Bitácora de la hija de Neptuno (102)

por Flavia de la Fuente

11 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: NO 28 km. Olas: 0,7 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 25′.

Hoy Quintín amaneció enfermito así que se quedó lejos del mar.

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Cuando se despertó Gabi, decidimos ir juntas a nadar por primera vez en la temporada.

Era un día horrible.

Ventoso.

Tórrido.

Mar marrón.

Viento del Noroeste.

Ese que pone de mal humor.

Fuimos igual las dos voluntariosas a la playa.

Decimos meternos al Norte del muelle.

Y nadar hacia el Sur, pasando por detrás del espigón.

Para Gabi es toda una aventura.

Según me recordó, ya lo habíamos hecho juntas un par de veces.

Aunque hoy era una aventurita.

Porque el muelle estaba seco, sobre la playa.

Nos metimos en el mar feo y frío.

Gritábamos como dos nenas con cada ola que nos mojaba.

Finalmente, después de rezongar durante 5 minutos, nos zambullimos.

Nadamos perpendicular a la costa durante un tiempo.

La idea era meternos unos cien metros adentro.

Para que no nos lastimen los pescadores del muelle.

Gabi me seguía obediente.

Pasamos muy rápido el muelle, porque había mucha corriente.

Y ahí empecé a nadar en diagonal hacia la costa.

Lo hice por Gabi, por si quería salir.

No quería que se asustara.

Yo nadaba con mi mayor fuerza.

Así me alegraba y se me pasaba el frío.

Iba y venía hacia dónde estaba mi amiga.

Nadamos un tiempo y Gabi me dijo que tenía frío.

Me pareció raro.

Yo soy la reina del frío.

¿Cómo va a tener frío Gabi?

¿Cómo se atreve?

Ella jamás salió del agua por eso.

Pensé que estaría cansada o asustada.

Me preguntó si yo quería seguir nadando y le dije que no.

Era cierto.

Quería volver a casa para ver cómo estaba el Osi.

Y tampoco quería cansarme mucho.

Habíamos nadado 25 minutos.

Está bien para una enfermera y ama de tres perras.

Salimos antes del Edén, a unos doscientos metros, calculo.

Y volvimos caminando muy rápido.

Con el viento NO en contra.

Gabi por la arena seca porque tenía frío.

Yo, por el borde del mar.

Con el viento NO y 26 grados, ni yo tengo frío.

En el camino me crucé con Leo, un amigo nadador.

“Qué feo que está el mar”, me dijo. “¡Cuánta corriente! Creo que hoy voy a nadar a la tarde, cuando la marea suba.”

Dejamos a Leo y seguí caminando junto a Gabi por la arena seca.

Llegamos a unos 50 metros del muelle y los pies comenzaron a quemar.

Y ahí hice otro de mis juegos favoritos.

Volar sobre la arena ardiente.

Correr como cuando tenía 11 años y jugaba al hockey.

Picar y dar pasos largos.

Casi no tocar el piso.

En unas 10 zancadas llegué muerta de risa al muelle.

Algo impensable en la vida normal.

Solo lo puedo hacer después de nadar.

Nos encontramos con Gabi en el muelle y volvimos a casa.

Yo me sentía radiante.

El pique final me cargó de una dosis de endorfinas extra.

En casa, baño de sol en el patio y el oolong con frutas secas.

Gabi también revivió.

El mar horripilante fue muy noble con nosotras dos.

Cuando volvíamos, me contó que en vez de nadar, en un momento dado se puso a flotar, se dejaba llevar por el agua, apoyada en el torpedo.

“Así cualquiera se muere de frío”, le contesté.

“¿Sabés por qué empecé a nadar en el mar?”, le dije.

“Porque me gustaba estar en el agua pero me moría de frío.”

Y así fue cómo me convertí en la hija de Neptuno.

Empecé a nadar seriamente en la canaleta, como si fuera una pileta.

Entrenaba todos los días.

Y cada día más.

Nadaba y nadaba.

Hasta que un día, un guardavidas, Fabían, me dijo que me comprara un torpedo y que me hiciera a la mar.

Y así empezó todo.

Por el frío.

Con Gabi jugamos casi 27 años al tenis juntas.

Desde los 18 hasta los 45, cuando me vine a vivir a la costa.

A veces ganaba ella, a veces yo.

En los últimos años, siempre ganaba Gabi.

Ella tiene mejor técnica.

Yo era pura garra, pura pierna y reflejos.

Y eso con los años no rinde.

Pero jugábamos igual.

Y tomábamos clases los sábados con nuestro querido Lorenzo.

Hasta pasamos años de fobias mías horribles.

Y Gabi me tenía paciencia con mis aprensiones.

Muchas veces tuvimos que suspender partidos porque yo creía que me desmayaba, o cosas así.

Pero lo superamos.

Y nos divertimos casi treinta años pegándole a la pelota con todo el alma.

Ahora nos falta construir juntas un equipo de natación.

Que sea tan serio como el de tenis.

Lo estamos intentando hace muchos años.

Es complicado.

El mar da miedo.

El frío asusta.

Pasan cosas que uno no puede controlar.

Trasmallos, surfers, aguas vivas, olas, el torpedo, en fin, las cosas del mar.

Pero cada año avanzamos un poquito.

Hace falta perseverancia.

Yo tengo paciencia.

Soy la monja zen.

Algo me dice que este año lo lograremos.

Por primera vez, la noto decidida a mi amiga.

Un buen indicio es que empezamos la temporada pasando el muelle.

Foto: Gabriela Ventureira

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