Bitácora de la hija de Neptuno (82)

por Flavia de la Fuente

11 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 20 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: S 20 km. Olas: 0,6 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 23 minutos.

 

Se acaba de ir Geri y me quedé tristona. Un rato antes se había ido Sebas. Demasiadas despedidas para un día.

geri

Con Quintín estamos definitivamente melancólicos.

Ibamos en el auto con Geri y le pregunté a mi marido: “¿Vos también sentís que este verano que todavía no comenzó ya se está por terminar? ¿No te da un tristeza infinita?”

Me contestó que a él le pasaba lo mismo y acotó: “Es que este año el invierno empezó en marzo y recién terminó hace unos días. Y en un par de meses viene el invierno de nuevo. El año pasado empezamos a nadar en noviembre.”

Ultimamente descubrí que todos mis pensamientos melancólicos también lo aquejan a Quintín.

Creía que yo monopolizaba toda la tristeza de la casa, pero ya no es así.

O quizás nunca lo fue, pero no me había dado cuenta de que mi marido también era tristón.

Creo que sufrimos del mal de las ciudades balnearias.

O sea, que tenemos una rutina muy estacional.

Durante el verano, la casa se llena de amigos, la vida es agitada, comemos mucho, conversamos, nos acostamos tarde, hay un ajetreo constante en la casa.

Y de pronto, en algún día negro de marzo, se va la última visita y nos quedamos solos con las tres perras y el frío mortal.

Creo que nuestro cuerpo ya empieza a anticipar la soledad que sentiremos en marzo.

Es un sentimiento complejo, porque también nos dan alegría el silencio y la quietud que nos permite escribir, leer y filmar películas.

Y las playas desoladas donde las perras pueden correr.

Y la luz fotogénica del otoño.

Filmar en la playa vacía.

La luz que riela en el mar.

No sé, la nuestra es una vida extraña y un poco complicada.

Es como tener el sindrome del nido vacío, pero no una vez, cuando se casan los hijos y todo eso, sino todos los años.

Todos los marzos el nido se vacía y hay que esperar hasta diciembre para que se vuelva a llenar.

Pero el vacío también tiene lo suyo.

Como es un tema que no entiendo bien, y me está angustiando, mejor pasemos a la natación de hoy, con Geri y Quintín.

El Osi se metió solo a nadar, porque Geri, temiendo el ataque de los malditos camarones, se volvió a casa a ponerse una remera de neoprene.

Q, ansioso, se tiró al mar.

Como vi que nadaba placenteramente, pensé que no había camarones a la vista.

Q mejoró su marca de ayer, pero nadó apenas 7 minutos.

Le hizo muy bien.

Con Geri, lo fuimos a buscar y le preguntamos si había camarones a la vista y nos dijo que no.

Despedimos a Quintín y nos hicimos a la mar.

El plan era nadar más de media hora.

El agua estaba tranquila, no muy marrón, no muy fría y libre de objetos extraños.

Nadamos un rato y nos metimos bastante en el mar.

Yo iba adelante porque tenía frío y apuraba el ritmo.

Geri andaba con dificultades.

En un momento dado, me pidió que la esperara y me dijo que le producía angustia que se le empañaran las antiparras y no ver nada. Que, en particular, no me veía a mí, y se sentía perdida.

Le respondí que nadara tranquila, que yo nunca la iba a dejar sola.

Que todo el tiempo estoy pendiente de ella, y que si se queda atrás la vuelvo a buscar.

De esa manera nado con Quintín, es mi costumbre estar atenta a lo que hace mi compañero de aguas.

Seguimos nadando un rato, pero la falta de visión le alteró los nervios a mi amiga.

“¿Salimos?”, le pregunté. Ya nadamos 23 minutos.

“Sí, salgamos, no veo nada.”

Estábamos a la altura del Solmar, a un kilómetro de casa.

Braceamos hasta la orilla, nos pusimos de pie y empecé a temblar por la brisa del sur.

Como yo estaba muerta de frío, caminamos cerca de los médanos, con la arena hirviendo para recuperar calor.

Y caminamos muy rápido.

Fue una marcha muy vigorizante.

En nada, volvimos al muelle y toda la angustia había quedado en el olvido.

A Geri se la veía radiante.

Más tarde, Geri me habló de algo que es clave en esto de la natación, que tiene que ver con el control de la ansiedad.

Me quedé pensando en eso y me di cuenta que, al menos para mí, ese el principal atractivo de estas aventuras.

En parte, tiene que ver con el control de la respiración.

Yo respiro cada ocho brazadas, o diez, y me hace muy bien.

Pero, además hay otra cosa, que tiene que ver con una cierta actitud frente al mar.

Nadar pase lo que pase.

Sin hacer locuras, sin perder nunca la templanza.

Esa es la idea.

Por ejemplo, yo, si no veo bien, lavo las antiparras en el mar y sigo adelante. Y si no logro arreglar el problema y sigo sin ver nada, no me importa.

Nado sin ver y listo. De tanto en tanto, me las saco y miro por dónde voy.

Y así con casi todo.

¿Hay camarones? ¿No hacen nada? A seguir nadando, entonces.

¿Me picó un agua viva? Sabemos que son benignas en esta zona, y que el agua fría con sal calma la picazón.

¡A seguir nadando, entonces!

¿Falta mucho para llegar a la costa?

Mejor ni mirar.

A bracear y bracear, que en algún momento, de pronto, sin ningún padecimiento estaremos de vuelta en la playa.

A mí me da ansiedad el frío dentro del agua.

Eso todavía no lo puedo controlar. Y no creo que lo logre.

Porque el frío es de temer.

El cuerpo helado no responde.

Nunca tengo miedo de cansarme en el agua, pero sí de congelarme.

Pero logré controlarlo, nadando siempre cerca de la costa, apenas pasando la rompiente.

No tiene gracia nadar muerta de miedo.

Cuando vuelva Geri, en enero, vamos a jugar a ir a tocar la boya que ponen a unos cien metros de la costa.

O al menos así era el año pasado.

Está bueno ese desafío, justamente porque es un juego que tiene su vuelta: no hay que pasarse de largo por la corriente.

Es como agarrar la sortija en la calesita.

Pura diversión.

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6 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (82)”

  1. Geraldine SK Says:

    Qué hermosa bitácora, my friend! Gracias por la foto. En breve estaremos nadando hacia la boya. Los quiero mucho!

  2. Montañés Says:

    Creo que nuestro cuerpo ya empieza a anticipar la soledad que sentiremos

    You push me away
    bitterly

  3. Montañés Says:

    Look into my eyes
    you see trouble every day

  4. Montañés Says:

    Buen día. Paso ahora temprano y veo lo que puse ayer. No sé bien qué quise compartir, salvo otra sobredosis de tristeza. O la distorsión de mi empatía. A veces, como ayer, el almuerzo tardío y la copa de vino reavivan mis aflicciones. (Fue más de una copa.) Oscura forma de saludar, por la tarde y por la mañana.

    Somehow my motives are impure
    Or somehow I can’t find the cure
    Can’t get no antidote for blues

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Sos un alma gemela, Montañés.

    Hoy salí de la cama temprano porque me atacó temprano la melancolía. Y me fui a la playa con Soli y nos encontramos con una tormenta en el mar maravillosa.

    Me vuelvo a la playa a sacar más fotos.

    Besos desde San Clemente,

    F

  6. Montañés Says:

    I love you goodbye

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