Bitácora de la hija de Neptuno (106)

por Flavia de la Fuente

17 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: SSE 10 km. Olas: 0,6 m. Nublado. Marea subiendo. Tiempo de natación: 30′.

Ayer fue un día seco, nadie de la casa fue al mar.

flaviaylosperros

Había mucho viento, estaba nublado, era un día para descansar.

Aunque el mar me tentaba.

Estaba tibio y con muchas olas.

Pero pensé que era bueno para mis músculos un día de reposo.

Y, aunque no lo crean, lo fue.

Sin agua, solo con un paseo con Soli y Gabi por los médanos, mis ánimos se mantuvieron estables.

Serenos.

Pasé un día tan apacible como si hubiese nadado una hora en un mar helado.

¿Será un milagro de la práctica zen?

Me parece que sí.

Ayer no hice ninguna actividad aeróbica.

Pero tuve endorfinas que no vinieron del ejercicio.

Quizás de la respiración consciente.

Durante todo el día, fui haciendo una tarea tras otra.

Sin ansiedad, sin prisa.

Limpié, cuidé a mis perras, hice el paseo respirando.

Y, cuando tuve un rato seguí leyendo un libro de Thai Thich que se llama Miedo.

Que habla del mismísimo miedo.

El tema central de mi vida.

Si no fuera la monje budista jamás me habría animado a leer un libro con ese título.

Me hubiese espantado.

Pero le tengo confianza al maestro vietnamita.

Sé que no me va a dañar.

Así que me enfrenté con esa lectura.

Con una ligera aprensión.

Y para mi sorpresa, resultó placentera e interesante.

Aunque no entendí todo bien.

El zen es raro.

Hay algunas ideas complicadas.

Creo que entiendo solo lo que me gusta.

O lo que creo que me sirve.

Que me ayuda.

Estamos pasando unos días raros.

Quintín sigue a dieta por la gastroenteritis viral o lo que sea que tenga.

No es nada tremendo, pero tiene molestias.

El se preocupa.

Yo me preocupo.

Angustia en el ambiente.

Come con suma frugalidad.

Ayer la casa parecía un monasterio.

Almorzamos arroz y cenamos lo mismo.

Quintín porque está a dieta.

Gabi y yo porque somos fiacas y nos gusta el arroz.

Y no cocinar.

Ni tanto lavar.

Pero aunque está mal del estómago, Quintín puede nadar.

Hoy nos despertamos cansados.

Quizás sea el día pesado.

Quintín declaró a las 7.30 AM que no iba a nadar, que tenía que escribir para Perfil.

Yo pensé que quizás fuera prudente que no hiciera ningún esfuerzo.

Está casi sin comer el pobre hombre.

Por mi parte, a las 8 de la mañana fui a hacer mi paseo zen con Solita.

Fue divertido.

Mientras yo inhalaba y exhalaba, la perra hacía de las suyas.

Solita siempre me hace reír.

Los perros son la alegría de la playa.

Me hacer reír ver cuando hacen una fila y se huelen los culos.

O de pronto, toparme con un caniche emperifollado y prepotente.

El desfile de perros es muy simpático.

El must del verano.

Un salchicha patotero, un boxer desafiante.

Todos quieren ser los reyes de la playa.

No son conscientes de su tamaño.

A mí me divierten mucho.

Se toman la vida en serio.

Ellos sí que viven en el presente cuando están en la playa.

Y siguiendo con los perros, hoy nos cruzamos con un guardavidas amoroso que tiene un perro de agua español.

Es un perro guardavidas.

De hecho, una vez jugamos a que me sacara del agua.

Pero hoy no estaba.

Y nos contó el guardavidas que no lo trae más porque les ladra a todos los bañistas.

“Es que está viejo, tiene 6 años”, me dijo.

“Es un guardavidas gruñón”, le respondí.

“Como todos los guardavidas”, acotó el joven bañero.

Una pena no ver más a ese perro maravilloso.

