Bitácora de la hija de Neptuno (113)

por Flavia de la Fuente

31 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: N 26 km. Olas: 0,8 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 34′.

Esto de la bitácora es algo raro.

A veces me da pereza ir a nadar, pero no por no hacer ejercicio, sino para no tener que escribir.

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Cuando le conté esto a Gabi, me dijo que a André Gide le pasaba lo mismo.

Que, a veces, prefería perderse alguna fiesta para no tener que incluirla en su diario.

Me dio risa el comentario de mi amiga.

Hoy, como tengo el sindrome de Gide, voy a ser breve.

Me levanté a las 6.30 y pude hacer toda mi rutina zen.

Me siento plena y feliz.

Es raro, ¿no?

Ayer leía a mi monje Thich y se mandó unos párrafos en contra de la queja.

Dice que la queja constante nos seca, no nos deja florecer.

Así que de ahora en más, basta de lamentos chinos.

“Never explain, never complain”, decía siempre Noriega en los tiempos de El Amante.

Desde ahora lo voy a intentar.

Para mí misma.

Que los demás se quejen todo lo que quieran.

Y yo los escucharé con afecto, de manera atenta y consciente.

Porque soy la monje zen.

Aunque alguna queja me voy a permitir.

O se me va a escapar.

No puedo pasar de ser Woody Allen a John Wayne en un día.

O quizás sí.

Y hablando de El Amante, sentí una pena tremenda cuando me enteré de que había cerrado.

Ya no sale ni en digital.

Había sido un golpe fuerte que no saliera en papel.

No existe más nuestro bebé.

Hasta hicimos terapia de pareja con el Osi en el primer año de vida de la revista.

Nuestro psiquiatra, el Dr. Kusnir, un viejo sabio, decía que era nuestro hijo y lo bautizó “Revisto”.

Con Quintín nos matábamos por la educación de Revisto.

Al que criamos con mucho esmero durante casi 14 años.

Fue un golpe saber que no existe más.

¿Vieron que no duré nada sin quejarme?

Yo lo imaginaba.

Yo soy yo, como decía cuando era chiquita, no hay vueltas.

Soy la quejosa hija de Neptuno.

Esto de El Amante me dio taquicardia.

Vayamos rápido a la natación de hoy.

Flotar en el mar calma los ánimos sensibles.

——

Hoy Quintín y yo fuimos más temprano a la playa.

El mar estaba creciendo mucho.

Corriente intensa hacia el Norte.

Nos metimos al Sur del muelle.

Tanto tiraba el mar que, sin darnos cuenta, al nadar hacia adentro habíamos pasado el espigón.

El mar estaba muy picado.

Debía haber alguna tormenta cerca.

Era un lavarropas delicioso.

Olas en contra, mucho movimiento.

Quintín quería nadar poco.

Pero su actitud indicaba lo contrario.

Nadamos todo el tiempo a la par.

Un ritmo calmo pero constante.

Muy apacible.

Cuando pasamos el Aguila pensé en recordarle que no se quería cansar.

Pero me daba tanto placer verlo nadar tan elegante y seguro, que no le dije nada.

Era la imagen de la salud.

De la plenitud.

Eso es sagrado.

No hay que interrumpirlo nunca.

Y menos una monje zen.

Sin embargo, cuando llegamos al Solmar, me sentí obligada a recordarle que hoy era el día de la columna de Perfil.

Que él me había dicho que no se quería cansar.

Me contestó lo que yo ya imaginaba, que quería seguir hasta el Balneario Norte.

Seguimos nadando en el mar ondulado, felices de la vida.

Esos sí que son momentos de atención plena.

Imposible escapar de ese presente.

Se impone.

Deja la mente en blanco.

Al menos a mí.

Cuando el mar es una pileta a veces uno se distrae con pensamientos obsesivos o con ideas que van y vienen.

Aunque siempre, al cabo de un tiempo de bracear y respirar cada 6 u 8 brazadas, entro en el presente absoluto.

Pero cuando está picado, solo me da para estar ahí, jugando con las olas y respirando.

Hay que estar atento a las jugarretas del mar.

Salimos nadando en diagonal en el Balneario Norte.

Y ahora venía lo peor.

La caminata de 1,5 km por la arena blanda en un día de mucho calor.

A unos trescientos metros nos encontramos con el rey de los guardavidas, el Sr. Ricardo Espada.

Nos contó que lo habían jubilado.

Se lo veía tristón.

Yo cambié de tema y le pregunté cómo era la carrera de natación del 14 de febrero.

La de los 3000 metros.

Me dijo que estaba buena, que hace mucho que no la corría.

Que los que nadan rápido lo hacen en 20 minutos.

Que siempre es con la corriente a favor.

Que lo hiciera, me sugirió.

Que no tenía nada que perder.

Que lo importante era llegar.

Yo le pedí que participara para hacerme compañía.

No sé si lo hará.

No sé si lo haré.

Nos despedimos y me dijo: “Nos vemos en el podio”.

Espada siempre me hace reír.

Una pena que lo hayan pasado a retiro.

Quizás el año que viene reconsideren su situación y vuelva.

La playa no es lo mismo sin él.

Un amante del mar que enseñó a muchos chicos a nadar.

Distinguido, noble e inteligente.

Ya no quedan muchos así.

Seguimos nuestra marcha de vuelta al muelle.

Yo tenía frío adentro del cuerpo y un calor tremendo en el pelo.

Son sensaciones raras de la natación en el mar.

Llegamos a casa y nos duchamos.

Hace un calor de mil demonios.

Tuve que prender el ventilador.

Antes de escribir, hoy comí jamón crudo, frutas secas, el delicioso apple crumble de Geri y tomé el clásico oolong.

Y todo eso me llenó de energías.

Al final escribí un montón.

Hasta mañana, aunque anuncian tormentas.

Foto: Gabriela Ventureira

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