Bitácora de la hija de Neptuno (114)

por Flavia de la Fuente

2 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: S 23 km. Olas: 0,6 m. Nublado. Marea subiendo. Tiempo de natación: 26′.

3 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: ESE 14 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 34′.

4 de febrero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: ENE 12 km. Olas: 0,4 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 40′.

Tres días de travesías deliciosas.

solitayyo-bit-114

Pero sin tiempo ni energía para escribir.

Hoy ya me siento recuperada y con ganas de escribir.

Se fueron todas las visitas y nos quedamos solos.

El último vestigio de los amigos es el apple crumble que hizo Geri, que hoy lo liquidaremos.

Una cosa que me tiene bloqueada es la carrera de 3000 metros del 14 de febrero.

Me la paso deshojando la margarita.

Muchos me dicen que me juegue.

Quintín piensa que mejor lo hacemos juntos el año próximo.

Que estaría bueno correrla habiendo ya nadado con comodidad 3000 metros.

Yo no lo sé.

A mí me tienta.

Pero también me da aprensión.

La idea de estar con mucha gente excitada por la carrera.

Y yo sola.

Sí, con Geri lo hubiese hecho.

Pero sin Quintín ni Geri se me complica.

Me parece que voy a empezar a ser Santiago García el año que viene.

Lo que sí quiero hacer es nadar 3000 metros algún día con Quintín.

Es que lo podemos hacer tranquilamente.

El tiene miedo del cansancio.

Yo no.

Porque nadando no me canso nunca.

El problema puede ser después.

Nada que una buena siesta no repare.

Hoy, por ejemplo, nos metimos en el agua tibia a 100 metros al Sur del muelle.

Nadamos cinco minutos hacia adentro y giramos con rumbo Norte.

Yo no me podía mover.

Era un día pesado.

Había llegando gateando a la playa.

Y sin aire.

Empezamos a bracear y Quintín iba adelante.

Yo estoy acostumbrada a buscarlo atrás, pero hoy siempre estaba un poco más adelante.

Pero yo no me quería esforzar.

Nadaba como quien camina con lentitud.

Sin premura.

A mi ritmo.

Respiraba cada 4 o 6 brazadas.

Ni siquiera me sobraba el aire.

Pero, como me suele suceder, al cabo de 20 minutos, me empiezo a sentir mejor.

Llega el vigor.

Me sobra el aire.

Puedo respirar cada 12 brazadas si así lo quiero.

Me convierto en un pez.

Puedo nadar toda la eternidad.

Y, sin querer, lo empiezo a dejar atrás a Quintín.

Pero nunca lo olvido.

Voy y vengo para que no se me pierda de vista.

El mar está caliente, casi sopa, a 23 grados, al borde de lo tolerable.

Yo soy un pez de aguas frías.

Este caldo a 23 o 24 grados tarda en vivificarme.

Extraño los golpes de frío del invierno.

Esa inyección de adrenalina maravillosa.

Ahora, tardo en reaccionar.

Creo que eso me hace arrancar tan lento.

No es que no pueda, no quiero forzar la máquina.

Porque nadamos por placer.

No me quiero lesionar.

Ni cansar demasiado.

Pero, pasada la media hora, solo puedo pensar en seguir nadando.

Hoy llegamos al Solmar y vi que había una nueva boya.

Con una bandera roja y negra.

“Osi, mirá. Otra boya. ?Vamos a tocarla?”, no sé para qué le pregunté, si ya conozco la respuesta.

El Osi es un niño juguetón.

Las boyas lo pueden.

Aunque esta vez, lo nuestro no fue nada glorioso.

Estábamos a pocos metros y la corriente era suave.

Nadé hacia la boya y me aferré al mástil.

Quintín venía detrás y, para que no se pasara de largo, le dije que se agarrara de mi pierna.

Así que hoy los dos tocamos la boya.

Dimos las hurras y seguimos nadando.

Mi sueño era seguir más allá del Balneario Norte.

Yo nadaba cada vez más rápido.

No porque quisiera apurarme.

Me sale así.

Se me abren los pulmones.

Los brazos se mueven solos.

Es una bendición.

Estado de plenitud.

Soy un delfín.

Fuerte como una montaña.

Me siento una diosa del mar.

Tengo oxígeno para regalar.

Soy infatigable.

Pero a Quintín le pasa lo opuesto.

El me decía que cuando arranca se siente fenómeno.

Y que me puede seguir el ritmo.

Durante un largo trecho nadamos a la par.

Pero, cuando yo me empiezo a alejar, algo le pasa.

Cree que es algo psicológico.

Como yo voy más rápido, él se empieza a exigir para nadar a mi lado.

Y se agita.

Y sufre.

Lo único que quiere es llegar a la meta.

Y no lo puede controlar.

Yo le insisto en que no se preocupe.

Que nade a su ritmo.

Que yo voy y vengo.

Pero me dice que cuando pasa eso, ya no sabe cuál es su ritmo.

Yo creo, es una hipótesis bastante probable, que a Quintín le pase eso porque está menos entrenado que yo.

30 minutos braceando fuerte pueden cansar.

Y 40 todavía más.

A no ser que ya uno sea un pez como yo.

Pero yo nado todo el año.

Y Quintín empezó en diciembre.

Creo que el Osi siente el famoso muro a los 30 minutos de nado.

Ahí se quiere bajar.

Creo que puede ser algo mental.

Quizás franqueándolo, relajado, podríamos seguir y seguir.

Y llegar hasta Punta Rasa, casi.

Sería hermoso.

No tanto como Punta Rasa porque hay que volver caminando 8 km bajo el sol.

Pero sí unas 10 cuadras más, lo que haría la famosa distancia de 3000 metros.

Y nos iríamos entrenando para la carrera de 2018.

Sueño con caminar por las playas desiertas con el Osi.

Volver caminando juntos, felices por la playa virgen.

Quizás logremos hacerlo algún día.

Aunque sea para probar.

Pero sin sufrir.

A mí lo que más me gusta en el mundo es nadar con Quintín.

Hoy cuando salíamos del mar, dos hombres que estaban en un kayak, nos felicitaron.

“Qué bien que nadan. Con qué seguridad. Es admirable”, nos dijeron.

“Es que nadamos todos los días hace años”, respondimos orgullosos.

Radiantes, seguimos nuestra caminata rumbo al muelle hablando de natación.

Quintín me contó que ayer estuvo leyendo un libro muy interesante sobre ballenas.

Y hoy yo voy a leer un libro que me bajé sobre nado en aguas frías.

Veremos qué pasa con mi libro.

No creo que encuentre otro que ni se le acerque a Pondlife de Al Alvarez.

Llegamos a casa y Quintín me decía que hoy la natación no lo había vivificado.

Que se sentía cansado.

Pensamos que le habría bajado la presión.

Es un día muy pesado.

Anuncian una gran tormenta para esta noche.

Para ayudarlo, le di una Gatorade.

Y después de la ducha un té oolong.

Con jamón crudo, queso gruyère, nueces y 4 Criollitas.

Espero que se sienta mejor.

Ahora está mirando el fútbol.

Yo ya me cansé de escribir.

Mañana tendremos asueto por lluvia, supongo.

Hasta la próxima.

Foto: Gabriela Ventureira

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