Bitácora de la hija de Neptuno (94)

por Flavia de la Fuente

29 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 26 grados. Viento: NNE 22 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 36′.

Calor de mil demonios.

nena

Y, para colmo, amanecí un poco mareada.

Pero la natación no se suspende por mareos ni por vértigo.

Se nada igual.

Para ese mal, nadar o no nadar es lo mismo.

Además, mientras nado me siento bien.

Y cuando camino también.

A las 10 de la mañana acompañé a Quintín a nadar.

Como me asaba, lo esperé con las piernas en el agua, para refrescarme un poco.

Quintín nadó 16 minutos, porque según cuenta, en un momento se desconcentró, perdió el ritmo y decidió salir.

Volvimos a casa bajo el sol ardiente y me dispuse a esperar a mi hermana Sandra y a Simón, para ir a nadar los tres juntos.

A eso de las 11.30 apareció Sandra sola.

No hubo caso de mover del hotel a su hijo de 17 años.

Le dolía la espalda y supongo que el alma también.

Como a todos los adolescentes.

Y como a los viejos como nosotros.

Pero nosotros sabemos que con quedarse encerrados no ganamos nada.

Más bien perdemos.

Pero Simón no lo sabe.

Es un rebelde sin causa.

Se aburre.

Qué embole estar en una casa con 5 viejos y 3 perras.

Y para colmo que lo hacen nadar.

Así que abandonamos a su suerte al joven sufriente y fuimos con mi hermanita al mar.

Nos metimos lentamente en el agua fría y nos pusimos a nadar.

Sandra, como ya dije, es una gran nadadora.

Tiene un ritmo constante y no se cansa nunca.

Ni tiene frío.

Hoy nadamos bastante cerca de la orilla, porque yo hoy no estaba para grandes hazañas.

Pero estuvo bueno.

A los 5 minutos me empecé a sentir bien y olvidé el mareo.

Como el agua estaba bajando, braceamos hacia el Sur.

Venían corrientes tibias que eran un deleite.

También corrientes heladas que eran de terror.

Cuando llegaba el agua gélida yo apuraba el ritmo.

Le daba duro hasta toparme con la oleada de agua caliente.

En ese momento, sonreía por la grata sorpresa y nadaba con suma lentitud.

Hasta que volvía el agua fría.

Y me apuraba de nuevo.

Era un juego divertido.

Así nos fuimos alejando del muelle.

Pasamos el Fontainblea, el Edén.

Y llegamos casi hasta el Edificio Santos Vega.

Casi a 1,6 km de casa.

Sandra me dijo que le parecía razonable salir.

Tenía miedo de insolarse en la caminata de vuelta.

Eran las 12.40 del mediodía.

Y su segundo día de playa.

Así que salimos y volvimos a buen paso hasta el muelle.

Me divertía tener frío en un día tórrido.

Tenía tanto frío que me di un baño de sol en el patio, aunque apenas de 5 minutos.

El leve mareo continua, pero estoy más contenta y tranquila.

Tres tazas de oolong, frutas secas y una banana y me siento genial.

Con el que no lo logro es con Liso.

Quiero sumarlo al swimming team pero no hay caso.

El también es un buen nadador.

Pero es como Solita.

Eso de nadar en el mar le da aprensión.

Mejor respetarlo.

Aunque para mí es un bebé, ya tiene 42 años.

Que camine y camine para aligerar su alma.

Cada uno busca su manera.

Cuando volvió de su caminata de 2 horas y media, por lo menos, me dijo que se había dado tres baños de mar.

Que estaba cansado.

Y contracturado.

Ahora mejor hablo bajito.

Liso duerme a mis espaldas.

Me parece que se le fue la mano.

Suena el teléfono.

Es Sandra.

Simón se va mañana de vuelta a la ciudad.

Se hartó de los vejestorios.

Decidió seguir aburriéndose en Buenos Aires.

Me tendré que contentar con mi glorioso swimming team de veteranos.

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