Bitácora de la hija de Neptuno (107)

por Flavia de la Fuente

18 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: ESE 10 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 25′.

21 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 29 grados. Viento: NNO 29 km. Olas: 0,8 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 20′.

Estuve un poco enferma, por eso no nadé ni escribí.

maralatardecer

Pero ya estoy bien y pude volver al mar.

Y a la computadora.

Por eso me sentía débil en el agua, estaba incubando algo.

Siempre tengo que hacerle caso a mi cuerpo.

Si no funciona a pleno nadando es que algo no anda bien.

El 18 de enero fue un día increíble.

Mar hirviendo, de un verde transparente, corriente deliciosa.

Pero nada es perfecto.

Había tapioca.

Así le dicen a las crías de medusas.

Son unos corpúsculos con filamentos que invaden las aguas.

Yo las toco y las reconozco.

Es raro nadar en un mar de tapiocas.

No es agradable.

Aunque son benignas.

Pero tocarlas es fastidioso.

Y este año estaban más molestas que nunca.

Incluso picaban.

Pero no es nada grave.

Nada que no se pueda aguantar.

Apenas una molestia.

Que inquieta bastante.

El otro día, entre la debilidad y la tapioca estuve a punto de salir.

Pero me la aguanté.

Quintín nadaba tan feliz que no quise interrumpirlo con mis aprensiones.

Y nadamos desde el Riazor hasta el Solmar, en mi caso a puro estoicismo.

Las tapiocas me habían picado en el cuello y en la cara.

Confiaba que en un rato iba a pasar la molestia.

Efectivamente, el picor cesó al cabo de un rato, largo esta vez, y nadie tuvo ninguna complicación.

A Gabi también la atacaron y ni siquiera necesitamos ponernos Caladryl.

Hoy después de dos días de reposo volví al mar.

Hacía un calor tremendo.

Y un viento horrible.

Y el mar se veía feo.

Marrón y revuelto.

Era la estoa y no sabíamos para dónde nadar.

La marea había empezado a crecer, pero algo nos decía que todavía mandaba el viento Norte.

Nadamos hacia adentro unos minutos y vimos que el mar nos llevaba hacia el Sur.

Y hacia allí fuimos.

Nos dejamos llevar por la voluntad de Neptuno.

Hoy nadé con un poco de temor porque pasé dos días casi sin comer.

Así que me lo tomé con calma.

Braceamos hasta el Edén.

Yo sabía que tarde o temprano el niño Quintín me preguntaría por la boya.

Pero yo no quería hacer ningún esfuerzo.

Así que me hice la osa.

“Quizás se olvida”, pensaba.

“O tiene pereza”.

Pero todo llega.

Los juegos a Quintín lo pueden.

“Osi, ¿no ves la boya por ahí? ¡Vamos a tocarla!”, me dijo con voz alegre.

No me puedo resistir a esos ataques súbitos de entusiasmo de mi marido.

Dejé de nadar, me apoyé en el torpedo y miré a mi alrededor.

Hice un giro de 360 grados y no vi nada.

Vi gente haciendo windsurf por aquí y por allá, pero ninguna boya a la vista.

“Se debe haber volado la bandera”, sentencié.

“Creo que es hora de salir. Hoy no me quiero cansar ni tomar frío”, agregué a continuación.

Desilusionados, salimos a la orilla.

Volvimos caminando por la playa inmensa y dura de la bajamar.

Uno de nuestros grandes placeres.

El momento en que nos sentimos dos reyes del mar.

Una amable guardavidas nos saludó.

Le pregunté por la boya y me dijo que estaba en su lugar, solo que le faltaba la bandera.

Pensé en Geri que viene mañana ilusionada con el juego de atrapar la boya.

Lo podremos hacer pero será más complicado.

Ahora es una especie de búsqueda del tesoro.

Quizás en un día de mar planchado se vea.

Aunque la guardavidas dijo que iban a poner otra bandera.

Yo se lo rogué.

Le expliqué que Geri venía lista para jugar a agarrar la sortija.

Ojalá la pongan.

Y hablando de deseos.

Creáse o no, sacaron toda la arena de la pasarela del muelle.

Y de los alrededores.

Tenemos de nuevo un muelle en San Clemente.

Los turistas pueden llegar al mar sin calcinarse en la arena.

¿Pero había que esperar hasta mediados de enero para lograrlo?

Ahora temo que se derrumbe, algo que ya pasó una vez.

O varias.

El muelle está muy deteriorado.

Hoy es 21 de enero.

Pasó un mes del verano.

La sangha de nadadores está funcionando a pleno.

Mientras escribo, siento un viento refrescante en la espalda.

Es agradable.

Momentos apacibles.

Felices.

No voy a escribir más para no cansarme.

Estoy convaleciente.

Voy a seguir leyendo Verano tardío de Stifter.

Es un autor que me encanta, pese a que lo aborrezca mi admirado Thomas Bernhard.

Para Bernhard, Stifter es la abyección.

Yo no entiendo por qué.

A mí me gustan los dos.

Adalbert Stifter es un austríaco, de la escuela romántica alemana de mediados del siglo XIX.

Lo suyo es el canto a la naturaleza y los relatos sobre la bondad.

Al menos en los que leí.

Son como fábulas.

Encantadoras.

Es lo opuesto de Bernhard.

A mí los dos me dan felicidad.

Stifter con sus construcciones que lo alejan de las penas del mundo.

Bernhard con su rechazo visceral de la sociedad.

Los dos sufren, los dos tuvieron vidas difíciles.

Debe ser por eso que me atraen.

Voy al sofá a seguir leyendo a Stifter.

Verano tardío tiene de 896 páginas.

Cómo me gustan los ladrillos.

Promesa de largas tardes de lectura serena.

Y para colmo de bienes, una bella edición de Pre-Textos.

Pero no se crean que me compré el mamotreto.

Me lo bajé gratis de Epublibre.

Así también leí El sendero en el bosque y Brigitta, otras dos novelas encantadoras de Stifter.

De hecho las leí al menos dos veces cada una.

Esas también están gratis en la web.

Hasta mañana.

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