Bitácora de la hija de Neptuno (79)

por Flavia de la Fuente

6 de diciembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 21 grados. Temperatura del aire: 24 grados. Viento: OSO 33 km. Olas: 0.8 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 14 minutos.

Tras cinco días sin nadar, recuperándome no sé bien de qué, pero de algo que me tuvo con una leve fiebre, tos y mucho cansancio, hoy volví al mar.

La verdad es que le estaba tomando el gusto al descanso, a yacer tirada en el sofá leyendo o mirando alguna película con Quintín. Para colmo, releía Oblomov, de a ratos, y lo sentía casi como un hermano.

mangrullo

Dulce reposo.

Arrobadora molicie.

Noches apacibles y largas.

Perdí todo el impulso deportivo.

No quería nunca más ir al mar y menos que menos tener frío.

Ni tampoco caminar.

Basta de moverme.

Solo quiero remolonear.

Pero algo me dice que eso no está bien.

Todo a mi alrededor, la naturaleza resplandece. Todo es verde brillante, o muy colorido. El jardín se pobló de lantanas amarillas y anaranjadas, rosas chinas rojo furioso y malvones rosados.

La primavera en todo su esplendor me rodea, me acosa.

Y yo solo quiero revolverme en las sábanas y leer con pereza.

Me siento otra persona.

Me desconozco.

Como si nunca hubiera sido una deportista.

¿Dónde está la hija de Neptuno?

¿Se la tragó la angustia festivalera, la ansiedad que produce estrenar películas?

No lo sé.

Pero esté donde esté, la voy a ir a buscar.

Así que hace un rato, venciendo mi modorra, decidí ir a la playa.

Y estaba horrible.

Un viento tórrido y fuerte.

El mar marrón y con olas agresivas.

Y muy crecido.

Todo era muy extraño. El muelle casi totalmente sumergido en el mar, la playa angosta y sucia.

Más que una playa parecía una obra en construcción.

Cuando me vio llegar, Diego, el guardavidas que está en el muelle, me dijo que me tenía que bañar al Norte del espigón, que había mucha corriente.

Obedecí y me metí en el agua.

No saben el frío que me dio mojarme los pies.

¿A quién se le ocurre bañarse en el mar si se está tan bien afuera?

¿Cuál es la necesidad de semejante violencia?

Pero, ya a punto de volver a casa, deseché mis pensamientos acerca de las tibiezas de la vida seca y seguí caminando como un zombie hacia las profundidades del mar.

No solo tenía frío, sino que me daba frío (de miedo) la pared de olas que veía frente a mí.

Como pasaba el tiempo y el coraje no aparecía, decidí nadar en la orilla y olvidarme de atravesar la muralla de olas temibles, marrones, altísimas y con abundante espuma blanca.

Miedo, eso, me daban mucho miedo.

Nadé tímidamente en la orilla mientras pensaba en que lo mío era un papelón y así, como sin quererlo, de a poquito, braceada a braceada, me fui acercando a la rompiente.

Pasé una ola, dos, tres, y varias más hasta que, en un momento dado, nadaba en un mar sereno, sin olas ni nada.

Tenía un poco de frío porque hoy me puse mi traje de verano, de mangas cortas y short. Mañana, si siguen los días cálidos y soleados, me meto directamente en bikini.

Nadé un poco y cuando vi que estaba por el Aguila pensé que era hora de salir.

Para colmo, me crucé con una cabeza redonda y negra, supongo que era un lobito.

Y tenía que volver a la costa sin que las olas me destrozaran.

Nadé hacia la orilla y, cuando vi que empezaban a armarse olas, me aferré al torpedo y decidí salir barrenando.

Hoy descubrí que soy una anti surfer.

Las olas me perturban, me da miedo que me partan en dos.

De tanto en tanto, miraba hacia atrás, para que no me rompiera una ola de pronto en la espalda, y así, poco a poco, logré salir.

Contenta con la misión cumplida, decidí caminar por la arena seca, para calentarme los pies.

Pero era todo un desastre. Había canales, lagunas, ramas tiradas por todos lados, parecía una playa bombardeada.

Después de pincharme con miles de objetos, logré volver al muelle.

Hablé con los guardavidas y me dijeron que lo único peligroso eran las olas al salir, que había que estar atento a que no nos sorprendan.

No veo muy bien cómo lograrlo.

Pero lo cierto es que en todos estos años, de alguna manera sobreviví a los embates del mar.

Tendré que escuchar menos los aullidos del miedo y seguir nadando.

Hasta mañana, tal vez, con Quintín y en bikini.

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (79)”

  1. GabrielaV Says:

    Qué aventura, Oblomova!!!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Sí, fue todo una pequeña aventura. Pero al menos logré encontrar a la hija de Neptuno.

    Besos,

    F

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