Bitácora de la hija de Neptuno (103)

por Flavia de la Fuente

12 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: NE 24 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 20′.

 

13 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: O 33 km. Olas: 0,9 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 35′.

 

¡Se nos va el verano!

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Con ese lamento desayunamos hoy con Quintín nuestro té y pan con tomate.

El tiempo de desvanece a una velocidad insólita.

Angustia por el paso del tiempo, por el fin los días calurosos.

Parece como si se escurrieran cada vez más rápido.

No era una conducta zen.

Hay que vivir en el presente.

No adelantarse.

Así que para disfrutar de la belleza del mundo, me fui a la playa con Solita.

¡No saben lo linda que está mi perrita!

Cada día más bella y grácil.

Por momentos, es la elegancia perrificada.

Es tan delicada.

Parece una gacela.

O un cervatillo.

También cada día está más arrogante y caprichosa.

Pero a mí me vuelve loca de amor.

Hoy hacía un calor tremendo, 26 grados a las 9 de la mañana.

En la playa, Solita se peleaba con cuanta perra se le cruzaba.

Y quería comer churros.

En fin, que estaba fastidiosa.

La invité a que se bañara en el mar y se dio un remojón.

Yo aproveché para mojarle el lomo y la cabecita.

Y decidí que lo mejor para las dos era dejarla en casa.

¡No la aguantaba más!

La muy maldita solo desea comer todo lo que ve en la playa.

No entiende el concepto de paseo.

Respirar y contemplar el mundo alrededor.

Aunque a veces sí lo hace.

Muchas tardes, nos quedamos las dos sentadas en la playa mirando la gente que va y viene.

Son momentos muy gratos.

Apacibles.

No hacemos nada.

A veces quedamos inmóviles las dos media hora, una hora.

Solo miramos la luz que se va extinguiendo mar.

Y la gente que se va, cansada del día de mar.

Pero esta vez Soli no estaba nada zen, así que la traje a los tirones de vuelta a casa.

Además, había leído en el Windguru que se venía el viento Sur al mediodía.

Y tenía ganas de nadar aprovechando la ola de calor.

Por suerte, Quintín ya recuperado se sumó a la aventura matutina.

Llegamos al muelle y les preguntamos a los guardavidas hacia dónde iba la corriente.

Nos dijeron que fuéramos hacia el Sur.

Sin mucha convicción, les hicimos caso.

Nos metimos al Sur del muelle, pasamos el banco de arena y nos pusimos a bracear.

Al cabo de 5 minutos, nos dimos cuenta de que no avanzábamos nada.

“¿Y si vamos para el otro lado? Creo que vamos a ir rápido”, no sé quién de los dos sugirió.

Dimos la vuelta y nadamos mar adentro, para pasar tranquilos por detrás del muelle.

Y, sin darnos cuenta, ya estábamos del otro lado del espigón.

Nadamos 7 minutos más en diagonal hacia la costa y Quintín me dijo que quería salir.

Era más que razonable.

Había pasado dos días en cama y casi sin comer.

“Te acompaño hasta la orilla”, le dije.

Pese a que veníamos saliendo en diagonal desde el muelle, la salida se hizo larga.

No estábamos lejos de la costa y tardamos 6 minutos en salir.

Así que mi pobre marido convaleciente nadó 18 minutos.

El viento Oeste, cuando es fuerte como hoy, puede hacer difícil la vuelta.

Pero yo quería seguir nadando.

Necesitaba más ejercicio.

Estaba todo bien.

Hacía calor.

¿Por qué no seguir?

Y así lo hice.

Pero decidí nadar apenas detrás de la rompiente, para que no se me complicara la salida.

Intenté volver al muelle nadando.

Es un buen desafío, pensé.

Nadar hasta llegar, tarde lo que tarde.

Pero nadé con la corriente en contra 5 minutos y me fastidié.

No iba a llegar nunca.

Se ve que en el mar ya había empezado a mandar el viento del Sur.

Era hora de cambiar de rumbo.

Así que nadé apaciblemente hacia el Norte.

Era una belleza.

Me deslizaba con facilidad por los mares del Tuyú.

Mi plan era salir en el Solmar.

Aunque me tentaba la idea de nadar más.

“Sigo hasta el Balneario Norte”, pensé.

“Hoy quiero nadar mucho”, me recordé a mí misma.

Seguí braceando contenta con todas mis fuerzas cuando, de pronto, empecé a notar que el agua estaba muy turbulenta.

No me gustó nada.

Quizás se había adelantado la llegada de los vientos fuertes del Sur.

Así que habiendo nadado 35 minutos, decidí salir.

Volver con el viento SO en contra puede ser un martirio.

Latigazos de arena en la cara y en el cuerpo.

Me puse de pie y, efectivamente, había llegado el maldito viento Sur.

Caminé con dificultad de vuelta a casa.

Costaba avanzar por el viento.

Me puse las antiparras para proteger mis ojos de la arena que volaba.

Cuando llegué al Aguila hablé con Fernando, uno de los primeros guardavidas que conocí en San Clemente.

Fer es divino. Durante muchos años estuvo en nuestra playa y en esa época alternaba el trabajo de bañero acá con la temporada en Marbella o en el algún lugar del Sur de España.

Era rasta, callado y delgado.

Ahora se cortó las mechas y tiene mujer y dos hijas.

Y está más amable.

Hablamos sobre las condiciones del mar y juntos decidimos que 35 minutos era más que suficiente por hoy.

Lo mejor era una ducha y a disfrutar de la refrescada.

Seguí mi camino y en la playa del muelle me crucé con otro joven guardavidas.

Me comentó que Quintín se había preocupado por mí.

Que me había perdido de vista y que estaba asustado.

Me contó que para tranquilizarlo se puso los prismáticos y que cuando me vio yo iba nadando por el Solmar.

Nos reímos de mi pequeña aventura y volví a casa.

El Osi me recibió feliz y me contó que ya se estaba preocupando de nuevo.

Baño reparador, segundo desayuno con oolong y frutas secas y a escribir.

Una respuesta to “Bitácora de la hija de Neptuno (103)”

  1. saint jacob Says:

    ‘…Es el Tiempo
    lo que cargo Hoy…’

    …dijo Lebón…

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