Bitácora de la hija de Neptuno (101)

por Flavia de la Fuente

8 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: SE 15 km. Olas: 0,8 m. Nublado. Marea subiendo. Tiempo de natación: 15′.

 

9 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: NE 25 km. Olas: 0,6 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 38′.

 

10 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: NE 25 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 31′.

 

carpas

 

Se fueron todos. Quedé tan cansada que hace tres días que no junto fuerzas para escribir la bitácora.

Aunque nadé todos los días.

Pero lo hice con mi último aliento.

Llegaba a casa, me bañaba y me quedaba sin gas.

No podía escribir.

Tenía la mente en blanco.

Sentía una pereza descomunal.

Más bien, un agotamiento.

¿Será de tanto meditar?

¿De tanto respirar?

¿Estaré hiperventilada?

Porque nadando me siento fenómeno.

En el agua tengo aire, fuerza y alegría.

Ayer, ni siquiera me planteé escribir.

Sencillamente sabía que no podía.

Pero anteayer, lo intenté y escribí lo siguiente:

—————————-

 

Con el cumple de Quintín se terminaron las festividades 2016-2017.

Cristina fue la heroína de esta temporada, porque hizo los tres asados: Navidad, Año Nuevo y el cumple.

Y le salieron deliciosos.

Se fue con dos heridas de guerra.

Dos quemaduras en el brazo.

Es una amiga abnegada y sufrida.

Hoy empiezan las vacaciones.

Pero estamos muy cansados de tanto ajetreo.

Para colmo, el tiempo está feo.

Viento del Sudeste, cielo nublado.

Fui con Solita a explorar la situación y le dije a un guardavidas:

“En un rato vuelvo con el traje de neoprene.”

El hombre me contestó: “El mar hoy está frío.”

Yo lo miré con cara de “a mí me vas a venir a decir que el mar está frío, soy la hija de Neptuno que recorre los mares todos los días del año”.

Como si me hubiese leído el pensamiento, agregó: “No digo que esté frío como en invierno.”

Me reí y volví a casa, recordando orgullosa de mi pequeña hazaña del pasado invierno.

Le sugerí a Quintín que diéramos la vuelta al muelle, así no tomaba frío ni se cansaba mucho.

Y allí fuimos.

Pero en el camino, algo le pasó y pegó un grito de dolor.

No sabía qué era, si se había cortado o qué.

————————–

No me meto con lo que escribí anteayer.

Tengo miedo de bloquearme de nuevo.

A mí me encanta escribir después de nadar.

Lo necesito.

Es parte del entrenamiento.

Nadar y escribir.

Si no escribo me falta algo.

Me siento mal.

Me deprimo.

Me volví adicta a mis bitácoras.

Tanto como a la natación.

Pero nadar es más fácil.

Solo hay que juntar voluntad y tirarse al agua.

Al rato, ya sé que siempre estoy bien.

Escribir, aunque sea esta asociación libre que son mis diarios acuáticos, requiere de mucha concentración.

En el agua, la concentración viene sola.

Solo hay que darle tiempo.

Basta con tener paciencia.

La armonía llegará.

Y uno se sentirá como un pez en el agua.

Quizás sea lo mismo con la escritura.

David Lynch en su libro Atrapa el pez dorado dice que para lograr una hora de buena pintura hacen falta 5 horas de no hacer nada, de concentración, sin interrupciones.

Hoy miraba lo que filmé en Valdivia apurada el año pasado.

Estuve en un bosque maravilloso media hora.

Tenía que volver corriendo para ir al cine.

Me esperaba Quintín.

Filmé mirando la hora.

Todo contra el reloj.

Y, obviamente, lo que registré no sirve para nada.

Así no se puede.

Se nota el apuro.

Yo no logré estar ahí.

Creo que mi alma ni siquiera tuvo tiempo de llegar al bosque.

Y ya me tenía que ir.

¿Qué se puede filmar así?

Para hacer mi primera película, filmé como 4 meses.

Todas las mañanas, al amanecer.

