Bitácora de la hija de Neptuno (81)

por Flavia de la Fuente

10 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: NO 42 km. Olas: 1 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 15 minutos.

 

Calor y viento del infierno. Clima de agotamiento general por los excesos del asado y el alcohol. Nada mejor para los habitantes de la casita sanclementina que ir a darse un chapuzón en el mar.

sebasyq

Hoy fuimos todos, hasta Quintín se animó a darse un remojón.

Y yo me siento mucho mejor.

Definitivamente, la llegada de Geri y Sebas me curó de todos mis males.

Juro que me estaba empezando a preocupar por la enfermedad misteriosa que nos aquejaba y que no parecía dispuesta a amainar.

Hoy, por suerte, también reaccionó bien Quintín. Se lo nota mucho mejor.

Me parece que la soledad sanclementina nos estaba pegando mal.

Los amigos nos curaron. ¿Sufriríamos de un ataque de melancolía?

La caminata hacia el mar fue espantosa. Vientos fuertes, arena que golpeaba, Sebas dijo que parecía una imagen del desierto en Egipto.

El mar oscuro, color chocolate bien cargado por el maldito viento del Noroeste.

Pero nada nos detuvo.

Todos íbamos decididos a las aguas milagrosas.

Dejamos al entrenador Sebas a cargo de las cosas y fuimos Quintín, Geri y yo a nadar.

El agua estaba horripilante. Fría, con aspecto sucio, agitada.

Nos tiramos igual y empezamos a nadar.

De pronto, Geri dijo: “Algo me está picando. Y mucho. No sé qué es.”

Quintín respondió: “Sí, qué será. Esto no me gusta nada. No tengo la menor idea de qué se trata. Mejor salgamos y hablemos con un bañero.”

Era cierto. Algún cardumen de cornalitos o de no sé qué nos atacaba mal.

Aunque yo estaba más protegida con mi traje de neoprene corto, la preocupación de Quintín me hizo obedecer y salir del mar.

Pero salí frustrada del agua, porque yo suelo nadar, haya lo que haya. Neptuno me educó así.

Buscamos a Diego, el guardavidas del muelle y nos dijo que había una invasión de camarones.

No saben lo molestos que son los muy malditos.

También nos comentó que no pasaba nada, que podíamos seguir nadando tranquilos, que incluso podíamos llevar un mediomundo y pescarlos para almorzar.

Pero Quintín se dio por satisfecho con sus dos minutos de natación y se volvió raudo a casa.

Geri, por su parte, temía que le dieran alergia, porque ella es muy sensible a cualquier objeto extraño.

Como Sebas seguía seco, lo invité a que se diera un baño de camarones.

Para mi sorpresa, aceptó gustoso.

Y yo volví a nadar en el mar horripilante.

Noté que si me metía un poco más adentro la densidad de camarones disminuía.

Pero el mar de hoy, tan revuelto, con los vientos a 42 km por hora, no me daba mucha confianza, así que nadé más bien cerca de la orilla, chocando con miles de camarones.

Braceé en el lavarropas marítimo mientras me picoteaban los bichos y a los 15 minutos me pareció prudente ir a ver en qué andaban mis amigos.

Sebas estaba muerto de risa por la experiencia del mar negro atestado de camarones.

“¿Los viste saltar?”, me preguntó sonriente.

“Sí”, le contesté. “Era muy divertido ver camarones saltando en el agua.

Geri estaba un poco triste porque no se había animado a nadar pese al ataque de los malditos crustáceos.

Quedamos en volver a la tarde a ver qué pasa y tratar de cumplir con nuestra meta del día anterior.

Nada dura eternamente, así que quizás a la tarde la invasión de camarones ya no sea más que un recuerdo desagradable.

Tomamos el oolong de siempre con un mix de semillas de girasol, almendras y pasas de uvas.

Quintín, desde el dormitorio, me pide: “Por favor, a nosotros traenos el té a la cama”.

Es que él y Sebas están tirados mirando la Premier League felices de la vida. Gritan los goles, comentan, en fin, que Quintín tiene el hijo perfecto: lector, cinéfilo y futbolero.

Una respuesta to “Bitácora de la hija de Neptuno (81)”

  1. GabrielaV Says:

    Parecen los Ingalls, me conmueven!!!!

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