Bitácora de la hija de Neptuno (108)

por Flavia de la Fuente

22 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: NNO 8 km. Olas: 0,6 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 41′.

Día feliz en San Clemente.

gabiygeri

Llegó la querida Geri.

Florecieron los lirios rojos.

Y con Quintín batimos un nuevo record de este verano, 41 minutos de natación.

Cuando fuimos a la playa, a eso de las 10.30 hs., era un día apacible.

Mar transparente, ondulado, corriente suave.

Ahora, partieron hacia la playa Geri y Gabi.

Les sopla fuerte el Sudeste.

Y está totalmente nublado.

Un día completamente distinto les tocó a mis amigas.

Ya nos contarán a la vuelta cuáles fueron sus hazañas.

Yo me desperté muy cansada y le dije a Quintín que no iba a nadar.

Mi marido me miró feo y entonces acoté que iba a nadar poco.

“Hasta el Edén”, me dijo.

“Ok”, respondí, pensando que quizás andaba caída y que una buena natación me levantaría los ánimos.

O me terminaría de aniquilar.

Con esos pensamientos me metí en el mar.

Era una mañana cálida, con sol y nubes.

Nada de viento.

Una rareza en estas playas.

Nadamos un poco hacia adentro.

Pasamos la segunda rompiente y braceamos hacia el Sur.

Yo iba tranquila, tenía que cumplir la misión Edén.

Cantaba y braceaba.

Respiraba cada 6 u 8 brazadas.

Llegué a respirar cada 10 o 12.

Con el correr del tiempo me fue llegando la energía.

Surtió efecto la meditación acuática.

Mi cabeza solo se ocupaba de respirar y bracear.

Y después de nada.

Solo me sentía bien.

Hoy también nadamos durante la estoa.

La marea estaba terminando de bajar.

Para llegar al Edén hoy había que nadar.

Quintín se quejaba por la lentitud de la corriente.

A él le gusta ir rápido.

A mí me da igual.

Aunque tiene su gracia avanzar como si uno fuera Phelps.

Dejar atrás un balneario tras otro en escasos minutos.

Es como un chiste.

Pero da sensación de poder y vigor muy especial.

Hoy había que trabajar para pasar de un balneario al otro.

Tardamos más de media hora en llegar al Edén.

Era tan agradable que yo hubiera seguido más lejos todavía.

Había pasado mi muro.

Ya todo me daba igual.

Podía nadar todo el día.

Nos cruzamos con la banana que tiró turistas al mar.

Pasó una lancha con guardavidas que anda más cerca de la costa.

Estaba todo bien.

La vida fluía.

Pero había que salir, porque Geri llegaba al mediodía a la terminal.

Ni bien llegamos al Edén, Quintín me dijo que buscáramos la boya.

Yo me apoyé en mi torpedo, me saqué las antiparras empañadas y me puse a mirar.

A unos metros, vi una cosa celeste.

Parecía la gorra de un nadador.

Costaba ver por el oleaje.

Era raro, un mar tan movido en un día sin viento.

Pero el nadador no se movía.

Esa gorra celeste debía ser la boya.

Y allí fuimos.

Braceamos dos minutos y los dos juntos nos abrazamos a nuestro trofeo.

Y chocamos las palmas.

Volvimos nadando a la playa felices de la vida.

Como ayer, la arena estaba dura, agradable para caminar.

Nos cruzamos con la guardavidas del balnerio y me que me había visto en una carrera y que me había gritado: “¡Vamos rubia!”.

Le dije que no podía ser, que yo no corría en la tierra.

Pero que sí quería participar en la carrera de guardavidas que hay en febrero.

“Sí, tienen que hacerlo. La carrera es de 3.000 metros. Ustedes pueden. Nadan muy bien”.

Orgullosos por el elogio nos fuimos para casa.

La buena guardavidas por ahora sin nombre quedó en averiguarnos cuándo es el evento.

Yo tengo ganas de jugarme y participar.

Llegar última pero hacerlo.

Nunca participé en una carrera de natación de adulta.

La última habrá sido a los 11 años en la Colonia Arco Iris.

Mi archi rival se llamaba Irene Marín.

Pero la tenía de hija.

Yo siempre ganaba las medallas de oro.

Porque ahí había Olimpíadas.

Y yo entrenaba seriamente.

Irene también.

Eramos dos nenas pero lo que nos gustaba era nadar y nadar.

Como ahora.

Lo que dijera el profesor me daba placer.

Y me aburría en la media hora de pileta libre.

Nací así.

Esta práctica de natación seria empezó a los 8 años.

Nadábamos crawl, espalda y pecho.

Mariposa nunca fue lo mío.

Y seguí nadando toda la vida.

Bah, todos los veranos.

En la pileta.

Pileta olímpica en GEBA, piletas de 25 o 30 metros en el resto de los lugares.

Nadaba una hora, cuarenta minutos, siempre sin parar.

Volviendo al presente, me gustaría volver a competir.

Quizás gane el oro en mi categoría.

No vi muchas mujeres de mi edad nadando por acá en el mar.

Me da alegría y un poco de miedo.

Pero quiero ser Santiago García.

No me queda otra que participar.

Si es que me dejan.

Y tal vez se sume Geri a la carrera.

Y Quintín.

Aunque ya estuvo refunfuñando que no quería.

Yo le dije que me tenía que hacer de liebre.

Veremos.

Me encantaría que me acompañe, aunque él no participe de la carrera.

Que nade a mi lado para hacerme compañía.

Y como tres mil metros puede ser mucho, si está permitido, me pondré mi traje de triatlón.

Porque mi único miedo es el frío.

Debe ser una linda experiencia.

Espero que no me venza el miedo.

Quizás como soy la monje budista lo logre controlar.

Veremos.

Las chicas siguen en la playa.

El viento del Sur las debe haber llevado lejos.

Mientras vuelven les cuento que sigo leyendo Verano tardío de Stifter.

Es un libro extraño.

El segundo capítulo es una larga descripción de una finca muy peculiar.

Es una lectura lenta y dura.

No pasa nada de nada.

Pero tiene lo suyo.

Durante páginas y páginas el dueño de la granja explica cómo logró tener un bosque sin insectos, para que no dañen los árboles.

¿Y cómo lo hizo?

Atrayendo miles de pájaros de todas las variedades que se alimentan de insectos.

“Solo hay que darles protección y alimento”, dijo.

El tipo puso nidos por todos lados, acordes a cada especie y también alimento.

Pero el alimento no les gusta tanto como los insectos, así que comen las dos cosas.

Me gusta este libro delirante.

Voy a seguir leyendo esta tarde después de alimentar a las bañistas.

Y de ordenar todo bien.

Respirando.

Inhalando y exhalando de manera consciente.

Soy la hija de Neptuno, la nadadora zen.

Cada día con una sangha más numerosa.

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