Sola con la cámara y el mar.

Sin interrupciones.

Tiene razón David Lynch.

Lo cierto es que muchas veces no hay tiempo libre fuera del agua.

O uno no se lo sabe hacer.

En el mar nadie interrumpe.

En la tierra sí.

Por eso es tan maravilloso nadar.

Hoy cuando empezamos a nadar, Quintín me dijo: “¡Qué silencio!”

No se oían los gritos de la playa ni el ruido del pueblo.

Ni tampoco hay teléfonos, mails, carteros, ni nada de nada.

Todo queda en suspenso durante ese tiempo.

“Dónde vas a estar mejor”, me digo muchas veces cuando quiero dejar de nadar.

Y es cierto.

En ningún lado estoy tan bien como en el agua.

Soy la hija de Neptuno.

Un poco pescado, como me decía mi viejo hace 20 años en el Caribe.

El se dio cuenta de que yo tenía algo raro.

Yo me podía pasar todo el día con la cara en el agua haciendo snorkel.

Mirando los peces de colores.

Los corales.

Sin moverme.

Acostada sobre el agua tibia y transparente.

Inhalando y exhalando con el snorkel.

Como una monje zen.

En el agua no hay dolor.

Se olvida todo.

Solo está presente el frío.

Pero la lucha contra el frío tiene su mística.

El frío se pasa nadando más rápido.

Y cuanto más rápido nado soy más feliz.

Hoy íbamos con Quintín hacia el Sur.

El mar estaba bajando.

Recordé que hoy a la mañana había visto la boya a la altura del Edén.

Este año está más cerca y tiene una bandera amarilla y negra.

Nadábamos apaciblemente cuando avisté nuestro juguete favorito.

Volví nadando hasta donde andaba Quintín y le dije:

“Osi, ¡ahí está la boya!”

Yo sé que a mi marido esos juegos le encantan.

“Seguime que te llevo”, le sugerí.

Y así lo hicimos.

Es todo un tema agarrar la boya.

Porque si uno se pasa de largo perdió.

La boya queda atrás y es imposible agarrarla por la fuerza del mar que te arrastra en sentido contrario.

La boya estaba unos cien metros hacia el Sur respecto de nosotros.

Y unos 50 o 100 metros más adentro.

Mi estrategia fue la siguiente.

No nadé directamente hacia la boya en diagonal, que es lo que uno haría en la tierra, sino más bien en una recta casi perpendicular a la costa, un poco inclinada hacia el Norte.

Le di duro y llegué.

Lo esperé al Osi aferrada a la bandera.

Porque si la soltaba, ¡chau boya!

Y Quintín casi se pasa de largo.

De hecho pasó un poco y le costó volver lo andado y agarrarla.

Nadó y nadó.

Con todas sus fuerzas contra la corriente.

Cuando estuvo muy cerca, le estiré mi brazo y llegó a la boya.

Nos divertimos.

Pero estaría bueno que la boya estuviera más lejos de la costa.

Sería un poco más aventurero.

Nos reímos contentos de nuestra pequeña hazaña y decidimos salir.

En siete minutos volvimos a la orilla.

Y en la playa hacía frío.

Volvimos tiritando hasta casa.

Tomé el baño de sol en el jardín mientras Gabi sacaba fotos.

4 tazas de oolong, frutas secas, una banana y a escribir.

Hoy no estoy cansada.

Me siento bien.

¿Me habré iluminado?

PD: Para los que hayan leído la bitácora interrupta, les cuento que Quintín ese día se quemó el pie con un carbón que saltó de una de las parrillas que hacen choripanes en el muelle. El pobre tuvo mala suerte y lo pisó. Y se le hizo una ampolla tremenda pero igual fue a nadar. Hoy ya está mejor. Pero debo recalcar su heroísmo. Pese al dolor de la quemadura, no volvió a casa sino que nos metimos en el agua y dimos la vuelta al muelle nadando en un mar tormentoso. El Osi es un estoico. A veces.

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