Bitácora de la hija de Neptuno (100)

por Flavia de la Fuente

6 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 22 grados. Viento: N 25 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 20′.

 

7 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 27 grados. Viento: N 32 km. Olas: 1 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 43′.

 

Hoy es un día especial. Es el cumpleaños 66 de Quintín.

broches

Habrá un gran asado quizás bajo la lluvia y vendrán los amigos de siempre al festejo sanclementino.

Para darles la bienvenida a los 66, después de hacer las compras, salimos a nadar.

Nada mejor que nadar mucho y sentirse fuerte y poderoso para afrontar la tarea de soplar tanta velitas.

Hacía mucho calor, soplaba un viento Norte respetable y el mar estaba picado, divertido.

Nadamos hacia adentro, para pasar la segunda rompiente.

El agua hoy estaba más fría y había pocos manchones de agua tibia.

Cómo me cuesta empezar a nadar.

Si le hiciera caso a mi cuerpo, saldría a los 5 minutos.

Me costaba moverme y sentía mucho frío.

Pero sé que soy lenta en entrar en calor.

Que tengo que aguantar más de veinte minutos para olvidar las molestias y empezar a disfrutar.

Y así fue.

Una vez más.

Nadábamos con olas fuertes en contra.

Tragué mucha agua.

Subimos y bajamos por la superficie de un mar tormentoso.

Para colmo, los manchones de agua tibia eran escasos.

Creo que solo hubo tres.

Son tan deliciosos.

Son un mimo para el nadador.

Una palmada que nos da Neptuno para que sigamos adelante.

Nos costó mucho avanzar los primeros quinientos metros.

Yo tenía miedo que el cumpleañero quisiera desistir.

Pero al cabo de un rato, quedó claro que ninguno de los dos quería dejar de nadar.

Se nota por la manera de bracear.

Quintín lo hacía muy concentrado.

Y sin perturbar el ritmo.

Era una travesía dura y placentera a la vez.

Es que el agua tiene algo maravilloso.

No hay dolor.

No hay dolor en el cuerpo.

Tampoco en el alma.

El tiempo se suspende.

Solo se trata de bracear y respirar.

No hay nada mejor.

Llegamos hasta el Balneario Norte.

Este años es bastante notorio porque está lleno de banderas multicolor.

Era hora de salir.

Debo decir que ya me está cansando eso de tener el límite Norte en ese punto.

Me gustaría seguir más.

Es demasiado bello el paisaje.

Me gusta nadar mirando la nada.

La playa es virgen.

No hay construcciones, ni balnearios.

Solo pescadores, trasmallos y dunas bajas.

Creo que, con un poco de cuidado, podemos aventurarnos hacia allá.

Un poquito de aventura

Una mini aventura.

Que solo requiere de cuidado al salir.

Hay que mirar cuando uno está cerca de la orilla para no lastimarse con los trasmallos.

Nada más.

No es algo que no podamos lograr.

Y después volver caminando rápido es la gloria.

En la playa desierta, es una sensación especial.

Alguna vez lo hice con Mariana Falco, una nadadora infatigable.

Y me quedó un recuerdo imborrable.

Hoy volvimos a paso de soldado y nos sentíamos dos héroes.

Quintín me decía: “Hoy le dimos duro”.

Y tenía razón.

El masaje marino y bracear contra las olas es agradable pero cansador.

Llegamos al muelle eufóricos y nos encontramos con Gabi, que acababa de llegar de su caminata y chapuzón.

Volvimos los tres a casa y yo, como estaba muerta de frío, me di el baño de sol en el patio.

A los diez minutos se nubló, pero yo ya estaba mejor.

Lo que sí noté es que estaba palmada.

Me habría quedado dormida echada en la reposera.

Un dulce y reparador sueño.

Toda floja después del esfuerzo.

Pero se nubló y decidí ducharme y ponerme a escribir.

Ayer no tuve tiempo.

Y me puse muy mal.

Es un momento de soledad, de concentración.

Me pone nerviosa no poder hacerlo.

Pero tenía mil cosas que hacer y, como una buena monja zen, decidí vivir en el presente.

Ayer me tocaba hacer la chocotorta para Quintín.

Al mediodía, tuve que despedir a mi hermano que se volvía a Madrid.

Quién sabe cuándo lo volveré a ver.

Tristeza.

Y a la noche, la alegría de recibir a Gabi.

Muchas emociones.

Muchas tareas.

No pude hacer la bitácora.

Solo voy a decir que ayer, por mi culpa, nadamos solo 20 minutos.

El agua estaba tibia, caliente.

Pero afuera estaba fresco.

No me pude concentrar en el presente.

Todo el tiempo pensaba en el frío que sentiría al salir.

Y así no se puede.

No es digno de la hija de Neptuno.

Así que nadamos 10 minutos hacia el Norte y después volvimos nadando hacia el muelle.

No tuve mucho frío.

Pero tampoco mucha felicidad.

Me quedé con las ganas de nadar más.

Eso.

Que la pusilanimidad es pésima consejera en el agua.

Me deja deprimida.

Creo que aprendí la lección.

Más vale temblar como una hoja.

Correr, caminar, salticar, lo que sea, pero nunca abandonar.

¿Leyeron lo del ciclista de 105 años que batió el record de su categoría (más de 100 años) en un velódromo cerca de París al correr alrededor de 22 km en una hora?

Robert Marchand, así se llama el hombre, empezó a entrenar a los 68 años.

Hace una hora de bici fija todos los días.

Me dio alegría saber que se podía empezar a ser deportista esa edad.

Y convertirse en un atleta serio.

El cicilista francés es feliz tan como Santiago García cuando corre.

Y como Quintín y yo cuando salimos del mar.

Foto: Gabriela Ventureira

 

 

 

 

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (100)”

  1. Maximo Sica Says:

    hermoso.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias!

    F

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