Bitácora de la hija de Neptuno (85)

por Flavia de la Fuente

14 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 19 grados. Viento: SSO 26 km. Olas: 1 m. Sol poco y muchas nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 6 minutos.

Hoy fue un día raro. Me desperté a las 6.30 AM y como estaba muy cansada intenté seguir durmiendo. Pero no lo logré, así que a las 7.30, después de pasar una hora dando vueltas en la cama, me levanté y me fui con Solita a desayunar.

soliylasudoestada

Tomé dos tazas de earl grey con galletitas de lino y nos fuimos a la playa con la perra, que desde que me levanto no me deja en paz hasta que la saco a pasear.

Todos los días lo mismo.

Es tremenda.

Me mira con cara de carnero degollado.

Me hace caídas de ojos.

No quiere salir al jardín.

Solita se convierte en mi sombra.

Allá donde yo estoy, la perra me sigue.

Si me pongo a trabajar, duerme a mis pies.

Si voy a la cocina, allí está.

Les juro que no me deja ni ir al baño tranquila, me golpea la puerta con suavidad y a veces logra abrirla y asoma tímidamente su cabecita.

Así que es imposible no recordar que tengo que llevar a Solita a la playa.

Fui sin ninguna expectativa más que ver correr a la perra por lo médanos, que es un motivo de alegría enorme para mí.

Llegamos y nos encontramos con un paisaje extraño, la luz de la mañana y la sudoestada.

sudoestada

El mar llegaba casi hasta los médanos.

Los mangrullos estaban en el agua.

Los tachos de basura también, algunos hasta se estaban yendo mar adentro.

Era rarísimo.

Y bello.

Filmé cataratas que se formaban por la entrada del mar en los desagües.

Me encantan las texturas que forman la espuma, el agua y la arena.

Saqué miles de fotos.

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Caminamos lentamente, mirando el maravilloso espectáculo de la creciente.

Lo que no me daban ganas era de meterme en el mar, que hoy parecía indomable.

Aunque vi a algún surfer intentando montarse a las olas.

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“Allá él”, pensé.

Y seguí contenta sacando fotos.

Muchos pájaros, palomas, gaviotas.

Y perros para divertir a Solita.

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Volvimos a casa exultantes y ya se había despertado el Osi.

Y no solo se había despertado, sino que ya tenía listo el desayuno para cuando yo llegara.

Tomamos juntos el verdadero desayuno, el de pan con tomate rallado, sal y aceite de oliva y nos pusimos a trabajar, cada uno en lo suyo.

Cuando terminamos las tareas, pasado el mediodía, me dieron ganas de volver a la playa.

El mar había bajado totalmente, había una cancha firme y enorme para caminar.

Caminamos a buen paso un par de kilómetros con Solita y volvimos de nuevo a casa.

Y entré con la decisión de meterme en el mar.

Aunque estaba raro, había visto a algunas personas remojándose y eso me dio ánimos.

Como tenía frío, me puse el traje de invierno y me fui a la playa.

Diego, el guardavidas del muelle, estaba sacando arena con una pala y haciendo un pequeño caminito para que se pudiera circular.

¡Bien por Diego! Ese no es su trabajo, lo hace solo por un sentimiento generoso de humanidad.

Lo saludé, lo felicité y le dije que me iba a meter al Norte del muelle.

Y así lo hice.

Me costó un poco entrar a nadar porque las olas me intimidaban.

Yo no sé qué me anda pasando con las olas, las miro de frente y me parecen gigantes infranqueables.

En fin, no hay mal que por bien no venga, ya que las molestas olas me hicieron reír, como siempre, y finalmente encontré la manera de sortearlas y largarme a nadar.

Pero la imagen de la furia del mar a la mañana me tenía asustada.

Me imponía respeto al poder de las aguas.

Pero logré vencer el miedo y me puse a nadar.

Nadé detrás de la rompiente, hacia el Norte, aunque el mar estaba bajando.

Hoy mandaban las condiciones meteorológicas, no la tabla de mareas.

Había decidido salir en el Aguila, para no tomar frío al salir.

Una ola fuerte me echó justo donde pensaba salir .

Aproveché el envión y me dejé llevar hasta la orilla.

Me puse en pie y caminé rápido de vuelta al muelle.

Hacía frío.

El viento Sur de frente me hacía doler los oídos.

Y, para colmo, había nadado muy poco.

Apenas 6 minutos.

Pero no me daba para meterme de nuevo y volver a chupar frío al salir.

Hoy sería un día de remojón.

La verdad es que me quedé con las ganas de nadar.

A mí ya no me sirve nadar 6 minutos.

Soy una adicta.

Necesito más.

Pero al menos me siento mejor que antes de ir.

Un poquito.

Muy poquito.

Es que nos estamos por ir a Buenos Aires.

Y eso nos tiene muy nerviosos.

En realidad, ya todo nos pone nerviosos.

Pero ahora, el motivo es el viaje sin fecha definida.

Y todos los días decimos que vamos y al final cancelamos.

Tenemos miedo de la ciudad y sus inconvenientes.

Somos dos pueblerinos.

Mañana nos vamos.

El tema es cómo hacer las valijas sin perturbar a Solita, que ni bien ve una valija abierta se mete en un baño y empieza a temblar.

Y me hace sufrir mucho.

Pero no me la puedo llevar a la ciudad.

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