Bitácora de la hija de Neptuno (112)

por Flavia de la Fuente

30 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: N 35 km. Olas: 0,9 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 33′.

Hoy me desperté tarde, sin despertador, a la 9 am.

flaviaygerielongando2

Necesitaba un descanso de la rutina de meditación al amanecer.

Un sueño reparador.

Pero la verdad es que la extrañé la sesión zen.

Me hace muy bien.

Y también me da vitalidad despertarme más temprano.

Por un lado, si me levanto tarde, no puedo llevar a la playa a Solita.

Y eso me pone mal.

Me da mucha culpa.

Me angustia que mi perra no haga ejercicio.

Que sea un almohadón.

Que se vuelva decrépita antes de tiempo.

Ella es una perrita tan alegre y atlética.

Por otra parte, me cuesta cumplir mi rutina zen.

¿Cómo hago para hacer mis tareas sin ansiedad cuando el tiempo me apremia?

Y Soli no puede ir a la playa al mediodía.

Se puede insolar y hasta incinerarse las patitas.

Entonces, hoy hice una excepción a la rutina del monasterio.

Terminé el desayuno, dejé todo tirado y llevé a la perra a la playa.

Hacía un calor tremendo.

Así que la bañé en el mar y volvimos a casa.

Mi plan era hacer la meditación caminando.

Pero con tanta gente y perros alrededor me resultó imposible concentrarme.

Igual la fui practicando de a ratos mientras hacía las tareas de la casa.

Si sentía ansiedad, la reconocía e inspiraba y exhalaba.

Logré vencer la ansiedad esta mañana.

Levanté la mesa, hice la cama, limpié el jardín y les cambié el agua a Ella y a Janis.

Y después, con todo ya organizado, nos fuimos con Quintín a nadar.

El plan era nadar poco.

Quintín no quería cansarse ni yo tampoco.

Nos metimos al Norte del muelle.

La marea estaba terminando de subir.

Pero había un viento fuerte del Norte.

“¿Y si hacemos como ayer y pasamos por atrás del muelle?”, me sugirió Quintín.

“Vemos”, le contesté. “Cuando pasemos la rompiente sabremos hacia dónde nos lleva la marea.”

Braceamos unos cuatro minutos hacia adentro.

Pasamos olas divertidas.

Sigue el juego de pasar la segunda rompiente.

Hoy las olas no pudieron con ninguno de nosotros.

Cuando consideramos que estábamos lo suficientemente adentro, hicimos una pequeña reunión acuática.

Había que decidir la dirección de nuestro nado.

Y elegimos ir hacia el Sur, pasando por detrás del muelle.

Braceamos un poco más hacia adentro.

Siempre me da miedo el muelle.

Prefiero pasar bien lejos.

Además, tengo la impresión de que en sus alrededores se forman olas grandes.

Me da miedo que una de esas olas me haga golpear contra los pilares.

Finalmente, tomamos una decisión: nadaríamos con rumbo al Sur.

Nos costó mucho esfuerzo pasar el muelle.

Estábamos al lado, a unos cien metros.

Y tardamos más de 15 minutos en dejarlo atrás.

Ese fue mi ejercicio zen del día.

No ponerme ansiosa por pasar o no pasar.

En algún momento eso ocurriría.

A lo sumo podríamos tardar 10 o 20 minutos más, siendo muy pesimistas.

Nada que no podamos nadar.

Y de últimas, podíamos nadar hacia el otro lado.

Eso no es nunca un problema.

Así que a disfrutar del agua.

Del aquí y ahora.

Nada de mirar hacia el muelle como un perro ansioso.

Estuvo bueno el ejercicio.

Aunque nadé todo el tiempo preocupada por Quintín.

El me había dicho que no quería cansarse.

Me di cuenta de que eso era lo que más me daba ansiedad,.

En un momento dado, hablamos y me dijo que estaba fenómeno.

Que quería nadar más.

Así que me quedé tranquila.

Andábamos bamboleándonos sobre las aguas turbulentas cuando Quintín se me acercó y me preguntó cuánto tiempo iba.

Le dije que habíamos nadado 20 minutos.

“Nademos 10 más”, me contestó.

Yo miré la costa y vi que estaba lejos.

Seguimos nadando paralelo a la orilla.

Nadamos cinco minutos más y empecé a sentir frío.

“¡Por qué no vamos saliendo? Tengo frío y no sé cuánto tiempo tardaremos en nadar hasta la playa”, sugerí.

Quintín aceptó mi propuesta y fuimos braceando hasta la costa.

Para pasar la segunda rompiente, barrené con mi torpedo y después nadé hasta la orilla.

Estuvo bueno.

Aunque quedé cansada.

Quizás sea el calor.

O que no medité.

La monje zen tiene que cumplir con su práctica diaria.

También me acordé de la carrera de guardavidas.

Es el 14 de febrero.

Geri decidió no correrla porque tiene que dar un examen.

Y hace bien.

Quintín tampoco se suma porque no está entrenado.

Y yo no sé bien qué hacer.

Voy a meditar y en estos días lo decido.

No me da ansiedad.

Quizás lo haga, quizás no.

El primer paso será ir a averiguar al Edén de qué se trata.

Aunque me da un poco de ansiedad.

Quizás todavía no haya llegado la hora.

Foto: Gabriela Ventureira

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