Bitácora de la hija de Neptuno (97)

por Flavia de la Fuente

1 de enero

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 23 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: ONO 19 km. Olas: 0,4 m. Nublado y lluvias. Marea subiendo. Tiempo de natación: 30′.

Acá estoy, nadando en 2017, aunque me parezca increíble el número.

sandra1bis

Para quien le importe, les anuncio que 2017 es un año primo.

O sea, que solo es divisible por 1 y por 2017.

El próximo será 2027.

Creo que eso solo nos importa a Quintín y a mí.

No quiere decir nada.

Solo que es un número primo.

Anoche, antes de dormirnos tratamos de hacer la cuenta mentalmente y nos quedó la impresión de que era así.

Pero hoy Liso lo verificó con un toque de Google.

Hoy cualquiera puede saber si un año dado es primo.

Quedé cansada de la noche vieja, drogando a mis tres perritas y ayudando con el asado accidentado de ayer.

Pero todo terminó bien.

O mejor de lo previsto.

Comimos en el jardín.

Brindamos.

Miramos los malditos fuegos artificiales.

Gozamos de las flores y nos sacamos fotos contra el jazmín blanco que está muy perfumado.

Las perras sobrevivieron, aunque Ella se puso muy nerviosa cuando estallaron los festejos.

Cristina que se había quemado con la parrilla pero hoy está perfecta.

Pero yo quedé agotada.

Como supongo que amanecieron agotados hoy casi todos los seres humanos del planeta.

Y eso que yo no tomo alcohol.

Ni como mucho.

Pero me pesan en el cuerpo las emociones pasadas y la trasnochada.

Pese a todo, de puro disciplinados, partimos con Sandra, Lisandro y Quintín hacia el muelle.

Otro día de mucho calor.

Liso se fue a caminar y nosotros nos metimos en el agua.

Que estaba helada.

O teníamos el cuerpo demasiado caliente.

Las olas eran ordenadas.

Y una vez pasada la rompiente, el mar parecía un lago.

Hoy me costó mucho entrar en ritmo.

Me sentía gateando en un mar frío y calmo.

Me costaba respirar y bracear.

Me molestaba el agua tan fría.

Por suerte, de a ratos venían esas maravillosas oleadas de agua caliente.

Y ahí me sentía un bebé en el útero materno.

En el agua tibia, braceaba suavemente, casi me dejaba llevar por el mar.

Volvía el agua fría y seguía gateando.

Quería volver pronto al dulce líquido amniótico.

Pero no tenía fuerzas para apurarme.

Así iban las cosas.

Era una natación rara.

Para sacudirnos la resaca del 2016.

En un momento dado, a los 15 o 20 minutos, me empecé a despertar y me vinieron las ganas de bracear fuerte.

Lo único que me perturbaba era que Sandra nadaba como cien metros atrás y muy cerca de la costa.

La miraba, le hacía señas y no me prestaba atención.

Pero se la veía tranquila.

Nadaba concentrada y con regularidad.

Y, además, llevaba un torpedo.

Pensé que quizás quería nadar cerca de la costa porque se venía una tormenta.

Ella es una madre de dos adolescentes.

Un ser prudente, pensé.

Quintín y yo nadábamos juntos como dos delfines, con la idea de seguir hasta el fin del mundo, cuando, de pronto, se largó un chaparrón.

“Llueve, Osi”, le dije.

“Me parece razonable salir”, agregué.

“Está lindo”, me contestó.

“Pero tenés razón. ¿Cuánto nadamos?”

“Casi media hora”, le dije. “Me parece que está bien para el primer día del año.”

“Mejor salgamos, es suficiente por hoy”, me contestó Quintín que ayer le dio duro durante la cena tanto al asado como a las bebidas.

Salimos en el Solmar y mientras nos acercábamos a la costa la lluvia disminuía.

Pero se oían truenos.

Sandra estaba parada en la orilla esperándonos.

Nos contó que como no ve nada nos había perdido, que salió para buscarnos y que justo se largó a llover.

Volvimos los tres caminando rápido y rascándonos la nariz.

Algo muy raro.

A mí me picaba mi nariz y lo comenté.

Y a mis dos compañeros les pasaba lo mismo.

Según Sandra eran unas mosquitas que molestaban lo que nos daba alergia.

No lo sé.

Para mí era algo del agua de mar.

Volvimos al muelle rascándonos sin parar.

Es algo extraño, pero fue así.

También pensamos en Liso que andaba caminando por la playa.

Nos asustaba la tormenta.

Por suerte, al llegar al muelle apareció también mi hermanito menor.

Así que volvimos todos contentos a casa.

Yo hoy estaba muerta de frío.

Tomé un ratito de sol, hasta que se nubló.

Cambié entonces el baño de sol por una ducha hirviendo.

Oolong de rigor, banana y nueces.

Y ahora estoy fenómeno.

No tengo ni frío ni calor.

Ni hambre.

Ni sueño.

Estoy bien.

Zen.

En el muelle nos cruzamos con un monje budista.

Me asustó.

En realidad no sabemos qué era, pero se trataba de un señor hindú con barba y todo vestido con un traje de un anaranjado rabioso.

Yo dije: “El no es de mi secta. Me da miedo.”

La gente uniformada o disfrazada, aunque sea de hindú, me da rechazo.

Yo soy una monje sin hábito.

Porque el hábito no hace al monje.

Más bien lo deshace.

No sé si les pasará a todos.

Para mí es duro sobrevivir a las fiestas.

El 7 de enero nos queda el gran asado del cumple de Quintín.

Y antes Reyes.

Y la despedida de Liso y Sandra.

¡Socorro!

Demasiadas emociones otra vez.

Mi hermano vive en España y nunca sé cuándo lo volveré a ver.

Y Quintín cumple un montón de años, 66 para ser exactos.

Por suerte soy la monje budista.

Inhalo y exhalo.

Y lavo y lavo sin cesar.

Foto: Sandra de la Fuente

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (97)”

  1. lucas Says:

    Muy lindo post, Flavia. Te pica la nariz en grupo y te cruzás con un monje budista en el comienzo de un año número primo. A mí no me pasan esas cosas.
    Muy feliz año.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Me hiciste reír, querido Lucas.

    Muchas felicidades y a ver si nos cruzamos alguna vez en este año!

    Besos desde San Clemente,

    La hija de Neptuno

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