Bitácora de la hija de Neptuno (87)

por Flavia de la Fuente

21 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: NNO 29 km. Olas: 0,7 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 27′ .

¡Feliz verano! Finalmente el sol se posó sobre el Trópico de Capricornio, y tendremos el día más largo del año.

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Aunque en realidad no es muy largo.

El sol se pone a las 20.01 hs.

Es una miseria.

Nunca entendí por qué en este país no se cambia la hora.

Podríamos disfrutar del día hasta las 21 y el sol recién saldría a las 6.29.

Todo más civilizado.

Más alegre.

Pero a la mayoría no le gusta, nunca entenderé por qué.

Leyendo sobre el solsticio, me enteré de que en Europa se festeja, y con mucha razón, el solsticio de invierno.

Porque es cuando los días empiezan a alargarse.

Es un saludo al sol, que empieza su viaje del Ecuador al Trópico de Cáncer.

Será por eso que yo sentía esa melancolía en el festejo de hoy.

A nosotros se nos empieza a ir el sol hacia el Ecuador.

Y el 21 de marzo, sigue viaje hacia el Trópico de Cáncer.

La única buena nueva, al menos para los nadadores de mar, es que la temperatura del agua, siempre rezagada, sigue en ascenso hasta marzo.

Eso es digno de celebrar.

Así que hoy pese al viento que me daba frío y gracias a la insistencia de Quintín, le hice mi modesto homenaje al sol que me calienta las aguas bañándome por primera vez en bikini.

Me daba miedo entrar al agua sin mi traje.

Me sentía desnuda.

Frágil.

Pero lo logré.

Y no pasaba nada de nada.

Solo hay que superar la primera impresión.

Después es lo mismo.

El agua a 20 grados es tibia para la hija de Neptuno.

Antes de meternos, invité a Diego, el guardavidas del muelle, a que festejara el solsticio.

“¿Es ahora mismo?”, me preguntó.

“Sí, en un par de minutos. Nosotros lo vinimos a celebrar al mar”, le contesté.

“Ojo, no se metan cerca del muelle porque la corriente tira mucho hacia el Sur.”

Apurados por meter los pies en el agua antes de las 10.44, la hora señalada, dejamos a Diego y nos fuimos al mar.

Nadamos y nadamos con unas olitas molestas en contra debido al constante viento Norte.

A mí me gusta esa lucha.

Y el mar movido.

A Quintín no.

Braceamos sin cesar y no avanzábamos nada, o muy poco.

Quizás deberíamos haber cambiado el rumbo y nadar hacia el Sur.

Pero a mí no me importa no avanzar.

Yo solo braceo y respiro.

Con olas o sin olas.

Recuerden que soy la monje budista.

En un momento dado oigo un grito de Quintín: “¡Fla, no doy más! No avanzamos nada. Recién vamos por el Aguila. ¿Cuánto nadamos?”

“Salgamos si estás cansado, ya nadamos 22 minutos. ¡Está muy bien!”, le contesté a mi entrenador.

Empezamos a volver a la orilla y tardamos como 5 minutos más en salir.

Al pobre Osi le dio ansiedad.

Pensó que no lo iba a lograr.

Que yo lo tendría que acarrear con mi torpedo.

O llamar a un guardavidas.

¡Pero lo hizo!

Es que el muy vago nadó poco en lo que va del año.

Y hoy batió un nuevo récord.

El último era de 17 minutos.

Ya se pondrá en estado.

En una semana estará nadando 45 minutos sin ningún esfuerzo.

Como el año pasado.

Y nos vamos a sentir jóvenes otra vez.

Al menos por el verano, que hoy se empieza a apagar.

Y hablando de apagar, tengo un problema en este monasterio.

A mi marido se le dio por escuchar una música insoportable, creo que se llama ambiente.

La música baja muy amplificada por la escalera desde su escritorio que está en la planta alta a la planta baja, donde vivimos Solita y yo.

Y nos aniquila.

Soli también se quejó anoche por abuso animal.

Ayer les juro que pese a mis inhalaciones y exhalaciones, el ruido ese me quebró los nervios.

La música consistía en una sola nota persistente, como si fuera un zumbido o el rugido de la ciudad.

Me hacía mal.

Y yo que me mudé de Buenos Aires porque no soportaba justamente eso.

Pero él la está estudiando el maldito sonido, con su obsesión habitual.

Por suerte, en este momento baja una melodía muy agradable.

Una música celestial.

Piano, varias notas, y un acorde de no sé qué, parece un sintonizador. Sea lo que sea, es muy relajante.

Me dice Quintín que es Brian Eno y que se llama “Música para aeropuertos”.

Me gusta esta música de aeropuertos.

Y me encantan los aeropuertos.

Los tiempos muertos entre los viajes cuando no hay nada que hacer más que esperar.

Y cuanto más mejor.

En una época, cuando viajábamos mucho, éramos adictos a los aeropuertos.

Quedarse sentado mirando los aviones y no hacer nada.

Solo esperar sin ansiedad.

La vida en suspenso.

No pasa nada.

No existe el mundo exterior.

Puro presente.

Otro momento zen.

3 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (87)”

  1. janfiloso Says:

    Estoy nadando en una laguna, pero tengo tres problemas:
    1 falta de estado, por ahora nado 15′
    2 impresiona la falta de sustentabilidad del agua dulce comparada con nadar en el mar. El agua salada te sostiene.
    3 el agua de la laguna es como nadar en el río de la plata, bastante inmunda, salgo del agua y siento el pelo sucio y algo de olor. Los análisis del agua son buenos, apta para nadar, pero hmmm …

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Janfi querido.

    1. En dos días se te pasa.
    2. Cuando en enero vayas al mar te vas a sentir un titán. Vas a nadar una hora sin parar.

    Una pregunta.

    Es calentita el agua de la laguna ahora en verano?

    Eso debe ser agradable, ¿no?

    Bueno, a ver cuándo hacemos una natación conjunta. Ya somos una banda de nadadores!

    Besos,

    F

  3. janfiloso Says:

    Calentita no es, pero fría tampoco. Es una temperatura agradable. A medida que llegas al centro de la laguna está más fría xq es más profunda.

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