga estudiando zen.

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