Bitácora de la hija de Neptuno (110)

por Flavia de la Fuente

24 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: NO 25 km. Olas: 0,8 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 33′.


27 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: SSE 8 km. Olas: 0,6 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 61′.

 

Hoy fue un día zen.

f-q-geri-cancheros

Geri y yo nos levantamos a las 6 de la mañana, para ir a meditar a la playa.

Tomamos el té, nos lavamos los dientes y la cara con plena conciencia.

Levantamos la mesa, ensillamos a Solita y salimos las tres de casa.

Llegamos a la playa y el sol apenas calentaba.

Caminamos en silencio, inspirando y exhalando hasta llegar al vivero.

Era una mañana fría y sin viento.

El sol se asomaba entre las nubes.

Solita corría feliz de la vida.

Mientras caminábamos yo contemplaba el lento despertar de la playa.

Los basureros haciendo lo suyo.

Los carperos de los balnearios trabajando.

Los primeros bañistas del día.

Muchos caminantes y corredores.

Y, por último, a las 9 la llegada de los guardavidas.

A las 9 la playa se convierte en un balneario.

Luego de la caminata, nos sentamos casi una hora en un médano.

Geri en la posición del loto, mirando el mar.

Y yo a su lado.

Mientras Geri meditaba inmóvil, yo decidí hacer ejercicios de elongación y respirar.

No saben lo grato que fue.

Y lo rápido que pasó el tiempo.

Demasiado rápido.

Habíamos puesto la alarma del teléfono a las 9.01.

Era una pena interrumpir nuestra práctica.

Pero el sol empezaba a picar.

Y quería volver a casa para ver a Quintín.

Quedamos muy blanditas después de las dos horas de ejercicios zen.

Muy descansadas, totalmente relajadas.

Me sentía rara. Como si flotara.

Geri se sentía entre algodones.

Esto de la rutina zen está resultando una experiencia interesante.

Quizás mañana, si tenemos fuerzas, repitamos la experiencia.

Pero más temprano.

Levantarnos a las 5 de la mañana.

Y ver salir el sol.

Hoy Quintín tuvo una mañana horrible.

Al pobre no le andaba el Kindle y se puso muy nervioso.

Por suerte, ya se le arregló, pero ese asunto lo desveló

Así que cuando llegamos y vi que dormía, no lo quise despertar.

Me dediqué a mis cosas y Geri a las suyas hasta que se levantara el único hombre de la sangha.

Pero pasó una hora y media y no se despertaba.

Y las monjes moríamos de hambre.

Así que preparé el desayuno de pan con tomate para los tres.

Y lo desperté al Osi con todo listo.

Una grata sorpresa.

Cuarenta y cinco minutos después nos fuimos los tres al mar.

Con la fotógrafa Ventureira y todo.

Que nos sacó varias fotos en la orilla.

Las olas se veían enormes desde la costa.

Me daban miedo.

Diego, el guardavidas del muelle, nos dijo: “Hoy hay que nadar hasta la segunda rompiente. Hay que trabajar para disfrutar. Así es el deporte.”

Después de la sesión de fotos, nos metimos en el mar.

El agua estaba tibia.

Verde.

Con mucha espuma blanca.

Y olas temibles.

Nadamos los tres en la canaleta.

Quintín, que anda medio cansado, salió en cinco minutos.

La miré a Geri y le pregunté si se animaba a pasar la segunda rompiente.

Geri nunca dice que no.

Así que braceamos y braceamos hasta dejar atrás la última ola.

Fue divertido.

Nadamos hacia el Norte, contra la corriente.

Hoy había muchos nadadores.

Un hombre que flotaba quieto en el medio del mar.

Algún surfer.

Era una especie de festividad acuática.

Después de dos días de tormenta, la vuelta al mar fue gloriosa.

Nadamos apaciblemente hasta el Solmar.

Sin hacer ningún esfuerzo.

Yo no tenía frío porque me había puesto mi traje de triatlón.

Le pregunté a Geri si quería salir y, para mi sorpresa, me dijo que sí.

La salida era un tema.

A mí me da miedo golpearme con el torpedo cuando hay olas grandes.

Así que salimos barrenando.

Flotamos, jugamos, nos relajamos.

Dos monjes zen en el agua verde cristalina de hoy.

Volvimos caminando hacia el muelle y algo me dijo que mi amiga tenía ganas de nadar más. Ya habíamos nadado una media hora.

Pero estaba tan lindo.

Le pregunté: “¿Te gustaría meterte de nuevo?”

“Sí”, me contestó. “¿Pero vos no tenés frío?”

Yo no tenía frío por el traje, así que nos metimos de nuevo al Norte del muelle.

Nadamos derecho hacia la rompiente, esta vez sin miedo.

Aunque para mí es como nadar hacia la boca de un león o de un tiburón.

Olas que no rompen, otras que sí y me revuelcan.

Me siento un pigmeo frente a un gigante.

Pura diversión.

Es solo agua.

Pasamos la segunda rompiente y vimos a tres nadadores con gorra que le daban duro hacia adentro y con dirección Sur.

Pensé que era una buena oportunidad para que Geri pasara por detrás del muelle.

Otro de sus desafíos acuáticos de esta temporada.

Nadamos un poco más hacia adentro y giramos hacia el Sur.

Estaba tan hermoso.

No recuerdo un día tan juguetón.

¿Serán los efectos de la meditación matutina?

Aunque me parece que el mar estaba especial.

Nos cruzamos con una surfer que también tenía una sonrisa de oreja a oreja.

El agua era una fiesta.

Cuando pasamos el muelle, el mar se puso un poco turbulento.

No digo por las olas, sino que había como pequeños remolinos.

Me pareció raro pero seguí adelante.

¿Qué nos podía pasar?

Hay más guardavidas que personas.

Una lancha patrulla la costa.

Estamos muy cuidadas.

Así que a nadar sin temor.

A aprovechar el verano para nadar lejos de la costa.

Pasamos el Fontainbleau y decidimos salir un poco antes del Edén.

Si contamos los dos baños, pasamos como una hora en el agua.

Nos reímos de nuestra pequeña travesura.

Y de la mañana zen.

Volvimos a casa contentas.

Como estábamos con frío nos metimos en la ducha ni bien llegamos.

Después, té oolong con el delicioso apple crumble que hizo ayer Geri.

No saben lo rico que es.

Ahora hay que almorzar y como me di un atracón de apple crumble no tengo hambre.

Hasta mañana, queridos amigos.

 Foto: Gabriela Ventureira

 

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