Bitácora de la hija de Neptuno (86)

por Flavia de la Fuente

20 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: N 20 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 16 minutos.

 

Llegamos hoy a las 4.30 AM de Buenos Aires, de un viaje de visitas médicas y saludos navideños.

Cuando pasamos el Riachuelo vi una media luna hermosa, roja, enorme, que acababa de salir.

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Saqué decenas de fotos, y nunca logré capturar la media luna.

Siempre me salió redonda.

¿Alguien sabe por qué?

Durante el viaje dormité y, sin que me diera cuenta, el tiempo transcurrió veloz y cuando miré por la ventana estábamos por Gral. Lavalle, a 20 km de San Clemente.

“¡Qué fácil es viajar en micro en lugar de manejar!”, pensé cuando me desperté y vi que estábamos en el pueblo.

“Es infernal viajar en micro. Se me hace interminable”, sentenció Quintín.

Ni bien bajamos en la terminal, noté que el cielo ya estaba clareando por el Este. Le comentamos al taxista que el 20 o el 21 es el solsticio de verano, el día más largo del año. “Ah”, nos contestó indiferente.

Mañana, a partir de las 10.44, el momento del solsticio, los días empezarán a acortarse de nuevo.

El sol se irá retirando de a poco de mi jardín.

Y el verano comenzará a terminarse.

Pero no hay que pensar en el futuro.

Vivir solo en el presente, que es lo único que nos pertenece.

Inspirar y exhalar de manera consciente.

Caminando, durmiendo o cocinando.

O nadando.

Me di cuenta de que, sin quererlo, durante mis travesías yo medito.

Inspiro e inhalo conscientemente, e inhalo lo más lento posible, durante 8 o 10 brazadas.

Quizás por eso me da tanto bienestar.

En Buenos Aires, me volví una monja zen.

Ya les contaré otro día.

Así que para festejar el presente, y pese al cansancio del viaje, con Quintín nos fuimos a nadar.

Mi entrenador me dijo: “Yo me doy un remojón y salgo. ¿Tenés llaves de casa?”

“No lo sé”, le contesté. “Pero igual yo no me voy a quedar mucho, voy a salir con vos porque tengo frío y estoy cansada.”

De hecho, pese al calor y a los 20 grados del mar, me puse el traje corto de verano.

Quintín notó que el mar estaba más oceánico, metimos los pies en el agua ya tibia y empezamos a mirar las olas, con la intención de esquivarlas.

Hoy la tarea era fácil porque eran chiquitas.

Pero a veces se complica.

El médico de Quintín, un gran surfer que recorre los mares del mundo en busca de olas maravillosas, nos contó que las olas vienen en tandas de tres o cuatro. Que una partida es más grande y la otra más chica. Así que hay que esperar al momento de las olas más pequeñas para zambullirse.

Me asombró la precisión y me di cuenta de que, en algún lugar, sabía que era más o menos así.

Yo siempre espero la oportunidad de meterme. Sé que en algún momento se hará un poco de calma, que vendrán olas no tan agresivas que me permitirán ir a nadar.

Pero desconocía el maravilloso dato que nos dio el Dr. Barreiro.

Hoy, como casi no había olas, o las que había eran muy mediocres, no pudimos verificar el teorema. Pero tenemos todo el tiempo por delante para comprobarlo.

Pasamos la rompiente, Quintín se zambulló debajo de una ola y se puso a nadar.

Yo lo seguí un poco más tarde y braceamos un poco hacia adentro y después hacia el Norte.

Quintín se quejó de que había insectos muertos en la superficie del agua.

Yo no los había notado.

“Vamos más adentro si te molestan”, le sugerí.

Pero no quiso.

Nadamos a buen ritmo en un agua clara y con una corriente contundente que nos llevaba hacia nuestra meta.

En realidad, yo no sabía cuál era la meta.

Mi única meta del día era darme un chapuzón.

Pero cuando Quintín se entusiasma, yo lo sigo.

Me gusta que nade.

Se siente mejor, más fuerte y contento.

Cuando empieza a nadar, suele ocurrir que no para hasta llegar a un lugar determinado.

La parada de hoy podría haber sido el Aguila (500 m), el Solmar (1000 m) o el Balneario Norte (1500).

Pasamos el Aguila y no salió, así que supe que nadaríamos hasta al menos el Solmar.

Y así fue.

Todo muy suave y agradable.

Salimos del agua y volvimos caminando bajo el sol.

Me bajé la parte superior del traje para sentir el sol en la piel un ratito y llegamos en menos de 10 minutos de vuelta al muelle.

Mañana, vamos a festejar el solsticio nadando a la hora en que ocurra.

Y nadar más.

Estaría bueno saludar el comienzo del verano nadando hasta el Balneario Norte.

Creo que lo vamos a lograr.

 

 

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