Bitácora de la hija de Neptuno (80)

por Flavia de la Fuente

9 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 21 grados. Viento: NNO 31 km. Olas: 0.7 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 15 minutos.

Dos días sin nadar, y habría seguido así si no hubiese sido por la llegada de mi amiga Geri. Sufro del mal del cansancio, que también tiene alejado de las aguas a Quintín. Será un virus, o el sindrome de fin de año. No lo sé. Pero lo cierto es que no estaba en mí estaba el deseo de nadar esta mañana.

solita

Con Quintín estamos raros, nada nos viene bien. El verano nos parece inhóspito, la playa horrible, odiamos el viento, el mar marrón, las olas. Me parece que somos nosotros, que el tiempo es como siempre, pero no lo parece.

La playa desde las ventanas de casa se ve como un desierto muy árido, poblado de gente rara que va a tomar sol.

El mar, un sitio helado y agresivo, solo creado para torturarnos.

Pese a estos malos pensamientos, y una vez comprobado que no tenía fiebre ni nada en especial, decidí ir a nadar con Geri, uno de los placeres de la vida.

Geri está llena de energía y deseos de nadar.

¿Cómo no me iba a meter en el agua hoy con ella?

Así que gracias al ansia juvenil, Geri tiene 29 años, me zambullí en el agua ya tibia del mar sanclementino en diciembre.

Hoy, el entrenador fue Sebas, otro amigo que está de visita en casa. Quintín no pisa la playa desde tiempos inmemoriales.

Tras todas las tribulaciones del día, finalmente nos metimos las dos al agua, Geri en malla y yo con el traje de triatlón de verano.

El mar estaba picado, pero las olas eran bajas.

Petisas pero fuertes.

Una me revolcó de entrada y me hizo reír. Un buen comienzo.

Pensé que era yo, que estaba muy débil, agonizante, pero me di vuelta y la vi a Geri tirada en el piso y muerta de risa por el ataque sorpresivo de la olita picarona.

Como ven, empezó todo bien, con alegría.

Y siguió así.

El mar estaba muy templado y movido.

Muy agradable.

Encantador.

¿Quién no quería ir al mar esta mañana?, me preguntaba sorprendida mientras braceaba.

Nadamos con olas en contra, que para mí es muy divertido, y a los 15 minutos, perdí uno de los tapones de los oídos y decidí salir.

Tampoco estaba muy segura del estado de Geri, que no está acostumbrada a nadar en el mar tan agitado.

Salimos y en la orilla estaba Sebas remojándose los pies.

Volvimos con viento a favor y llegamos volando de vuelta al muelle.

Me di cuenta de que Geri se había quedado con ganas de bañarse más.

Y de que a Sebas le haría bien un bautismo marino, ya que acababa de llegar de Buenos Aires.

Tras una breve deliberación, logramos darle valor al entrenador, y partieron mis dos amigos al agua.

Yo me quedé en la playa tomando sol, con el traje puesto.

¡Qué lindo que es estar en la playa!, pensé.

¡Qué fácil que parece así la vida!

De pronto empecé a sentir calor y me bajé la parte de arriba del traje. Y después, la de abajo y me quedé en bikini.

Era un placer la arena caliente en las manos y el sol en la piel.

Serenidad total. Baño de energía.

Los chicos estuvieron jugando como media hora y, mientras tanto, yo me relajé y calenté al sol.

¡Qué delicia!

¡Por un rato me sentí joven otra vez!

Natación y sol.

No hay nada mejor que eso para un convaleciente.

Cuando volvieron. los chicos lucían radiantes, con la expresión feliz de la gente que pasa un rato jugando en el mar.

Geri alabó la natación sanclementina y recordó la marplatense: “En Mar del Plata, en la Bristol, era como nadar en una pileta de agua helada. Acá es más divertido.”

Sebas se sentía un héroe porque había vencido la aprensión al frío y se había dado su primer baño de mar.

Charlamos un rato al sol y, cuando vi que eran las tres de la tarde pasadas, sugerí que volviéramos a casa, que Quintín nos iba a matar.

Mas nada de eso sucedió.

Nos recibieron la perra y el Osi muy contentos.

Y, cuando salí de la ducha, Quintín y Cristina ya estaban cocinando a todo vapor.

Incluso hoy mi entrenador, devenido chef, inventó un nuevo plato: champiñones con tomates y ajo. Una maravilla.

Almorzamos y quedamos todos exhaustos.

Ni el Viet Oolong que trajeron los chicos nos sacó la modorra.

Ahora todos duermen.

Se preparan para el asado que esta noche hará Cristina.

Y yo los voy a dejar porque tengo que hacer mi postre de cabecera: frutillas maceradas con helado de crema americana.

Confieso que estoy tan oblomoviana que esta bitácora la escribo tirada en mi cama, apoyada en mullidos almohadones, sobre un dulce acolchado estampado con flores muy románticas.

Mañana, el programa de natación es serio. Al menos media hora. Mínimo establecido: 31 minutos. Se anuncian olas grandes. Pero lo haremos. Es una promesa de la hija de Neptuno.

Foto: Geraldine Salles Kobilanski

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (80)”

  1. GabrielaV Says:

    Me encantó, Oblomova.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi querida! Besos desde la tórrida San Clemente

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