Bitácora de la hija de Neptuno (104)

por Flavia de la Fuente

14 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: N 15 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 38′.

Hoy empecé mi práctica zen muy temprano.

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Desayuné un té con galletitas y me fui a la playa con Soli.

Traté de no apurarme en nada.

Me lavé los dientes con plena conciencia.

Me lavé la cara como enseña mi maestro zen Thich Nhat Hanh.

Y traté de controlar mi ansiedad por ir pronto a la playa.

Saboreé el té y fui a la casita de al lado a liberar a Ella y a Janis para que ellas también empezaran a disfrutar del nuevo día, viviendo en el presente.

Creo que los perros son bastante zen.

O quizás no.

Solita es demasiado humana para ser zen.

Siente ira, celos, gula y se deja llevar por sus instintos.

Nada de inspirar y exhalar para controlarse.

A ladrar, comer y mostrar los dientes.

En fin, mi perra mayor no es nada zen.

Por eso, la tengo que sacar a pasear a la madrugada.

Porque si no es un infierno y tiene que ir atada.

Y me mata de pena que no salga.

Porque Solita es la reina de la playa.

Y le gusta correr.

Subir y bajar médanos.

Cada año la muy maldita me psicopatea más.

Así es como terminé despertándome a las 5.30 AM, pensando en ella y su paseo.

Y no es el primer día.

Ya van varios paseos de madrugada.

Debo decir que tiene su gracia.

Tomar el desayuno en silencio.

Salir de casa y llegar a una playa casi vacía.

Con una luz pálida y suave.

Caminar por la arena fría.

Ver cómo se va despertando el mundo.

Lentamente.

Con delicadeza.

Definitivamente está bueno.

Caminamos unos tres kilómetros y después nos sentamos a meditar en el médano.

Yo inspiraba y exhalaba.

Solita miraba la gente pasar.

O corría como loca intentando cazar pajaritos.

Y volvía con la lengua afuera a reposar a mi lado.

Es un momento delicioso.

Intenté hacer la flor de loto.

Antes, hace no sé cuántos siglos, me salía como si nada.

Yo tengo articulaciones muy laxas.

En realidad puedo hacerla, pero ahora me duele demasiado.

Quizás no sea bueno para una mujer de 57 años.

Me pareció que les estaba exigiendo demasiado a mis rodillas.

Voy a ser una monje que medita sin hacer la flor de loto.

Porque soy una monje nadadora.

Y necesito poder caminar para ir a nadar.

Lo del zen es maravilloso.

Yo sigo leyendo todos los días.

Ahora estoy con Shunryu Suzuki, Mente zen, mente principiante.

 

Es sobre la práctica del zazen.

Me hace bien de verdad.

Eso de inspirar y exhalar es maravilloso.

Y la práctica de ciertas conductas zen en la vida cotidiana también.

Es grato intentar vivir en el presente.

Eliminar la ansiedad.

Me ayuda.

Seguiré practicando la conciencia plena.

Cuando volvimos del paseo zen, Quintín dormía.

Eran las 8 de la mañana.

A eso de las 9, se despertó y tomamos el segundo desayuno.

El verdadero, con pan, tomate y aceite de oliva.

Disfrutamos de la comida y del té.

Levanté todo con parsimonia.

Barrí el living porque esto del zen me volvió intolerante a las migas y a la arena.

Antes nunca barría hasta que la casa era un basural.

Ahora barro varias veces por día.

Me gusta.

Y hago la cama.

Antes tampoco lo hacía.

Me da placer el orden.

Aunque es un orden pequeño.

Porque esta casa es un desastre.

Mi propio escritorio es un caos.

Pero no sé cómo arreglarlo.

No tengo espacio.

Y no me perturba.

Mi práctica zen incluye la respiración en el agua, nadando.

No veo por qué nadie lo menciona.

Mi amigo vietnamita habla de la meditación caminando.

Santiago García medita corriendo.

Yo lo hago nadando.

Y hablando de nadar, decidimos ir al mar a las 10.

Siempre nos demoramos por algo.

La cuestión es que fuimos a nadar con la marea alta.

Empezamos a nadar a las 10.45.

Justo cuando estaba por empezar a bajar.

Nos metimos al Norte del muelle.

Era una mañana fresquita.

Yo me puse mi traje de verano.

Mientras nos mojábamos con cierta aprensión, vimos pasar a un hombre nadando.

No iba muy rápido, lo que nos hizo pensar que la corriente no era fuerte.

Nadamos un poco hacia adentro y después braceamos hacia el Norte.

Ibamos los dos juntos, a un buen ritmo.

Yo no tenía ganas de apurarme.

Braceaba y cantaba Oklahoma!, como siempre.

Inspiraba cada 6 u 8 brazadas.

Estaba cómoda a esa velocidad de crucero.

Pasados los 25 minutos, como siempre, empecé a nadar más rápido.

Pero no mucho.

Hoy me sentía cansada.

Debe ser de tanto respirar.

Quintín se fue rezagando.

Yo iba y venía para no perderlo de vista.

Parecía como si nunca fuésemos a llegar al Balneario Norte.

Porque ese era nuestro objetivo tácito.

Ninguno dudó que hacia allá nos dirigíamos.

Una vez en la meta, charlamos uno segundos en el medio del agua.

“Me pareció una eternidad”, me dijo el Osi.

“No sabés lo cansado que estoy”, agregó.

“Yo también”, le respondí.

“Mirá esa carpa verde más allá. Parece un nuevo balneario”, me comentó Quintín.

“La próxima vez vamos hasta allá. Hoy no porque no damos más”, respondí con sensatez.

Salimos nadando hacia la orilla y cuando nos pusimos de pie hacía un fresco tremendo.

El vientito a 20 grados en un cuerpo frío no es agradable.

Volvimos caminando rápido y en un momento dado me saqué la parte de arriba del traje para que me caliente el sol.

Y estuvo bien.

El sol me pegaba en la espalda.

Era muy placentero.

Pero seguía con frío.

Llegamos a casa agotados y me tiré media hora en una reposera al sol.

Hoy no me duché.

Estoy toda llena de sal.

Pero en algún momento me tengo que duchar.

Mi monje vietnamita dice que hay que bañarse todos los días.

Y también dice que no hay que hacerle caso.

Ni hacerse caso a uno mismo.

Ni a Buda tampoco.

Está bueno esto del zen.

Pero basta por hoy, que ya me estoy poniendo nerviosa.

A respirar.

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Una respuesta to “Bitácora de la hija de Neptuno (104)”

  1. Fudoshin Says:

    Gassho!

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