Vale un Perú (2)

por Carlos Cossi

Segunda parte de una nota extraordinaria, que da vuelta la politología como la conocemos.La primera parte aquí.

Uno. Vergara resultó ser todo un hallazgo. Se trata de uno de los últimos exponentes de una raza de analistas en extinción, aquella que incluía tipos como Wolin, Dahl, Crick, Lechner o Lefort, por nombrar solo la delantera. Leerlo me permitió por un momento renovar inesperadamente la loca idea de que la ciencia política tiene algún futuro.

88-ventanas-de-colores

El hombre, además, cae simpático de entrada. En “Ciudadanos sin República. Cómo sobrevivir en la jungla política peruana” (Planeta, 2013), el libro de notas en periódicos y revistas que me recomendó el amigo peruano, se lee debajo de su currículum: “Mientras nadie le pague por ir al cine, tocar guitarra o jugar fútbol seguirá dedicado a la ciencia política.” Entretanto, en la foto aparece con una remera que reza “Keith Richards for President”.

Lejos de una pose, o una impostura progre juvenil estilo Boudou/Kiciloff, —ver sino el muy buen artículo que escribió en El Comercio sobre los 50 años de Like a Rolling Stone de Dylan— la presentación es una buena sinopsis del tipo de escritura y de aventura intelectual que contiene el libro. Justamente, sin dejar de reconocer sus aportes al conocimiento de los sistemas políticos, Vergara no cae en la defensa corporativa de la ciencia política ni se considera un gurú científico. Tampoco se propone desentrañar de una vez por todas las causas finales de los fenómenos políticos sin, además, ponerse a prueba en el proceso. La impresión que queda es que Vergara duda, pero sobre todo que quiere entender y justificar antes que probar o revolucionar. “Además de correlaciones estadísticas, hace falta hermenéuticaafirma.

Vale decir que no se trata de la hermenéutica academicista, más cerca de la exégesis y de la técnica que de una comprensión abierta y pública inseparable del diálogo, el debate y la provocación bien entendida. Es que a diferencia de la mayoría de sus colegas, Vergara no se anda con eufemismos. En una acertada defensa de las viejas pero actuales columnas de Vargas Llosa por desplegar la vieja convicción de Octavio Paz: que las dictaduras blancas o rojas son todas negras afirma que el rechazo al novelista en ámbitos universitarios se debe a que “el último estalinista morirá en una Universidad Latinoamericana”. Entrevistado a raíz de la salida de su libro más reciente La Danza Hostil (Instituto de Estudios peruanos, 2015) sostiene que Velazco y Fujimori son mucho más parecidos de lo que suele creerse: Los dos parten de un ánimo centralista y autoritario que sin ningún disimulo desmanteló las organizaciones, elites e instituciones que le daban voz a la regiones. Hubo un esfuerzo deliberado por convertir el sur en una zona sin reflejos. En otra columna de Ciudadanos…, refiriéndose al avance de los populismos de derecha y de izquierda en Perú años atrás con el crecimiento electoral de Keiko Fujimori y Ollanta Humala, habla de golpe de Estado Electoral, algo que pone los pelos de punta a la mayoría de los politólogos en ejercicio, como pude comprobar cuando lo cité entusiasmado frente a algunos de mis perplejos colegas.