El era otra alegría de la playa.

Volví de mi paseo muy acalorada y decidida a darme un baño de mar.

Y nadar.

Con o sin Quintín.

Era un día hermoso.

Todo gris.

El cielo gris plomo.

El mar gris también.

Ni una gota de viento.

Una rompiente prolija, el mar planchado.

Y tibio.

Lo probé porque caminé mucho por el agua con Soli.

Llegué a casa y Quintín me dijo: “¿Vamos a nadar?”

“Ok”, le dije.

Tomé agua y me apresté para ir al mar.

Como andaba yo también medio mal del estómago, me puse el traje de neoprene.

El corto, finito, de verano.

Error garrafal.

Nunca más lo tengo que hacer.

Salvo en un día de tormenta.

El mar estaba caliente.

Parecía una sopa.

El Caribe.

Yo sumergía la cabeza a cada rato para refrescarme.

Seguía molesta.

En cambio, Quintín nadaba feliz a mi lado.

Nos habíamos metido al Norte del muelle.

Y la idea era nadar poco.

Porque hoy el Osi tiene un día cansador.

Tiene que escribir su columna del domingo.

Nadábamos a la par.

En un momento dado, vi que Quintín nadaba adelante mío.

“¿Qué pasa?”, me pregunté.

“¿Estaré enferma?”

El agua hoy no me vivificaba.

Me daba calor.

Maldito traje, maldita aprensión.

El miedo es mal consejero para los asuntos marinos.

Y para todo.

Pero es mi compañero de toda la vida.

Hoy me ganó otra vez.

Pero ya tendré mi revancha.

Es un duelo a muerte.

Quintín braceaba y braceaba.

Y yo me preocupaba.

El hombre que nada a todo vapor está sin comer, pensaba.

Quizás le haga mal.

Llegamos al Solmar, a un kilómetro de casa.

Di unas brazadas y me acerqué.

“¿No te parece prudente salir?”, le pregunté a mi marido que nadaba muy concentrado.

“No. Siento un deleite increíble en el agua. Quiero seguir nadando.”

“Bueno, pero no más allá del Balneario Norte”, le respondí.

Y así lo hicimos.

Llegamos nadando en la sopa transparente hasta la meta y salimos con mucha facilidad.

La marea tiraba hacia la costa.

Una vez en pie, emprendimos el retorno.

Por la arena blanda, la marea estaba muy crecida

“¿No es increíble? Todos los días lo mismo. Uno no quiere venir a nadar y después es maravilloso. ¿Por qué será?”, dijo Quintín.

“No lo sé, pero es así”, le contesté acalorada.

Me bajé el traje hasta la cintura y decidí que cuando llegáramos al muelle me daría un chapuzón en bikini.

Quería sentir el agua en la piel.

Me dio mucha alegría ver al Osi tan eufórico.

Parece que va a nadar todo el año conmigo.

Me dijo que se va a comprar un traje de neoprene para el invierno.

No les puedo decir la emoción que siento.

La pasaríamos genial.

Dos osos polares en los mares del Tuyú.

Aunque no me quiero hacer ilusiones.

Ver para creer.

Pero le haría muy bien, supongo.

Cuando nada se lo ve feliz.

Esbelto, erguido, joven.

Y en el invierno se encierra en casa y se siente mal.

El shock de frío le cambiaría la vida.

Pero todavía falta para el invierno.

Quintín nada hasta abril sin traje.

Yo me lo pongo en marzo, a mediados.

Acaba de volver Gabi de la playa.

Nadó hasta el Solmar y volvió caminando.

Dice que se murió de calor.

Y que se volvió a meter y nadó hasta el Aguila.

A ella le tocó un día de playa completamente distinto.

Soleado, viento Noreste, mar no tan caliente.

La playa es así.

Cambia de un momento al otro.

Quizás al atardecer vayamos a darnos otro chapuzón.

A contemplar el atardecer de un día largo de verano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: