Bitácora de la hija de Neptuno (105)

por Flavia de la Fuente

15 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 23 grados. Viento: NNE 10 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 40′.

Hoy a las 5.45 AM me despertó un ladrido de mi querida perrita.

ella2017

Me sentía todavía muy cansada.

Igualmente, junté fuerzas y le abrí la puerta del jardín, para que continuara su concierto en el mundo exterior.

Lo que vi era maravilloso.

Un cielo rosado y gris, a rayas.

Hermoso de verdad.

Me tentaba ir a la playa.

Pero el sueño me venció.

Una hora más tarde, se despertó el Osi y me recordó que me gustaba ir temprano a la playa con Solita.

Con un esfuerzo tremendo me levanté y comencé con mi rutina zen.

Me lavé los dientes con plena conciencia.

Luego la cara, incluso detrás de las orejas, como dice el monje vietnamita.

Me hice el té con galletitas y le agregué unas 3 almendras.

Comí sin ansiedad, o traté de hacerlo.

Yo no tengo ansiedad por comer.

Soy una tortuga y casi nunca tengo hambre.

Lo que me da ansiedad es el paso del tiempo.

La playa que se va llenando de gente.

La luz que cambia.

Pero me tengo que alimentar.

Y disfrutar de la comida con serenidad.

Terminé el desayuno y ordené todo.

Saqué a Ella y a Janis al jardín y salieron muy agradecidas meneando sus gordos traseros.

Son muy graciosas las dos perras que viven en el exilio.

Las quiero mucho a ellas también.

Pero la vida nos separó.

La relación con ellas ahora es como con un par de cabras.

Voy a darles de comer, las acaricio, las acuesto, las baño, las llevo al veterinario.

No son más mascotas.

No interactúan con la vida familiar.

Viven en una casita al lado, que hice para mi mamá.

Ahora es de Ella y Janis.

Tienen una cucha de lujo.

Duermen en un sommier, tienen calefacción en invierno y aire acondicionado en verano.

Y un montón de libros para leer.

En fin, es así.

Nos tocó esta vida extraña.

Pero ya no la sufro.

Creo que todos nos acostumbramos.

Incluso las perras.

Ellas también son una alegría.

Muchas veces, cuando estoy triste, voy a visitar a mis cabras.

Y siempre me hacen reír.

Vuelvo mejor a casa.

Son muy simpáticas y cariñosas.

Volviendo al día de hoy, finalmente fuimos a la playa a eso de las 7.15 hs.

¡Y estaba llena de gente caminando!

También había muchos bañistas matutinos.

Era una mañana apacible, nublada, sin viento.

Caminamos tres kilómetros respirando y a la vuelta nos instalamos en nuestro médano,

Y las dos meditamos.

Yo me senté con las piernas cruzadas y me puse a respirar.

Solita se quedó a mi lado, tranquila, contenta de hacer fiaca.

Cada vez disfruta más de echarse a mi lado y contemplar el mundo.

Quintín dice que con un maestro zen, Solita se convertirá también.

Yo no lo creo.

¿Vieron algo más ansioso que un perro?

Creo que permanecimos inmóviles como media hora.

Miré el reloj y vi que ya eran las 9.

Pensé en el Osi.

Lo imaginé con hambre.

El me espera para desayunar.

Así que me levanté y volví a casa con paso cansino.

Segundo desayuno y a nadar.

Quintín tuvo ayer una recaída de su gastroenteritis viral.

Es que la noche anterior comió como un animal.

Se sentía bien.

Le agarró la gula.

Y se dio un atracón.

Así que ayer, después de nadar, le dolía mucho el estómago.

Y se pasó todo el día en cama y sin comer.

A la noche, como corresponde en un templo zen, cenó arroz.

Hoy amaneció mejor, pero sigue a dieta.

Y nos pareció que lo mejor era que no hiciera demasiado esfuerzo.

Pero el día estaba tan hermoso.

Resolana tibia, nada de viento.

Mar transparente.

Olas suaves y una corriente muy rápida.

El sueño del nadador.

La corriente rápida hace que uno se sienta un atleta.

Pasan y pasan los balnearios sin que uno haga ningún esfuerzo.

A Quintín le encanta.

A mí también.

Aunque a veces, me da rabia porque me quedo sin cancha demasiado pronto.

Por suerte, hoy le pasó lo mismo a Quintín.

Llegamos al Solmar en 18 minutos.

Le sugerí que saliéramos, como habíamos dicho.

“No, hoy quiero nadar más!, me contestó.

Y así seguimos nadando plácidamente,

El aire con los minutos fluye sin problemas.

Cuanto más tiempo pasa mejor respiro.

Después de los veinticinco minutos siento que no necesito respirar.

Es hermoso.

Soy un motor que anda solo a toda velocidad.

Sin sufrimiento.

Sin esfuerzo.

Mandan las endorfinas.

Llegamos al Balneario Norte y repetí mi pregunta.

“¿Salimos, Osi?”

“¿Y si vamos hasta esa carpa verde que se ve más allá?”

El programa me pareció maravilloso.

Música celestial para mis oídos.

Así que nadamos hasta la nueva meta.

Es especial salir en una playa casi desierta.

Algún pescador por aquí y por allá.

Algunas familias dispersas.

Y nada más.

Es que no hay entradas para esas playas.

Solo se puede ir por la arena, caminando o con una 4×4.

Salimos felices.

Para colmo de bienes, un grupo de gente nos felicitó levantando el dedo pulgar y dedicándonos una sonrisa.

No sentimos dos dioses.

La caminata de vuelta es la vía triunfal.

El momento más feliz del día.

Somos todo poderosos.

Jóvenes, fuertes, sanos.

Qué más podemos pedir.

Se me ocurre qué mas podemos pedir.

Que ese sentimiento dure todo el día.

Porque se va.

Con el correr del tiempo se desvanece.

Al cabo de unas horas volvemos a envejecer y nos sentimos unos cascajos.

El cansancio nos vence.

Siempre es así.

Yo lo arreglo con una siestita de media hora.

Y me levanto rozagante, lista para lo que sea.

Pero Quintín se resiste a hacer una pausa y se queja de su cansancio hasta la hora de dormir.

Festejamos el record natatorio del verano 2017, 40 minutos, y emprendimos el retorno a pie.

Que no era tan fácil.

Porque el mar estaba muy crecido.

Dos kilómetros de arenas movedizas.

Por suerte, el día era nublado.

Bajo el sol del mediodía habría sido una caminata dura.

Pero hoy todo era perfecto.

En un momento dado, nos paró una chica y nos preguntó si podía ir a nadar sola.

“Claro”, le contestamos.

“Obviamente, si sabés nadar”, agregó Quintín.

“¿Tenés un torpedo?”, le pregunté yo.

“Sí, un año hice el curso de guardavidas”, nos informó.

“Metete ya. El mar acá es muy tranquilo. Y hoy está hermoso.”, le sugerimos al unísono.

Le dimos las indicaciones de las mareas y la turista se fue al mar.

Nos contó que el año pasado había nadado en Gesell y que no era tan simple.

Pero acá sí lo es.

Hablando de Gesell, el otro día me escribió Juan Villegas y me contó que se metió 250 metros en el mar con un guardavidas.

Estaba feliz.

Vamos formando una secta de nadadores.

Nadadores zen.

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4 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (105)”

  1. GabrielaV Says:

    ¡Muy linda, Flavia!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi!

    F

  3. norma Says:

    me gusta

  4. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, mami, la verdadera Hija de Neptuno!

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