Bitácora de la hija de Neptuno (99)

por Flavia de la Fuente

4 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 24 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: ONO 6 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 36′.

La temperatura del agua sigue subiendo, hoy alcanza los 24 grados.

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También aumenta la melancolía ambiente porque empiezan las despedidas.

Mañana se va Sandra.

Pasado, Lisandro.

Así que amanecimos todos bajoneados.

Desayuno con té Java, de Indonesia, y cata de aceites españoles que trajo Liso con el pan con tomate obligado.

Esperamos a Sandra y cuando estuvimos todos listos nos fuimos a nadar.

Les juro que hoy yo no quería.

Me daba frío meterme en el mar.

Estaba muy cansada.

No se me pasaba el sueño, porque dormí mal esperando al herrero que anunció que vendría temprano.

Hago un paréntesis para hablar del herrero Hugo, quien vino puntualmente.

Yo lo conocía, y solo sabía que era una persona que hacía muy bien su oficio.

Pero hoy vino con una bici muy espectacular marca Giant.

Quintín le preguntó qué virtudes tenía y Hugo le explicó con detalle y precisión.

Después dijo algo enigmático, como que le servía a la gente como él.

Le miré el cuerpo y vi una especie de Santiago García.

Magro, musculoso, sereno.

Con el correr de la conversación, nos contó que corría carreras de bicicleta.

Pero de esas largas, como el Cruce de los Andes, por ejemplo.

También nos contó, que ahora no podía hacer carreras que le demandaran muchos días porque tiene hijos.

Aunque, por suerte, su mujer también es ciclista.

Y se turnan para correr.

Todo lo que decía me remitía al libro de Santiago, Correr para vivir, vivir para correr.

 

También nos contó que antes hacía triatlón, pero que no era rápido en el agua.

Así que lo abandonó y se dedica a los deportes terrestres.

Tenía esa cara tan particular de los deportistas amateurs.

Ese aspecto de monje zen.

Tampoco toma alcohol.

Le di la bienvenida a la sangha y le dije que yo era nadadora.

Que me llamaba “la hija de Neptuno”.

Fue grato descubrir que hay todo un mundo de deportistas felices a nuestro alrededor.

Mundos que desconocemos en este pueblo tan pequeño.

Sé que hay muchos surfers, pero los que conozco no parecen tan felices.

Quizás porque acá las olas sean tan chicas.

Debe ser frustrante.

Y se necesite de mucho dinero y tiempo libre para ir en busca de las olas de verdad.

Volviendo al tema del deporte, creo que es el mayor productor de felicidad que existe.

Ser un gran científico que está por descubrir la cura del cáncer debe ser apasionante.

O un artista sublime, que vive en estado de inspiración.

Pero, el deporte, está al alcance de cualquiera.

No hace falta ser un genio.

Solo se necesita voluntad, tenacidad y simplemente hacerlo.

Correr puede cualquiera.

Es gratis.

Se puede correr por los parques.

Por las calles.

Solo hay que decidir hacerlo todos los días.

Es lo más democrático que hay.

No importa si uno es lento o rápido.

Porque se compite con uno mismo.

O directamente no se compite, solo se corre por el placer de correr.

Por ejemplo, la época más feliz de la vida Quintín fue cuando eligió árbitro de fútbol.

Entrenaba mucho, corría varias veces por semana.

Y viajaba los fines de semana para dirigir partidos por todo el país con sus compañeros.

No solo era interesante el partido en sí, sino que después venían las charlas interminables de árbitros.

Hablaban de cómo mover los brazos para correr, del reglamento, de cómo había actuado cada uno, en fin, que eran horas de una lata insoportable para cualquier outsider.

Pero para ellos era una conversación sublime.

Hablaban y hablaban hasta el amanecer.

Nunca vi un grupo tan unido y tan feliz.

Volviendo a la natación del día, hoy braceamos a un ritmo parejo y firme.

Quintín nada a ritmo constante y buena velocidad.

Sandra también.

Así que de nuevo fuimos los tres juntos hasta el Balneario Norte.

Cuando salimos del mar, con cuidado para que no nos lastimaran las olas, con Sandra descubrimos que estábamos llenas de un barro pegajoso.

Lo frotábamos y no salía.

Sandra parecía la mujer barbuda del circo.

O una especie de monito, porque el barro se pegaba al vello del cuerpo o a su bello cuerpo, como prefieran.

Seguramente yo estaba igual.

Pero, por suerte, no me veía.

Nos metimos varias veces en el agua para lavarnos y nada.

No sé por qué me tenté y no podía parar de reírme.

Sandra me dijo que Quintín debía estar igual.

Lo fuimos a ver y tenía toda la barba marrón.

Yo me reía como una poseída, no me pregunten por qué.

Entre el frío y las convulsiones de la risa estaba al borde del colapso.

Quintín dijo: “Quizás sea algo tóxico”.

Su frase fue fulminante.

La risa se me pasó ni bien terminó de pronunciar la última palabra.

Mi marido me dio el torpedo y se metió en el mar para tratar de sacarse el musgo o lo que fuera esa chanchada indeleble.

Apareció Liso que venía de su caminata y nos dijo: “Quizás sea bosta de caballo”, que abundaba en la orilla del mar.

“Noo”, le dijimos. “Eso se lavaría fácilmente”.

Seguimos caminando rápido y pensando en qué sería ese menjunje pegajoso.

Nos cruzamos con unos guardavidas jóvenes y alegres que conocíamos de otros años.

Los deseamos Feliz Año Nuevo y les comentamos lo del menjunje.

Y nos dijeron que a ellos les había pasado lo mismo.

No sabían qué era.

Uno aventuró que quizás fueran las noctilucas.

Esas maravillas que se ven durante las noches sin luna.

Molestos por el día pesado y la piel sucia, volvimos a paso raudo a casa.

Me di una ducha maravillosa, a conciencia, solo pensando en mi objetivo de sacarme la mugre de encima, para que mi alma quede bien limpia, como me enseñan en mi monasterio.

Faltó que me pasara un cepillo para sacarme todo el moho de encima.

Me sequé bien, me tomé mis tres tazas de oolong y acá estoy, con mi bitácora.

Mis hermanos hablan a mis espaldas.

No paran con el twitter.

Hacen un zapping tremendo.

Mi maestro zen dice que eso hace muy mal.

Y lo cierto es que me desconcentran.

Pero también me alegra que estén acá.

Mejor no les digo nada.

En un par de días se van.

Y los voy a extrañar.

Foto: Sandra de la Fuente

 

 

 

 

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