Bitácora de la hija de Neptuno (92)

por Flavia de la Fuente

27 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: E 16 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 26′.

Yo también quiero ser nadadora, como Santiago es corredor.

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Aunque ser nadador es más complicado.

No siempre hay un mar cerca.

Si lo hay, nado.

Nado siempre en el Festival de Mar del Plata, nadé en el lago de Locarno, en Acapulco en una semana de cine francés y en las islas Canarias.

La pileta cerrada, en general, me hace mal.

Al principio, cuando iba a Buenos Aires por un mes, lo primero que hacía era ir a la pileta de mi gimnasio.

Pero el cloro me aniquila.

Nunca pude nadar en piletas cerradas.

Yo no entendía por qué podía nadar en las piletas abiertas durante el verano sin ningún problema.

Pero en invierno debía interrumpir mi entrenamiento, porque el cloro me daba una alergia tremenda que me daba estornudos y después bronquitis.

Es la historia de mi vida.

No hubo invierno que no lo intentara, porque toda mi vida amé nadar.

Hace unos años me enteré de que el cloro es tóxico, pero no en el agua, sino en el aire.

Lo que hace mal es inhalar cloro, que es lo que hacemos en las piletas de invierno.

Según leí, en Estados Unidos el cloro está prohibido para las piletas.

Y en Europa hay muchas sin cloro.

Pero en Buenos Aires, todavía no encontré ninguna sin cloro.

Si alguien conoce alguna, me hará feliz.

En fin, que con tantas restricciones se me hace difícil nadar todos los días de mi vida.

Aunque nado muchos, casi todos.

Hoy fuimos con Quintín de nuevo al mar.

Estábamos cansados porque habíamos llevado el auto arreglar en el camión del ACA.

Bajón.

No anda nuestro auto.

Era de mi papá.

Tiene 20 años y lo queremos mucho.

Pero no da más, el pobre.

Nos tiene tristes ese asunto.

Volvimos de dejarlo en el mecánico y al rato fuimos a nadar.

Q me dijo: “Hoy entro y salgo. Vos seguí nadando sola. Estoy muy cansado.”

“Ok”, le contesté.

Y me puse mi traje de triatlón para salir lejos de casa y no tener frío al volver.

Los trajes me resultan muy protectores.

Aunque el agua estaba tibia.

Ya no hacen falta los neoprenes.

22 grados la temperatura del agua.

Y transparente.

Olas suaves.

Una ensoñación tropical.

Nadamos cuatro minutos hacia adentro y después fuimos hacia el Sur.

Me di cuenta de que Quintín no iba a parar hasta el Edén.

Y así fue.

No se iba a perder algo tan hermoso.

Se lo veía nadar con confianza y solidez.

A todo vapor.

Cuando llegamos al Edén, oí su grito: “¡Llegamos! ¿Cuánto nadamos?”

“22 minutos”, le contesté.

“No puede ser”, me discutió.

Pero era así.

“¿Y si nadamos 5 más?”, sugerí temerosa.

“No, ya me cansé”, fue la respuesta rotunda de mi compañero.

Tardamos 4 minutos en salir.

Yo nadé bien en diagonal para evitar que las olas me tomaran de sorpresa.

Me da miedo que me rompan en la espalda.

Está bueno eso de la salida en diagonal.

Así que salí casi 100 metros más al Sur que Quintín.

Volvimos caminando por una playa anchísima, la marea estaba bajando.

La pista era firme para caminar.

“Qué día glorioso. ¡Qué privilegio!”, decía Quintín mientras volvíamos al muelle.

Yo me había quedado con ganas de nadar.

Y pensé en meterme de nuevo al Norte del muelle y nadar un rato más.

Pero recordé que hoy vienen mis hermanos y mi sobrino.

Que hay que hacer las compras.

Preparar el agasajo.

Y no estar hecha una zombie a la noche.

La vida de familia conspira contra el deporte.

Pero desde mañana, seremos más deportistas, mis hermanos se sumarán.

También me di cuenta de que debo abandonar el traje de neoprene definitivamente hasta marzo.

Salvo en los días de tormenta.

Porque el frío es parte de mi goce como nadadora.

Hoy no sentí nada de frío.

Y lo extrañé.

No estoy nada cansada.

Es como si no hubiese nadado.

Me falta la gran tiritada.

Si hubiese nadado en bikini, habría vuelto temblando durante toda la caminata.

Y eso me hace bien.

Es parte del asunto.

Ahora estoy tan descansada y relajada que me estoy por poner a bailar con el reggae que viene de arriba.

Y a la tarde, cuando termine mis tareas domésticas, sigo con el libro de Santiago García.

 

 

 

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (92)”

  1. GabrielaV Says:

    Muy buena!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi!

    Besos y me voy a nadar!

    F

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