Bitácora de la hija de Neptuno (89)

por Flavia de la Fuente

23 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 25 grados. Viento: ONO 16 km. Olas: 0,3m. Nubes y sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 34′.

Sigo intentando madrugar y sigo claudicando.

Aunque hoy la mañana estuvo bien.

carro

Salí de la cama a las 8 y a las 8.50 estábamos con Solita en una playa hermosa, mojada por la lluvia y casi desierta.

Caminamos como una hora, inhalando y exhalando, yo.

Solita jadeando.

Silencio muy especial al borde del mar.

No había nada de viento.

Solo se oía el agua, las olas que rompían en la orilla y algunos perros y pájaros.

Placidez adorable.

Algo raro a esa hora del día.

Al menos para mí.

De pronto, un malestar me inundó.

Algo interrumpió mi paz interior.

Sentí una rara incomodidad.

Algo perturbaba mi serenidad.

Era como un ruido.

No me daba cuenta de si era algo interior o exterior.

Pero me molestó.

Me irritó.

De pronto, reconocí la fuente sonora.

Era un parador que tenía la música a todo volumen a las 9 de la mañana.

Maldije la polución sonora y traté de recuperar el sosiego matutino.

Ni bien sentí que se alejaba la música, pasó una grúa.

Ruidosa también la máquina.

¿Será porque soy una monja zen que no tolero los ruidos?

Antes no me pasaba.

Al menos con tanta intensidad.

Seguí caminando, respirando de manera consciente y recuperé la calma.

La pasamos bien con la perrita.

Al menos eso creo.

Habría que preguntarle a ella también.

Soli se peleó con sus congéneres, comió porquerías varias y se dio muchos remojones en el mar.

Y yo disfruté de mirarla.

¡Es tan linda y graciosa!

Caminé durante una hora con los pies en el agua y respirando.

Estuvo bueno.

Cuando volvimos a casa, Quintín ya se había despertado y tomamos el segundo desayuno.

En el ínterin, nos enteramos de las muertes de Laiseca y de Rivera.

Creo que las malas noticias afectaron mucho a Quintín, porque parecía decidido a nadar seriamente.

O sea que necesitaba anestesiarse.

Y, efectivamente, hoy nadó mucho.

Nos metimos al Norte del muelle, con la idea de nadar a favor de la corriente, o sea, hacia el Norte.

Me cuesta meterme en el mar sin el traje.

Da mucho frío.

Pero me tengo que acostumbrar.

Hacen 25 grados y el mar está a 21.

Lo mío es pura aprensión.

O falta de hábito.

Me fui mojando de a poco.

Al cabo de unos 5 minutos, logré vencer los chuchos y me zambullí.

Nadamos hacia adentro y, cuando me pareció que ya estábamos a una distancia respetable de la costa, empezamos a bracear hacia el Norte.

Venían unas olas en contra insoportables.

Bah, en realidad, a mí me encanta subir y bajar contra las olas.

Pero pensé que mi marido así se me iba a cansar.

No sé por qué se cansa, pero las olas en contra siempre le resultan hostiles.

Así que, de pronto, se me ocurrió sugerir un cambio de rumbo, ya que además de las olas en contra, no avanzábamos nada.

El mar recién estaba empezando a subir.

Me pareció que se podía nadar en las dos direcciones.

“Osi, ¿y si nadamos hacia el Sur, contra la corriente, y pasamos el muelle? Me parece que va a ser más agradable.”

Así lo hicimos.

Tal como lo preví, tampoco se avanzaba mucho hacia el Sur pero la travesía resultó muy apacible.

Quintín nadaba feliz de la vida.

En un momento me preguntó cuánto tiempo había pasado.

Miré el reloj y le dije que 14 minutos.

“¡Sigamos, entonces!, me respondió canchero.

Cuando ya nos acercábamos a la media hora, me dijo que ya era tiempo de salir.

Ahí le sugerí otro cambio de planes.

Y si ahora intentamos volver nadando hacia el muelle.

Estábamos a nada, a 150 metros.

El agua, ahora tiraba con decisión hacia el Norte, como corresponde a la marea creciente.

Así que sin ningún esfuerzo llegamos al muelle y salimos a la costa.

Yo estaba muerta de frío.

En realidad, tuve frío todo el tiempo.

Y eso que nadé haciendo mucho esfuerzo para entrar en calor.

No lo logré.

Pero me divertí braceando con mucha intensidad.

Quintín estaba feliz porque había batido otro record, 34 minutos de natación, y no se sentía cansado.

Volvimos contentos a casa, comentando nuestra pequeña aventura.

Ducha hirviendo para mí.

Oolong con almendras y pasas de uva.

Y bitácora con Solita a mis pies.

Ya no tengo frío.

Todos los días me olvido de que mi tratamiento contra el frío en verano es tomar sol en el patio después de nadar.

Eso es muy relajante e infalible.

Pero todavía persiste el reflejo invernal.

Llego a casa y, como un perrito de Pavlov, voy tiritando hacia la ducha.

Y me pierdo el baño de sol.

Mañana espero recordarlo.

Seguí leyendo Vivir para correr, correr para vivir y me hace muy bien.

Es un libro mágico.

Me da ánimos.

Santiago transmite una alegría increíble.

Me da felicidad saber que, cuando tenga un rato libre, lo voy a seguir leyendo.

Sigo asombrada por el cambio de vida de mi amigo.

Es admirable.

Y envidiable.

Es raro encontrar a alguien que encontró la fórmula de la felicidad.

Y le creo todo.

La música ambient del día recién comienza.

Está buena.

Tiene algo hindú.

Tambores, algún instrumento de viento, y no sé qué mas.

Le gusta a la monja zen.

La hizo bailar.

Hoy a la tarde, más compras navideñas.

A la noche llega Cristina, la primera visita de la temporada estival.

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