Bitácora de la hija de Neptuno (91)

por Flavia de la Fuente

26 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 22 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: ESE 26 km. Olas: 0,7m. Nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 21′.

En Navidad descansamos de la natación.

soliyamigos

Aunque, en realidad, fue un descanso obligado por la tormenta.

“¡Gracias, Adolph!”, gritamos ayer Q y yo, como los niños en Hope and Glory.

Aunque a mí ya no me sirve agradecerle a Adolph.

Una vez más, creía que estaba bien.

Que me haría muy bien un día sin mojarme.

Y disfrutar de una apacible Navidad.

Me tiré en la cama y seguí leyendo las aventuras de Santiago García, que cada día me fascinan más.

Y me ponía a llorar con cada relato de sus maratones, ultramaratones o 10 km.

También me ponía nerviosa.

Se me enfriaban las manos por la adrenalina.

Algo no estaba bien.

Entonces, apenas paró de llover, salí a caminar con Solita.

Y lo hicimos muy rápido.

Apenas 3 km, pero a mi máxima velocidad de caminata en la arena.

Me sentía feliz.

Había vuelto a la vida.

El aire fresco del Sur y la caminata contra el viento me habían vivificado.

Almorzamos contentos y me tiré de nuevo con el libro de mi amigo el runner.

Es increíble la emoción que trasmite.

Y la envidia que me da.

Nunca podría ser Santiago García.

Y querría serlo.

Para colmo, lo conozco.

Y sé que superó muchas taras para llegar a ser como es.

A él le daba pánico cruzar el puente de Avellaneda en colectivo, no sé por qué.

También tenía terror de los aviones.

No era nada sociable, como yo.

Una vez, cuando fuimos al Festival de Mar del Plata en el 96 o 97, le di un Xanax para que pudiera viajar en avión.

Le dije: “Tomate medio. Si a la media hora no te hace nada, podés tomarte medio más y chau. Nada te va a pasar.”

Santiago me hizo caso y me contó que después durmió 24 hs seguidas.

En fin, pero ahora no le tiene miedo a nada.

O quizás sea solo corriendo.

Como me pasa a mí en el agua.

Quizás su rutina lo proteja.

Y se vuelva Superman solo mientras corre.

Y esa idea lo sostenga.

Es como que creó una forma de vida en torno del entrenamiento, las carreras y los viajes.

Un sistema de vida perfecto.

Correr, viajar, amar.

Felicidad plena.

En el sistema de Santiago, no parece haber lugar para la tristeza ni para el miedo.

A mí me pasa un poco lo mismo con mis pequeñas aventuras.

Pero el hechizo se esfuma cuando me voy a dormir.

En realidad no cuando me voy a dormir, porque los nadadores nos dormimos como troncos.

El problema es el despertar.

Me levanto mal, como si no supiera que al ir a nadar va a arreglar todo.

Solo tengo que cruzar la calle y ponerme a bracear.

Y todo volverá a ser fácil y fluido.

Sigo sin entender cómo mi cerebro no aprende eso.

Es tan simple.

Yo lo sé, pero mi cuerpo no.

Y el cuerpo manda.

O al menos me manda a mí.

Misterios de los neurotransmisores.

Quién sabe.

Por suerte, mi cerebro, con sus últimas fuerzas, cada mañana toma la batuta.

Y le ordena a mi cuerpo destruido que debe ir al mar.

Y mi cuerpo obedece cada día sin protestar, o protestando poco, y se moja en el mar.

Hoy volvimos al agua con Quintín y nadamos 21 minutos juntos.

El mar estaba delicioso.

Parecía frío, aunque la tabla indica que está a 22 grados.

No lo puedo creer, ¡22 grados!

Pensar que me metía con 10.

Y hoy me parecía fría.

Qué rara que soy, madre mía.

Por suerte, me había puesto mi traje de neoprene de verano porque no había sol.

La sola idea de saber que soplaba el viento del Sur me hacía tiritar.

Como ando muy cansada, hoy nadé tranquila.

Al principio, íbamos codo a codo con Quintín.

El quiere que yo nade a su izquierda, si vamos para el Sur.

Y así lo hicimos.

Faltaban dos horas para que cambiara la marea.

El mar estaba bajando.

Y no avanzábamos mucho que digamos.

Pero el agua estaba deliciosa.

Olas amables, gris el cielo y gris el mar.

El paisaje gris es uno de mis favoritos.

Me emociona.

Me parece suave y delicado.

Le dije a Quintín: “Me parece que podríamos volver nadando al muelle. Creo que hoy se puede.”

Probé y le dije:

“¡Sí, se puede!”

Así que volvimos nadando felices hasta el muelle mismo.

Una natación breve pero intensa.

Porque de a ratos, como tenía frío, nadé muy fuerte.

A lo más que puedo.

El ejercicio duro me hace bien.

Me da felicidad.

Y después quedo cansada.

Pero contenta.

Serena.

Me gusta ese cansancio.

Nada que tirarme un rato no calme.

Quintín sigue escuchando música casi todo el día.

Hoy le pregunté qué era, porque lo que bajaba por el tubo de la escalera era maravilloso.

“Charlie Parker”, me contestó.

Mañana llegan más visitas a casa, todos mis hermanos y mi sobrino Simón.

Me da mucha ilusión recibirlos.

Además, Sandra es una gran nadadora.

Vamos a poder nadar mucho juntas.

¡Feliz Navidad!

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