En suma, frente a la ceguera con respecto a las tendencias antipolíticas, frente al culto suizo de la equidistancia y la defensa a capa y espada del minimalismo democrático –si hay elecciones hay democracia- que hace de Maduro y antes de Chávez imposibles demócratas, en fin, frente a la confusión entre alarmismo y alertas genuinas, Vergara cita a Dylan “It´s not dark yet, but it´s getting there”. Y termina afirmando algo demoledor que aplica con variaciones y mínimas excepciones más allá del Perú: “Este régimen político y económico que combina democracia y economía de mercado lo apoyamos solo una minoría y ha sido puesto de rodillas (…) Más del 50 por ciento del electorado peruano ha rechazado esta ‘democracia con mercado’ a través de dos opciones populistas y descreídas de las instituciones (…) Para ponerlo en simple, quienes repudian el régimen han ganado en primera vuelta. Esto es una suerte de ‘golpe de Estado electoral’, en la medida en que la ciudadanía se ha manifestado abrumadoramente a favor de las candidaturas que son valoradas por resolver los problemas a patadas y sin detenerse en consideraciones institucionales. Cuando haga falta –ojalá no ocurra–, es el electorado que apoyará un gobierno autoritario.” Lejos de la misantropía y del elitismo, el pasaje citado se parece más a una impostergable interpelación al nosotros ciudadano, que raramente los políticos ensayan. De hecho, Vergara discute con los politólogos cuando acusan de volatilidad al elector peruano, —al elector a secas— como si se tratara de un fenómeno natural o una tara idiosincrática desconectada de espacios y tiempos institucionales, de gestiones y señales: “llamar volatilidad a sus inestables preferencias es una forma de menospreciar la desesperación del ciudadano que está en busca de alguien que resuelva sus problemas concretos, los cuáles son constantes y estables”.

Dos. Si alguien tenía alguna duda, hoy está más que claro que, con mayor o menor éxito, fuimos testigos en buena parte de América del Sur de un progresivo y deliberado armado de un estado antidemocrático, al que Vergara llama el Leviatán populista”.

Hoy algunas cosas han cambiado y para bien. El triunfo de Macri en Argentina y de Kuscinsky en Perú indícan que el intento autoritario tuvo sus debilidades y que la ciudadanía todavía retiene ciertos instintos democráticos. De cualquier manera, en general, el balance en América del Sur, a pesar de sus luces, no deja de ser preocupante. La debilidad de los nuevos gobiernos democráticos es llamativa. El kirchnerismo y sus ambiguos herederos se mantienen amenazantes, lo mismo sucede con el fujimorismo en Perú. Brasil, por su lado, es una incógnita de la que se salva solo el poder judicial y el proceso de paz de Colombia no parece muy confiable.

El caso uruguayo tiene, como siempre, sus peculiaridades pero la situación es más grave de lo que parece, como suele suceder con todas las cosas graves en ese país. El país cuenta con mafias o pseudomafias enquistadas en el fútbol y en los servicios de taxis, además de una inseguridad generalizada. El Ministro del Interior, a pesar de su discurso triunfalista, se muestra superado por la situación, renuente a toda autocrítica y desprecia las instancias de control parlamentario. Uruguay, por otra parte, no ha logrado procesar con éxito reformas fundamentales como la del Estado y la Educación toca fondo. La mala administración de algunas empresas públicas lindando con la corrupción y la violación de ciertos límites constitucionales se suman a una capital, como diría Vergara, de ciudadanos sin ciudad. Montevideo es hoy una ciudad sucia, descuidada, dónde importan más los intereses corporativos que el bienestar ciudadano. La administración de la economía en manos de los sectores moderados del Frente ha garantizado un tratamiento prudente en términos macroeconómicos, en su momento algo razonable. Hoy es un indicador más de que el país —caro e ineficiente— no sabe a qué juega en el concierto regional y mundial. Sin contar al vicepresidente, un personaje orgulloso de un falso título que se dio el lujo de mentirle al parlamento, al Poder Judicial y lograr que su partido se sume a la impostura. Por último, a pesar de los esfuerzos, en algunos casos elogiables, en el campo de las políticas sociales, los mismos no han logrado disminuir significativamente la brecha social ni reformular la clásica dependencia de la sociedad del Estado. Tan es así que el empleo público sigue siendo hoy el bien más preciado, especialmente entre los jóvenes.

La última novedad va en consonancia con las tendencias mundiales nombradas antes. Se llama Edgardo Novick. Por primera vez en mucho tiempo aparece un outsider con cierta convocatoria y capacidad de disputar cargos. Mucha gente parece sorprendida, pero solemos olvidar que a Novick, directa o indirectamente, se le viene preparando el terreno desde hace tiempo y de diversas formas. Empezando por la ausencia de renovación en los elencos y agendas de los partidos tradicionales, pasando por reformas constitucionales concentradoras de poder (candidaturas únicas por partido, ballotage, intendentes empoderados), hasta el encumbramiento de una izquierda maniquea con un discurso entre refundacional y populista con toques estalinistas y tecnocráticos a la uruguaya —léase moderado cada vez menos por la tradición democrática—, salvo en economía en dónde aplica el viejo y algo arcaico libreto socialdemócrata. A lo anterior se suma que los últimos dos presidentes en tres períodos son figuras reacias a los partidos y a la negociación como Vázquez, o cultores de la espontaneidad calculada y relativista como Mujica. Al Igual que Vázquez —quién habla más con los escolares que con los partidos de la oposición— Novick, muy cercano al actual presidente, hace hincapié en la ejecutividad y desdeña el diálogo y la deliberación. Su partido se llama “Partido de la Gente” y hasta ahora no se le conocen prácticamente ideas y agendas. Casi como Mujica, que donó una parte de su salario como presidente, Novick hace un culto de la falsa austeridad y anuncia que, en la línea de Trump, no cobrará salario si es elegido para la primera magistratura.

Con algunas diferencias, el gran dilema uruguayo se parece al que tuvo Argentina antes de la última elección. Más allá de formatos y modalidades, ¿serán capaces la oposición tradicional y la minoría democrática del Frente Amplio de rescatar lo mejor de sus tradiciones y plantearle al país un estilo más generoso, asociado y ambicioso de hacer política?

Tres. Tal vez, lo único reprochable en el análisis de Vergara, la única reminiscencia de academicismo vacuo, es la referencia al populismo, típico comodín de batalla para no explicar nada pensando que se explica todo. Disculpe el lector la negrura, pero creo que el populismo es un bebé de pecho en comparación con lo que vemos todos los días, ya sea en el gobierno como en la oposición. En todo caso, ojalá me equivoque, el populismo es el ropaje de un personaje más siniestro que se llama neo totalitarismo, ya sea en su vertiente predominante, la estalinista, como en la incipiente fascista. Habría que detenerse a pensarlo mejor, pero me parece que su característica novedosa es que, valga el oxímoron, se trata de un extremismo autocontenido, encapsulado que, desautorizadas las utopías pesadillescas de siglo pasado, reconoce a regañadientes y por el momento un mínimo de cultura democrática como un dato folklórico de la realidad. Así es que la paradoja final mete miedo: al descartar la estrategia revolucionaria o golpista, al nuevo totalitarismo no le queda otra para ir ganando espacios de poder y cercenar libertades que apelar al arma por antonomasia de los moderados, el gradualismo. Paso a paso, en el llano o desde el poder, el golpe se siente menos pero el resultado final es el mismo.

La historia no está escrita y no soy muy afecto a las leyendas del fatalismo. Eso sí, si perdemos la democracia tal como anuncian las señales, es probable que esta vez se nos vaya como arena entre las manos. Por el momento, lean a Vergara, vale un Perú.

Foto: Gabriela Ventureira

4 comentarios to “Vale un Perú (2)”

  1. lalectoraprovisoria Says:

    Que yo sepa, esta es la primera vez que se señala que la discusión sobre el populismo encubre algo mucho más grave, que Cossi llama neototalitarismo. Dicho de otro modo, las orgas trabajan ahora como pacmans que van ocupando el poder con sus topos y sus movidas electorales. El objetivo sigue siendo el mismo: terminar con el Estado democrático liberal.

    Q

  2. Eduardo Reviriego (Daio) Says:

    El populismo es la cara simpática del totalitarismo, de ahí su peligrosidad. Peligrosidad que se agranda ante el temor que tienen los analistas de “ciencia política” en criticarlo, tratando de no quedar desubicados y fuera de onda.
    Una vez que se siembra la semilla del populismo -y por aquí ya hace más de 70 años lo que lo viene haciendo- es difícil exterminarlo totalmente, circunstancia que hace muy difícil la gobernabilidad. ¡Si lo sabrá Macri!
    PD: Espero que hayan leído el último libro de Tony Judt que apareció por aquí: Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Taurus. Barcelona. 2016. 1212 páginas. Imperdible-

  3. hugo abbati. Says:

    http://www.revistadelibros.com/blogs/torre-de-marfil/intelectuales-y-populismo

    Si hay ánimo, leerlo.

  4. janfiloso Says:

    Bravo Cossi, gran nota.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: